Para sellar un acuerdo diplomático, un imponente emperador galáctico acepta comprometerse con un omega del salvaje planeta de las bestias. Sin embargo, un inesperado error en los registros altera los planes: en su lugar, recibe a un dulce e inocente gamma. A pesar de la confusión y el choque cultural, este tierno e inesperado compañero empezará a derretir el frío corazón del soberano.
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Cap 21
Zarek dio un paso hacia el frente, y el aire alrededor de la mesa pareció congelarse bajo el peso de su presencia. Sus ojos grises, fijos en los del líder del clan, centelleaban con una fijeza implacable. Los celos territoriales le quemaban el pecho, pero su mente fría y calculadora seguía funcionando a la perfección.
—Lamento informarle, líder del clan, que las leyes del Imperio de Astris no funcionan de manera tan simplista —declaró Zarek, su voz profunda resonando con una solemnidad inquebrantable—. El tratado de unión ya ha sido registrado y codificado en el sistema central del senado superior. Legalmente, anular un compromiso de esta magnitud de forma unilateral se consideraría una afrenta directa a la corona y un motivo de ruptura diplomática total. El papeleo burocrático para disolver el contrato requerirá, como mínimo, un par de días en lo que el senado sesiona.
Alistair, captando de inmediato la jugada de su soberano, asintió con rapidez, acomodándose la túnica para ocultar su asombro ante la maravillosa mentira legal que el emperador acababa de inventar solo para retener al muchacho.
—El emperador tiene razón —intervino el canciller principal—. Por seguridad y protocolo, les sugiero que se hospeden en el palacio mientras resolvemos el vacío legal. No pueden abandonar el espacio aéreo de Astris sin los códigos de salida aprobados.
El padre de Nesta arrugó el entrecejo, soltando un bufido ronco que demostraba su frustración. Miró a sus hijos mayores, Bane y Rul, quienes compartieron una mirada de sutil desconfianza. Sin embargo, al ver que Nesta parpadeaba con sueño en sus brazos y que el viaje hiperespacial los había dejado exhaustos, el líder del clan no tuvo más remedio que ceder temporalmente.
—Está bien —gruñó el alfa salvaje, acomodando al pequeño gamma en su costado—. Nos quedaremos a desayunar y pasaremos la noche. Pero no se equivoque, emperador: en cuanto ese senado firme el papel, mi hijo regresa conmigo.
Minutos después, la inmensa mesa de cristal del comedor privado fue reabastecida con un banquete colosal para recibir a los guerreros de la periferia. Zarek tomó su lugar en la cabecera, manteniendo una postura rígida y severa. Esperaba que Nesta, por inercia, corriera de vuelta a sus piernas para continuar con su rutina de mimos, pero lo que ocurrió a continuación desató una guerra silenciosa y sumamente exasperante para el monarca.
En cuanto se sentaron, la familia del planeta de las bestias activó su modo de protección absoluta, ignorando por completo la presencia del emperador. El padre de Nesta se sentó en el centro, manteniendo al tierno felino en la silla contigua. De inmediato, Rul tomó los cubiertos de plata y, con una naturalidad absoluta, comenzó a cortarle los panqueques con miel en trozos perfectamente pequeños y milimétricos.
—Aquí tienes, mi cielo —dijo Rul con una sonrisa dulce, acercándole el plato—. Come despacio.
Bane, por su parte, tomó una taza de leche tibia con espuma que un sirviente acababa de colocar y comenzó a dársela de comer en la boca con una cuchara, cuidando que no se soplara ni se quemara la lengua. Nesta, completamente acostumbrado a ser el centro del universo y el consentido mimado de su casa, movía sus orejas pomposas con alegría, abriendo su pequeña boca con un tierno "Ah", emitiendo un ronroneo tan fuerte que se escuchaba en toda la estancia. El hermano mayor se encargaba de limpiarle la comisura de los labios con una servilleta de seda cada vez que una gota de miel amenazaba con manchar su suéter.
Desde la cabecera de la mesa, Zarek observaba la escena con una mirada gélida que podría haber pulverizado un asteroide entero. Sus dedos se cerraron alrededor de su taza de café con tanta fuerza que los nudillos de sus guantes de cuero crujieron. Sentía unos celos territoriales feroces e intolerables. Ese pequeño gamma, que apenas unas horas antes se frotaba contra su cuello, buscaba su aroma y dormía en un nido hecho con sus capas militares, ahora ni siquiera lo miraba, completamente absorbido por los mimos de sus hermanos y su padre. El emperador se sentía sutilmente desplazado y profundamente indignado en su propio palacio.
Decidido a recuperar el terreno perdido y demostrar quién era el alfa que verdaderamente mandaba allí, Zarek levantó sutilmente una mano, haciendo una seña imperceptible al jefe de cocina que aguardaba en el umbral.
Pocos minutos después, las puertas se abrieron y dos sirvientes ingresaron cargando una bandeja de plata cubierta por una campana de cristal. Al retirarla, un aroma celestial a chocolate amargo, avellanas tostadas y crema de vainilla inundó por completo el comedor, disipando el olor a miel de las bestias. Era el Soufflé de los Dioses, un postre imperial exclusivo que los pasteleros reales solo preparaban para los banquetes de coronación.
El aroma golpeó de inmediato los aguzados instintos felinos de Nesta. Sus orejas pomposas se irguieron por completo hacia el frente, dando pequeños espasmos de emoción, y su colita afelpada, que hasta hace un momento colgaba lacia, comenzó a batirse con un entusiasmo frenético contra el respaldo de la silla. El gamma dejó de prestarle atención a la cuchara de Bane y clavó sus grandes y brillantes ojos en el postre que los sirvientes colocaron justo al lado de Zarek.
El emperador, notando el éxito de su estrategia, esbozó una sutil y triunfante sonrisa. Tomó una pequeña cuchara dorada, sacó una porción perfecta del postre que liberaba un tierno vapor dulce, y miró fijamente al muchacho.
—Nesta —habló Zarek, su voz profunda y pastosa resonando con una deliberada suavidad—. Mandé a preparar esto especialmente para ti. Es un dulce real que no se encuentra en ningún otro sector de la galaxia. Ven aquí si quieres probarlo.
Nesta no lo pensó ni por un segundo. El instinto glotón y consentido del gamma ganó la partida. Se zafó con un tierno saltito de los brazos de su padre, ignorando los llamados de Rul, y corrió a paso rápido por el comedor hasta llegar al trono de Zarek. Con total descaro e inocencia, el pequeño felino subió a las piernas del emperador, acomodando su colita alrededor de la cintura del monarca y abriendo la boca con impaciencia, buscando el dulce premio.
Zarek lo recibió con una satisfacción inmensa, rodeando la cintura del muchacho con su brazo en un gesto sutilmente posesivo y territorial, mientras le daba el bocado de chocolate. Nesta emitió un ronroneo de pura felicidad, frotando sus suaves orejas contra la mejilla del soberano en agradecimiento.
Al otro lado de la mesa, el padre de Nesta y los tres hermanos alfas se quedaron completamente congelados, con los cubiertos suspendidos en el aire y las expresiones llenas de una profunda indignación y horror. Su pequeño bebé los había cambiado por un trozo de pastel imperial en menos de un minuto, instalándose en el regazo del hombre más temido del universo como si fuera su dueño. Zarek levantó la mirada gris hacia sus cuñados, dedicándoles una sutil sonrisa de victoria interna que dejó en claro que, en esa guerra de atenciones, el emperador no pensaba dar ni un solo paso atrás.