Un joven sufre un accidente automovilístico después de una noche Que se borracha porque pierde la mujer que amaba y queda en coma durante dos años. En el hospital, una doctora se encarga de su cuidado diario y nunca pierde la esperanza de que despierte.
Con el tiempo, su dedicación crea un vínculo especial entre ambos, más allá de lo médico. Cuando el chico finalmente despierta, comienza una nueva etapa de recuperación donde poco a poco ambos descubren que lo que los une se convierte en amor.
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Capítulo 7: La llamada que no quería hacer
Después de ver la foto, no pude quedarme quieto en la cama.
La cabeza me daba vueltas, no por el alcohol esta vez, sino por la rabia y la decepción. Sentía el pecho apretado, como si algo me estuviera ahogando por dentro. En la mansión todo estaba en silencio, pero en mi cabeza era un desastre.
Me levanté de golpe.
—“No… esto no se queda así” —murmuré.
Agarré el celular con la mano temblando un poco. Abrí el contacto de él.
Sebastián Rojas.
Mi mejor amigo.
O al menos eso pensaba yo hasta ayer.
Me quedé unos segundos mirando el nombre en la pantalla. Me acordé de todos los momentos: risas, planes, salidas, conversaciones. Y ahora todo eso se sentía falso.
Respiré hondo.
Y lo llamé.
Tocó una vez.
Dos.
Tres.
Contestó.
—“Aló, parce… ¿qué pasó?” —dijo con voz normal, como si nada.
Yo me quedé en silencio un segundo.
—“Necesito hablar contigo” —le dije seco.
—“Dime, estoy ocupado ahorita pero dime rápido.”
Eso me encendió más.
—“¿Ocupado?” —repetí— “¿ocupado con qué, Sebastián?”
Se hizo un silencio corto.
—“¿Qué te pasa?” —preguntó él.
Yo apreté la mandíbula.
—“Te voy a hablar claro. No me hagas perder el tiempo.”
—“Habla pues.”
Respiré hondo otra vez.
—“Me mandaron una foto.”
Silencio.
Un silencio distinto.
Más pesado.
—“¿Qué foto?” —preguntó él, haciéndose el tranquilo.
Y ahí exploté.
—“No te hagas el loco. Una foto donde estás tú… con ella.”
Se quedó callado.
Yo seguí.
—“Se están besando, Sebastián. No me vengas con cuentos.”
Otro silencio.
De esos que duelen más que cualquier grito.
Y luego habló, pero más lento.
—“Eso… eso no es como tú piensas.”
Me reí sin alegría.
—“¿Ah no? Entonces explícame, pues. ¿Qué es? ¿Un saludo con lengua?”
Se puso incómodo.
—“Parce, escúchame…”
Yo lo interrumpí.
—“No, escúchame tú a mí.”
Mi voz ya estaba más firme.
—“Usted es cínico.”
Se quedó en silencio.
Yo seguí, ya sin freno.
—“Yo tengo pruebas. Tengo la foto. No me lo niegues.”
—“No es lo que crees…” —repitió él.
Y eso fue como gasolina.
—“¡Siempre es lo mismo con ustedes!” —dije más fuerte— “Siempre la misma excusa barata.”
Respiré hondo.
—“¿Desde cuándo pasa eso?” —pregunté directo.
Silencio.
—“Contesta.”
—“No es como parece…” —insistió él.
Yo cerré los ojos un segundo.
—“Sebastián… no me insultes la inteligencia.”
Se puso a la defensiva.
—“Mira, las cosas se dieron mal…”
Yo lo corté.
—“¿Se dieron mal?” —repetí— “¿Usted cree que besarse con la novia de su mejor amigo ‘se da mal’?”
Se quedó callado.
El ruido de la llamada se sentía pesado.
Yo respiré fuerte.
—“Yo confié en ti. En los dos.”
Silencio.
Luego él dijo más bajo:
—“No queríamos que te enteraras así.”
Eso me dio más rabia.
—“¿Así?” —dije— “¿Y cómo querían que me enterara? ¿Feliz, aplaudiendo?”
No respondió.
Yo apreté el celular.
—“Míreme bien, Sebastián… porque te lo voy a decir una sola vez.”
Silencio total.
—“Usted ya no es mi amigo.”
Se escuchó su respiración del otro lado.
—“No seas así…”
Yo me reí otra vez, pero ahora con rabia.
—“¿Así cómo? ¿El que dice la verdad?”
Respiré hondo.
Sentía la sangre caliente.
—“Yo no estoy inventando nada. Yo vi la foto. No necesito más explicaciones.”
Él intentó hablar.
—“Edwin, por favor…”
Pero lo interrumpí otra vez.
—“No me llames así ahora.”
Silencio.
Yo bajé un poco la voz, pero más firme.
—“Tú y ella me vieron la cara.”
Se quedó callado.
Y ese silencio fue suficiente.
Porque no negó con fuerza.
No dijo “no”.
No dijo nada claro.
Solo silencio.
Yo tragué saliva.
—“¿Sabes qué es lo peor?” —le dije— “Que yo confiaba en ti como un hermano.”
Silencio.
—“Y usted decidió esto.”
Respiré hondo.
—“Ya no hay nada más que hablar.”
Él intentó decir algo más.
—“Escúchame, podemos arreglar esto…”
Yo lo corté.
—“No.”
Seco.
Directo.
—“Ya no.”
Hubo un último silencio.
Y luego dije lo último:
—“No me vuelvas a llamar.”
Y colgué.
Dejé el celular sobre la cama.
Me quedé parado en el cuarto, mirando el vacío.
El silencio de la mansión se sentía más fuerte que nunca.
Pero esta vez no era solo silencio.
Era pérdida.
Y en Manzanares, donde todo parece tranquilo…
yo acababa de perder a dos personas al mismo tiempo.