Valeria Rivas vive luchando por sobrevivir: trabaja como mesera, cuida a sus hermanos y trata de salvar a su madre enferma. Muy lejos de su realidad, su hermana gemela Isabella vive rodeada de lujo como heredera de la poderosa familia De Alvarenne.
Separadas por el dinero, el orgullo y un pasado lleno de secretos, sus vidas parecen destinadas a no cruzarse jamás… hasta que una inesperada llamada obliga a Valeria a regresar al mundo que la rechazó.
Entonces comienza un juego peligroso de mentiras, poder y destinos cambiados.
Porque a veces, para salvarlo todo…
tendrás que fingir ser alguien más.
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CAPITULO #4 - LA ELEGIDA
La puerta de la sala privada se cerró suavemente.
El sonido de la fiesta seguía filtrándose desde el gran salón: risas, música, el tintinear de las copas. Pero dentro de esa habitación el ambiente era completamente distinto.
Más frío.
Más silencioso.
Isabella Luján se quedó de pie frente a la ventana, mirando los jardines iluminados de la mansión De Alvarenne. Desde allí podía ver a los invitados paseando entre las fuentes y los árboles adornados con luces.
Todo era perfecto.
Todo era exactamente como debía ser.
Excepto por una cosa.
—No puedo creer que haya tenido la audacia de aparecer aquí —dijo finalmente.
La voz de su abuela sonó detrás de ella.
—Valeria siempre fue… un problema.
Doña Aurelia Vespera de Alvarenne se acercó lentamente, apoyando una mano elegante sobre el respaldo de una silla.
—Debí imaginar que algún día intentaría acercarse.
Isabella cruzó los brazos.
—Se veía peor de lo que imaginaba.
Sus labios se curvaron ligeramente.
—Ese abrigo… esos zapatos… parecía una mendiga perdida.
Doña Aurelia suspiró.
—Eso es lo que ocurre cuando una mujer decide destruir su vida por una fantasía absurda.
Isabella se giró hacia ella.
—¿Habla de mi madre?
—Por supuesto.
El silencio se volvió pesado. La matrona caminó lentamente hacia la mesa donde descansaban dos copas de vino.
—Helena Luján de Alvarenne lo tenía todo.
Su voz era fría.
—Educación, dinero, un apellido respetado… una vida que muchas mujeres habrían envidiado.
Tomó la copa con delicadeza.
—Y aun así decidió tirarlo todo por la borda.
Isabella no respondió. Conocía esa historia. Pero su abuela siempre encontraba nuevas formas de contarla con desprecio.
—Se enamoró de ese… hombre.
La palabra salió de los labios de Doña Aurelia como si fuera algo desagradable.
—Tomás Rivas.
Isabella frunció ligeramente el ceño.
—Un mecánico… ¿no?
—Un don nadie.
La respuesta fue inmediata.
—Un hombre sin apellido, sin fortuna, sin futuro.
La matrona dio un pequeño sorbo a su vino.
—Y tu madre, con toda su inteligencia… decidió que el amor era más importante que su familia.
Isabella soltó una pequeña risa incrédula.
—Qué patético.
Doña Aurelia asintió.
—Renunció a su herencia.
—Renunció a su casa.
—Renunció a su apellido.
Sus ojos se volvieron más duros.
—Todo por ese hombre.
La habitación quedó en silencio por unos segundos.
—¿Y qué obtuvo a cambio? —continuó la matrona.
Isabella respondió sin emoción.
—Miseria.
—Exactamente.
Doña Aurelia caminó hacia la ventana.
—Vivieron en barrios pobres… en apartamentos diminutos… rodeados de gente que jamás habría sido digna de cruzar nuestras puertas.
Su mirada se volvió distante.
—Y como si eso no fuera suficiente… comenzaron a llegar los niños.
Isabella levantó una ceja.
—Lucía. Daniel.
La matrona pronunció cada nombre con una mezcla de disgusto y aburrimiento.
—Dos hijos más en medio de la pobreza.
—Dos recordatorios constantes del error de tu madre.
Isabella apoyó una mano en la mesa.
—Siempre me pregunté cómo sobrevivieron tanto tiempo.
Doña Aurelia soltó una risa seca.
—Apenas lo hicieron.
Sus ojos brillaron con una frialdad absoluta.
—Porque al final ese hombre miserable hizo lo que hacen todos los hombres miserables.
Isabella la miró.
—¿Los abandonó?
—Peor.
La voz de la matrona se volvió más baja.
—Desapareció.
El silencio llenó la habitación.
—Nadie sabe exactamente dónde murió. Ni cuándo. Ni cómo.
Doña Aurelia levantó ligeramente los hombros.
—Probablemente en algún lugar igual de miserable que su vida.
Isabella no pareció afectada.
—Así que dejó a mi madre sola… con tres hijos… y sin dinero.
—Exactamente.
La matrona se giró hacia ella.
—Una tragedia perfectamente evitable.
Sus ojos se suavizaron ligeramente.
—Pero al menos logré salvar algo de ese desastre.
Isabella inclinó la cabeza.
—A mí.
—A ti.
Doña Aurelia se acercó y tomó suavemente el rostro de su nieta entre sus manos.
—Cuando descubrí en qué condiciones vivían… supe que no podía permitir que las dos niñas crecieran en ese ambiente.
Sus ojos se volvieron intensos.
—Y cuando las vi… tan idénticas… tan iguales…
Su voz se volvió más fría.
—Tuve que tomar una decisión.
Isabella sostuvo su mirada.
—La correcta.
—La única posible.
La matrona sonrió ligeramente.
—Elegí a la niña que tenía futuro.
Sus dedos acariciaron el cabello de Isabella con orgullo.
—La más hermosa. La más elegante. La que tenía la mirada de una verdadera De Alvarenne.
El silencio cayó entre ellas.
—Y no me equivoqué —continuó la matrona con satisfacción.
Sus ojos brillaron.
—Mírate ahora.
Isabella llevaba un vestido de diseñador. Joyas discretas pero costosas. Elegancia natural.
—Toda la ciudad habla de ti.
La sonrisa de Doña Aurelia se amplió.
—La heredera perfecta.
Isabella dejó escapar un pequeño suspiro de satisfacción.
—Mientras tanto…
La matrona miró hacia la puerta por donde Valeria había salido.
—Tu hermana eligió seguir a su madre.
La palabra hermana sonó casi irónica.
—Trabajando como mesera. Cuidando niños. Sobreviviendo en un apartamento miserable.
Isabella levantó ligeramente los hombros.
—Cada quien elige su destino.
Doña Aurelia negó suavemente con la cabeza.
—No.
Su voz fue firme.
—Algunas personas nacen para la grandeza.
Se acercó a Isabella una vez más.
—Y otras…
Miró hacia la oscuridad del pasillo.
—Nacen para recordarnos lo que ocurre cuando alguien desperdicia su vida.
Isabella tomó una copa de vino.
—Valeria nunca será parte de esta familia.
—No.
La matrona sonrió con frialdad.
—Porque tú eres mi única heredera.
Sus ojos brillaron con ambición.
—Y pronto…
Miró hacia el salón donde continuaba la fiesta.
—También serás la esposa del hombre más poderoso de esta ciudad.
Isabella alzó su copa con una sonrisa segura.
—Adrián Valcari.
Doña Aurelia asintió.
—Un hombre como él necesita una mujer como tú.
El silencio llenó la habitación.
Y mientras la música seguía sonando en el gran salón… ninguna de las dos imaginaba que el destino ya había comenzado a escribir una historia muy distinta.
Una donde la heredera perfecta… demostraría que no podía ser tan perfecta.
espero puedas seguirla disfrutando..!! 🥰🥰