⚠️🔞El Alfa se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Cass. El olor a roble y romero se volvió tan fuerte que Cass sintió un mareo súbito. El Alfa inhaló profundamente, llenando sus pulmones con el aroma a miel y café del Omega. Una atracción peligrosa, pero predestinado.🔞⚠️
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Huelo a ti
El aire de la ciudad se sentía cargado, como si la atmósfera misma supiera que dos fuerzas de la naturaleza estaban a punto de colisionar para siempre. En el refugio, Cass estaba sentado en el gran sillón de cuero de Kenny, envuelto en una de sus camisas negras. El aroma a miel y café del Omega ahora era una nota suave bajo el dominante y protector rastro de roble que lo envolvía todo.
No estaba nervioso. A través del lazo biológico que los unía, Cass no sentía miedo, sino una vibración constante de poder y determinación. Cerró los ojos y pudo sentirlo: Kenny estaba cerca de su objetivo. Podía percibir el latido acelerado del Alfa, no por temor, sino por la sed de caza. El Omega sonrió para sí mismo en la oscuridad del estudio; sabía que su Alfa no regresaría sin haber borrado el rastro de jengibre de la faz de la tierra.
A varios kilómetros de allí, en un astillero abandonado donde las sombras se mezclaban con el olor a óxido y sal, la ejecución había comenzado.
Kenny caminaba entre los contenedores metálicos con la seguridad de un rey en su propio infierno. Sus hombres ya habían neutralizado a la guardia exterior de Danilo en una operación silenciosa y brutal. El aroma a romero y roble de Kenny se expandía por el lugar como una niebla venenosa, reclamando cada rincón, asfixiando cualquier otra esencia.
—¡Sal de una vez, Danilo! —el grito de Kenny no fue un grito, fue un rugido que hizo que las láminas de metal vibraran—. ¡Ya no tienes dónde esconderte! ¡Tu tiempo se acabó!
Desde la oscuridad de un almacén abierto, una risa seca y forzada respondió. Danilo apareció, iluminado apenas por la luz de la luna que se filtraba por el techo roto. Se veía demacrado, con los ojos inyectados en sangre y el aroma a jengibre y ciprés emanando de él de forma errática y podrida. El jengibre ya no era picante; era rancio, el olor de un animal acorralado que sabe que va a morir.
—Viniste solo a dar la cara, Kenny —dijo Danilo, sosteniendo un cuchillo largo de caza en su mano derecha. Su arma de fuego se había quedado sin balas minutos antes—. ¿Tanto te importa ese Omega como para arriesgarte así?
—No es riesgo, Danilo. Es limpieza —respondió Kenny, quitándose su propia chaqueta y dejándola caer al suelo. Sus brazos tatuados se tensaron, y sus venas resaltaron bajo la luz pálida—. Y no pronuncies su nombre. No tienes derecho ni a pensar en él.
Sin más palabras, el choque fue instantáneo. Kenny se lanzó hacia adelante con una velocidad que Danilo no pudo prever. El primer golpe fue un puñetazo directo al rostro de Danilo que sonó como un mazo golpeando una piedra. La sangre brotó de inmediato, mezclándose con el sudor y el aroma a ciprés.
Danilo respondió con un tajo de su cuchillo, logrando cortar ligeramente el antebrazo de Kenny, pero el Alfa ni siquiera parpadeó. El dolor solo alimentaba su furia. Kenny agarró la muñeca de Danilo y, con un movimiento seco y brutal, la retorció hasta que el hueso crujió y el cuchillo cayó al suelo con un tintineo metálico.
—¿Esto es todo lo que tienes? —gruñó Kenny, su rostro a centímetros del de Danilo—. ¿Con esto pretendías quitarme lo que es mío?
Kenny lo tomó por el cuello de la camisa y lo lanzó contra una fila de barriles metálicos. El estruendo resonó por todo el astillero. Danilo intentó levantarse, jadeando, su aroma a jengibre volviéndose un gemido de auxilio que nadie escucharía. Kenny lo alcanzó de nuevo y empezó una serie de golpes rítmicos, metódicos, cargados de toda la rabia del tiempo que Camilo estuvo desaparecido.
Cada golpe de Kenny era un mensaje enviado a través del lazo. Cass, en el refugio, apretó los puños. Sentía la adrenalina de Kenny, la satisfacción de cada impacto. El Omega echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un suspiro de placer oscuro; el lazo le devolvía la sensación de victoria de su Alfa.
—¡Él nunca será tuyo! —escupió Danilo, tratando de dar una patada desesperada—. ¡La marca se borrará algún día!
—La marca es eterna porque yo soy eterno en él —respondió Kenny.
Lo levantó del suelo por la garganta, asfixiándolo. Los ojos de Danilo empezaron a salirse de sus órbitas, y su piel se tornó grisácea bajo la presión de los dedos de acero de Kenny. El aroma a roble del Alfa se volvió tan pesado y agresivo que los propios hombres de Kenny, que observaban desde las sombras, tuvieron que apartar la mirada. Era el peso de una sentencia de muerte biológica.
—Mira mis ojos, Danilo —ordenó Kenny con una voz que parecía venir de las profundidades de la tierra—. Quiero que lo último que veas sea al hombre que te quitó todo por haber intentado tocar su miel.
Kenny no usó un arma. No la necesitaba. Con un movimiento final, cargado de una fuerza sobrehumana impulsada por el instinto de protección, Kenny terminó con la amenaza de Danilo. El cuerpo del otro Alfa cayó al suelo como un fardo de ropa vieja. El aroma a jengibre y ciprés se desvaneció en un suspiro, dejando que el aire fuera finalmente puro, saturado solo por el victorioso y rudo roble de Kenny.
El Alfa se quedó de pie sobre su enemigo caído, respirando con dificultad. El sudor le bajaba por la frente y la herida de su brazo goteaba sangre sobre el suelo de cemento, pero no sentía dolor. A través del lazo, envió una onda de calma absoluta hacia el refugio. “Está hecho”, pensó.
Kenny miró a sus hombres, que se acercaron de inmediato.
—Limpien este lugar —ordenó con frialdad—. No dejen ni un rastro de él. Que la ciudad olvide que alguna vez existió un Alfa llamado Danilo.
Kenny caminó hacia su camioneta, recogiendo su chaqueta del suelo. Mientras subía al vehículo, sintió la respuesta de Cass a través del lazo: una oleada de calor y bienvenida que lo hizo sonreír por primera vez en toda la noche.
Encendió el motor y aceleró hacia el refugio. La cacería había terminado. El desastre había cobrado su víctima final, y ahora el camino estaba despejado. No más sombras, no más jengibre, no más amenazas.
Al llegar al refugio, Cass lo esperaba en la puerta. El Omega no dijo nada; simplemente corrió hacia él y lo rodeó con sus brazos, hundiendo la cara en el pecho ensangrentado y sudado de su Alfa. Kenny lo abrazó con una posesividad renovada, enterrando su nariz en el cabello de su pareja.
—Hueles a victoria —susurró Cass, sus ojos brillando con una luz diabólica.
—Huelo a ti —respondió Kenny—. Y a partir de hoy, es el único olor que este mundo va a conocer.
Entraron juntos al refugio, cerrando la puerta a un pasado de terror. La guerra había terminado, y en el silencio de la noche, solo quedó el aroma a miel, café y roble, fundidos en una sola esencia indestructible.
Fin.
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corta pero muuuuyyyy sustanciosa como dice el dicho