Cuando las profundidades del mar ocultan secretos ancestrales y los ecos de la venganza susurran a través de las corrientes, solo las valientes sirenas de Mirthalia pueden desafiar el destino.
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Capítulo 14: Reflejos del Pasado
El refugio en el que las sirenas se ocultaron tras la batalla en la trinchera no era más que una burbuja de aire antiguo atrapada bajo una cúpula de coral muerto. Selene yacía sobre un lecho de arena fría, pero su mente no estaba allí. El contacto simultáneo con el Prisma de Étermar y el Corazón de la Tierra había actuado como una llave en una cerradura oxidada, abriendo las compuertas de una memoria que no le pertenecía.
Las visiones no llegaron como imágenes, sino como inundaciones. Selene se sintió arrastrada por una corriente de tiempo, cayendo hacia atrás, décadas antes de su nacimiento.
—¡Selene! ¡Despierta! —la voz de Coralia sonaba lejana, como si estuviera gritando desde la superficie mientras Selene se hundía en el abismo—. ¡Suéltalos! ¡Te están consumiendo!
Pero Selene no podía soltarlos. Sus dedos estaban entrelazados con el cristal y la gema, y su alma estaba siendo succionada por el pasado de Mirthalia.
De repente, la oscuridad de la cueva desapareció. Selene se encontró de pie —no nadando, sino de pie— en los jardines de cristal de la antigua Mirthalia. El lugar rebosaba de una luz que no procedía de linternas, sino del propio mar. Y frente a ella, vio a su madre, Marina Blue Mist. Estaba joven, radiante, pero sus ojos ya cargaban con la sombra de una preocupación insoportable.
A su lado, un hombre joven de hombros anchos y armadura dorada reía. Selene tardó un momento en reconocerlo: era Pelagios. Pero no el tirano amargado y corrupto por el Abismo que ella conocía, sino un líder que amaba a su pueblo.
—Marina, el equilibrio se está rompiendo —decía el joven Pelagios en la visión—. El Abismo no se conforma con las sobras. Quiere el Corazón. Si no sellamos el pacto con los de la superficie, Mirthalia será devorada por su propia sombra.
—El precio es demasiado alto, Pelagios —respondió Marina, y su voz hizo que a Selene se le encogiera el alma. Era la misma voz que le cantaba nanas en sus sueños—. Pedirle a un humano que guarde nuestra esencia es como pedirle al fuego que guarde un bloque de hielo. Tarde o temprano, la ambición lo derretirá.
Selene observaba la escena como un fantasma. Vio cómo su madre y Pelagios discutían el futuro de su mundo. Comprendió que el "Pacto Sombrío" no nació de la maldad, sino de un miedo desesperado. Pelagios quería la guerra para reclamar lo que creía suyo; Marina quería la paz a través del sacrificio.
La visión cambió bruscamente. Selene se vio en un acantilado, bajo una tormenta similar a la que azotaba el presente. Marina estaba allí, frente a un hombre humano que Selene reconoció con horror: era el abuelo de Marinus, un joven ancestro de la familia Deep.
—Cuídalo con tu vida —le decía Marina al humano, entregándole el Corazón de la Tierra—. Mientras este objeto esté en tierra firme, el Abismo no podrá reclamarlo. Pero recuerda, si la sangre de las Blue Mist y la sangre de los Deep se enfrentan, el Corazón se convertirá en un arma de destrucción.
—Lo juro por mi honor y el de mis hijos —respondió el humano.
Pero la visión se retorció. Selene vio las "verdades ocultas" que el tiempo había enterrado. Vio cómo, años después, Pelagios, consumido por los celos y la sensación de que Marina confiaba más en un humano que en su propio general, comenzó a escuchar los susurros del Abismo. Vio el momento exacto en que Pelagios asesinó a la guardia de Marina para intentar recuperar el Corazón, obligando a su madre a huir y, finalmente, a morir en soledad para proteger el secreto.
—¡Basta! —gritó Selene en el vacío de la visión—. ¡No quiero ver más!
—Debes verlo todo, pequeña guardiana —una voz nueva resonó en su mente.
La visión se desvaneció y Selene se encontró en un espacio blanco y puro. Frente a ella no estaba su madre, sino una mujer mayor, vestida con túnicas de un tejido que parecía hecho de nácar líquido. Sus ojos eran tan antiguos como el océano mismo.
—¿Quién eres? —preguntó Selene, temblando.
—Me llaman Delphine, la Tejedora de Corrientes —dijo la mujer—. Fui la mentora de tu madre y la primera en advertir que el Prisma y el Corazón nunca debieron ser separados. Tu camino es peligroso, Selene. Estás buscando unir lo que el odio dividió, pero para hacerlo, debes entender que tus enemigos no son solo los que llevan corona.
—Marinus me traicionó... su familia lo hizo —dijo Selene con amargura.
—¿Fue traición o fue el peso de una cadena que él no eligió? —preguntó Delphine—. El Corazón de la Tierra ha corrompido a los Deep tanto como el Abismo ha corrompido a Pelagios. Pero hay una diferencia: Marinus está luchando contra esa cadena. En este momento, mientras tú te pierdes en mis recuerdos, él está enfrentando a su propio padre para darte tiempo.
Delphine extendió su mano y mostró a Selene una imagen actual: Marinus estaba encadenado en la mazmorra de la mansión de Lord Delmar, pero no estaba solo. Varias sirenas de la resistencia, lideradas por una figura que Selene no esperaba ver —Sebastián, el antiguo instructor de la Guardia Real que se creía muerto—, estaban infiltrándose en el pueblo humano.
—Hay una alianza que no conoces, Selene —dijo Delphine—. Aquellos que fueron leales a tu madre han estado esperando entre las sombras, tanto humanos como sirenas. Se llaman los Hijos de la Marea. No estás sola.
Selene sintió una oleada de esperanza mezclada con un terror renovado. Si Marinus estaba en peligro y la resistencia estaba actuando, el tiempo se les acababa.
—¿Cómo salgo de aquí? —exigió Selene—. Necesito regresar.
—La salida es el sacrificio del "yo" —dijo Delphine con tristeza—. Para usar el poder del Prisma y el Corazón juntos, debes dejar de ser la sirena que huye y convertirte en la marea que reclama. Pero ten cuidado: cuando despiertes, la oscuridad te estará esperando, y ya no serás la misma.
Selene cerró los ojos y se lanzó hacia la luz.
Cuando despertó, sus gritos desgarraron el silencio de la cueva. Coralia y Ariel la sujetaban con fuerza. El cuerpo de Selene estaba cubierto por un aura de luz ámbar y violeta que quemaba al contacto. Sus ojos, antes de un violeta suave, ahora tenían destellos dorados permanentes.
—¡Selene! ¡Por fin! —Ariel lloraba de alivio—. Casi te perdemos. Tu corazón dejó de latir por un minuto.
—Marinus... —fue lo primero que dijo Selene, su voz sonando más profunda, más potente—. Él está vivo. Y los Hijos de la Marea están con él.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Coralia, confundida—. ¿Quiénes son los Hijos de la Marea?
—La resistencia de mi madre —respondió Selene, poniéndose en pie con una agilidad que no parecía humana—. No estamos solas, Coralia. Hay humanos y sirenas que todavía creen en el equilibrio. Pero Pelagios va a atacar esta noche. Va a usar la tormenta para arrasar el pueblo y recuperar el Corazón.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Ondina, quien se veía pálida y agotada.
Selene miró el Corazón de la Tierra y el Prisma de Étermar. Ya no los veía como objetos de poder, sino como partes de su propio ser que habían sido arrancadas.
—Vamos a darles la guerra que tanto desean —dijo Selene, y su reflejo en el agua de la cueva ya no mostraba a una joven asustada, sino a una reina guerrera—. Pero primero, tenemos que rescatar a Marinus. Si él muere, el Corazón se volverá incontrolable y la tormenta no dejará piedra sobre piedra.
La confianza entre las cuatro amigas se renovó bajo una nueva luz. Ya no eran fugitivas; eran el inicio de una revolución. Pero Selene sabía lo que Delphine no había dicho en voz alta: toda gran alianza requiere un precio de sangre, y el pasado siempre vuelve para cobrar sus deudas.