Para asumir el mando de la mafia, Alessandro debe estar casado.
Implacable y hecho para la violencia, el príncipe de la mafia de Monreale nunca mostró bondad. Hasta que su camino se cruza con el de un joven llamado Nicolò, que despierta en él una obsesión peligrosa.
Y al descubrir las marcas dejadas por años de abuso y crueldad familiar, algo cambia en él. Aunque su instinto de posesión ya lo hace ver a ese extraño joven como su propiedad, se atreve a plantearse un desafío:
Antes de revelar la verdad y llevarlo al altar, quiere que Nicolò se enamore de él.
—Tu cuerpo ya me pertenece, aunque no lo sepas, pero también quiero tu corazón. —A. Morreale
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Capítulo 1
Alessandro estaba sentado frente a su padre, el despiadado Don de la Mafia más temida de Sicilia. Sus oídos no creían lo que oían. Solo podía ser una broma de muy mal gusto. Él ya sabía todo lo que necesitaba para asumir el trono, era perspicaz, implacable, ya tenía el respeto y el temor de muchos. Pero aún así su padre insistía en aquella m4ldit4 idea de que antes de que él asumiera la mafia debía casarse.
—Pero padre...
El viejo Don levantó la mano pidiendo silencio.
—No me importa si me vas a dar nietos o no. ¡Pero quiero que te cases!
Alessandro suspiró, su padre era insistente.
—Está bien, pero yo elijo a mi v1ct1m4, digo compañero...a.
El Don sonrió a su hijo, antes de continuar.
—Necesitamos ver la cuestión de los deudores y el cargamento del contrabando para Chicago.
Alessandro asintió y se retiró de la imponente sala del Don Valerio.
"Solo me faltaba tener que casarme. ¿Cómo voy a casarme si las personas con las que tr3p0 son del pr0stíbulo? Al menos no tengo que hacer alianza con ningún otro Don, eso sí sería un problema... O tal vez no... ¡Ah que se j0d4! Voy a resolver esos cobros y después pienso en eso.", pensaba mientras entraba en el coche y seguía hasta uno de los galpones, acompañado por algunos hombres de confianza.
Después de inspeccionar el cargamento de 4rm4s y p3rs0n4s con destino a Chicago, él decidió hacer una pausa antes de seguir para su próxima tarea: cuidar de aquellos que estaban debiendo a la mafia. A él le gustaba cuidar de esas cosas personalmente, para él delegar esas responsabilidades era perder una gran diversión.
Estaba caminando por las calles de Monreale, ciudad donde quedaba la sede de la mafia del mismo nombre. Mientras caminaba distraídamente, alguien chocó con él y se desequilibró, casi cayendo, pero con su agilidad consiguió sujetar al chico a tiempo.
—Lo-lo siento — tartamudeó el chico. Y qué chico era aquel, no parecía tener más de veinte años, era bonito, aunque pareciese un tanto asustado.
Si fuese en otro momento, otra persona quizás, Alessandro no habría pensado dos veces antes de empujar al chico y gritar si él no miraba para dónde andaba y si por acaso no sabía con quién había chocado.
Alessandro no era ningún jovencito bueno, muy por el contrario, 3sp4nc4 solo por sentir que alguien le miró torcido o no lo trató como debía.
—El señor me está haciendo daño — dijo de forma tímida el chico, mirando para el brazo donde la mano de Alessandro aún lo sujetaba.
Alessandro lo soltó y Nicolò intentó seguir su camino. Alessandro quedó mirando al chico, un poco aturdido por lo que había acontecido. No por el choque o por haber sujetado al chico para no caer, sino por la falta de reacción después de eso.
—¿Qué pasó Alex? — preguntó Marco, el capo de la mafia y mejor amigo de él.
—No tengo idea. Pero creo que encontré a mi novio.
Marco lo encaró. Si él no conociese bien a Alessandro diría que el amigo estaba bromeando, pero él bien sabía que Alessandro no era el tipo de hombre que bromeaba.
—Vamos a ajustar las cuentas con los próximos de la lista y mientras tanto descubre quién es él.
Marco asintió y se alejó moviendo su celular.
"Ojalá que él sea bien rebelde, voy a amar dar unas nalg4d4s en ese cul1t0 que pareció ser tan s3xy", pensó Alessandro, feliz porque nadie podía leer sus pensamientos u oírlos. Bueno, la parte de las nalg4d4s no hacía mal que la oyesen, pero los otros pensamientos podrían no quedar bien para un líder como él. "Aunque, él me pareció ser un tipo bien sumiso... ¡Ahhhh! Qué infierno, necesito concentrarme en recibir lo que prestamos..."
Mientras Marco mostraba los últimos nombres de la lista negra de deudores, Alessandro no conseguía dejar de pensar en el chico, en aquella mirada asustada y al mismo tiempo sin la menor preocupación en haber chocado justo con el cru3l príncipe de la Mafia Monreale, Alessandro Giordano Morreale.
Ellos se dirigieron a los próximos deudores. Aquellos que tenían con qué quitar las deudas o pagar una parte, continuaban vivos, ya quien no tenía, bueno, o daban algo a cambio, como la mano de alguna hija para algún alto funcionario de la mafia o para servir como pr0st1tut4 y la tercera opción era pagar la deuda con s4ngr3, o sea, m0rt3, eso cuando no tenía ninguna de las dos opciones para ofrecer o el valor era absurdamente alto.
Alessandro, así como los demás integrantes de la organización no se importaban en cómo iban a recibir, de un modo o de otro, con las manos vacías ellos no salían.
Ellos llegaron a la primera dirección. Alessandro observó la fachada mientras dos hombres iban al frente, golpeando la puerta sin delicadeza alguna.
Él entró luego después, no tenía prisa, le gustaba ese momento. Le gustaba el silencio que se instalaba cuando las personas percibían quién estaba allí. El deudor temblaba, sudaba, balbuceaba disculpas que nadie escuchaba de verdad.
—Tú tuviste tiempo. Te di plazo. Y fue más de una vez — dijo Alessandro, caminando despacio por el cómodo.
—Voy a pagar… lo juro... Solo necesito más tiempo. — el hombre lloriqueaba.
Alessandro sonrió de lado. El hombre no tenía dinero. No tenía joyas. No tenía propiedades. Tenía solo una esposa cansada y dos hijas pequeñas. Alessandro hizo un gesto corto con la mano. Marco entendió de inmediato.
—Vamos a conversar mejor — dijo el capo, jalando al hombre para afuera.
Alessandro no quedó para ver el resto. Ya sabía cómo terminaba. Siempre terminaba del mismo modo.
El segundo deudor tuvo más suerte. Pagó parte. Ganó algunos días más. El tercero no tuvo nada además de disculpas y acabó s4ngr4nd0 en el suelo frío de un galpón abandonado. Alessandro limpió las manos en un paño y sintió un leve tedio. Aquello acostumbraba ser divertido. Pero en aquella noche, no estaba siendo.
Era el rostro del chico que volvía a su mente. El modo como había pedido disculpas. El modo como intentó alejarse sin confrontación. No había desafío en aquella mirada. No había provocación.
—Eso te está incomodando — Marco comentó, ya dentro del coche.
—¿Qué?
—Tú no acostumbras estar distraído.
Alessandro no respondió. Encendió un cigarrillo y encaró la calle pasando por la ventana.
—¿Encontraste algo? — preguntó después de algunos segundos.
Marco demoró en responder.
—Nada.
Alessandro suspiró.
—¿Falta mucho para que cobremos? Quiero acabar luego con esto, necesito j0d3r con alguien hoy.
Alessandro apagó el cigarrillo antes de la mitad.
—Restan dos nombres en la lista.
El coche cambió de dirección. Alessandro se recostó en el banco, cruzando los brazos. "Ni que tenga que revolver toda Sicilia, voy a encontrarte chico", no era un pensamiento al azar, era una promesa.
Y una promesa hecha por Alessandro Giordano Morreale, jamás era quebrada.