En la ciudad prohibida, las reglas no solo están escritas en piedra, sino también en el corazón de un hombre que juró nunca amar.
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Capítulo 05: Una Copa de Cortesía
El frío empezó a colarse en el ático. Sin el sistema central de climatización funcionando a plena potencia, la temperatura descendió rápidamente. Mei Ling se frotó los brazos, lamentando haber elegido una chaqueta tan fina para la jornada. El ambiente en la oficina era denso, cargado con el sonido incesante del agua golpeando el cristal y la respiración acompasada de dos personas que evitaban mirarse.
—Venga conmigo —dijo Li Wei de repente. No era una orden, sino una invitación teñida de una extraña cortesía—. En la zona este hay un salón privado con una chimenea de bioetanol. El generador mantiene esa área caliente por si tengo que alojar a socios internacionales en situaciones de emergencia.
Mei Ling lo siguió a través de un pasillo oscuro. El ático de Li Wei era mucho más grande de lo que ella había imaginado. El salón privado era un espacio acogedor, con paredes revestidas de madera oscura y estanterías llenas de libros antiguos que parecían no haber sido abiertos en años. Li Wei se acercó a un mueble bar de diseño minimalista y encendió la chimenea. Una llama azul y cálida comenzó a bailar, proyectando sombras largas en la habitación.
—¿Desea algo de beber? —preguntó él, sosteniendo una botella de cristal tallado—. Es un whisky de malta de las Tierras Altas. O puedo buscar algo de té si lo prefiere.
—El whisky estará bien. Creo que necesito algo que me queme un poco la garganta para creerme que sigo despierta —respondió Mei Ling, sentándose en uno de los sillones de terciopelo azul.
Li Wei sirvió dos copas, el líquido ámbar brillando bajo la luz de las llamas. Se acercó y le entregó una, asegurándose de no tocar sus dedos esta vez, aunque la tensión entre ellos seguía tirante como una cuerda de violín. Él se sentó en el sillón opuesto, dejando una distancia prudencial pero manteniendo su mirada fija en ella.
—¿Por qué arquitectura, Mei Ling? —preguntó él después de un primer sorbo—. Con su inteligencia y su capacidad de análisis, podría haber sido una gran estratega financiera. Habría sufrido menos.
Mei Ling miró el fuego, dejando que el calor del whisky le recorriera el pecho.
—Mi abuelo era carpintero en la provincia de Shanxi. Él no construía casas, construía refugios para el alma. Me enseñó que un lugar bien construido puede curar a una persona. Cuando veía los templos antiguos, sentía que las piedras hablaban. Quise ser la persona que les diera una voz en el mundo moderno. ¿Y usted? ¿Alguna vez quiso ser otra cosa que el heredero de Li Corp?
Li Wei dejó la copa sobre la mesa auxiliar. Sus ojos se oscurecieron, viajando a un lugar que Mei Ling no podía alcanzar.
—Yo no tuve elección. Mi destino fue escrito antes de que aprendiera a leer. Mi padre no veía hijos, veía activos. Fui educado para ser una extensión de esta empresa. Cada viaje, cada estudio, cada conversación... todo estaba diseñado para hacerme eficiente. La eficiencia es una amante muy solitaria, señorita Mei.
—Es una confesión muy honesta para un hombre que no cree en el sentimentalismo —dijo ella, sorprendida por la vulnerabilidad en su voz.
—La honestidad es eficiente cuando no hay nadie más para escuchar —replicó él con una amargura sutil—. Mañana, cuando las luces se enciendan y los ascensores funcionen, volveré a ser el hombre que rechaza sus planos. Pero esta noche... esta noche la ciudad está muerta y nosotros somos los únicos que quedamos en pie.
Mei Ling se inclinó hacia delante, su rostro iluminado por el fuego.
—A veces me pregunto si debajo de ese traje de tres mil dólares hay alguien que alguna vez se ha dejado llevar. Alguien que ha hecho algo simplemente porque era hermoso, no porque fuera rentable.
Li Wei la observó en silencio. Por un momento, la máscara de CEO desapareció por completo. Se vio al hombre joven que alguna vez tuvo sueños, enterrados bajo capas de responsabilidad y cinismo.
—Una vez —confesó en un susurro—. En Italia, durante mis años de universidad. Me escapé a la Toscana y pasé una semana pintando paisajes. Eran mediocres, pero el color del cielo era real. Mi padre se enteró y quemó los lienzos frente a mí. Me dijo que el color no construye imperios. Nunca volví a tocar un pincel.
—Eso es horrible —dijo Mei Ling, sintiendo una punzada de dolor por el joven Li Wei. Se levantó y caminó hacia él, deteniéndose a pocos centímetros de su sillón—. Por eso odia mi proyecto, ¿verdad? No es por el 15% de beneficio. Es porque le recuerda que la belleza duele cuando no puedes poseerla.
Li Wei se levantó también, su respiración volviéndose irregular. Estaba tan cerca que Mei Ling podía oler el whisky y el sándalo de su piel. El aire en la pequeña habitación se volvió pesado, cargado de una química explosiva que habían estado reprimiendo durante días.
—Usted es peligrosa, Mei Ling —dijo él, su voz vibrando en el pecho de ella—. Cree que puede entrar aquí y desmantelar mi vida como si fuera uno de sus planos.
—No quiero desmantelarlo, Li Wei. Solo quiero que vea que no tiene que ser una máquina —respondió ella, levantando la mano como para tocar su rostro, pero deteniéndose a mitad de camino.
Li Wei cerró la distancia que quedaba. Su mano rodeó la cintura de Mei Ling, atrayéndola hacia él con una urgencia que la dejó sin aliento.
—¿Y si no quiero ver? ¿Y si prefiero seguir en mi torre de cristal?
—Entonces es un cobarde —desafió ella, aunque su corazón latía tan fuerte que pensó que él podría sentirlo.
Él soltó un gruñido bajo, una mezcla de rabia y deseo. Sus ojos bajaron a los labios de ella, y por un instante infinito, el mundo exterior desapareció. No había tormenta, no había deudas, no había familias rivales. Solo el calor de la chimenea y la atracción gravitatoria de dos polos opuestos que finalmente se encontraban.
—Dígame que me detenga —pidió él, su rostro a milímetros del de ella—. Dígalo ahora, porque si no lo hace, no podré volver a ser el hombre que usted cree que soy.
Mei Ling no dijo nada. Simplemente sostuvo su mirada, aceptando el riesgo de la ruina total por un momento de verdad. Afuera, un rayo iluminó el cielo de Beijing, revelando por un segundo la ciudad prohibida, pero dentro del salón, las reglas habían dejado de existir.
La tensión era casi insoportable, un hilo de seda a punto de romperse. Li Wei inclinó la cabeza, su nariz rozando la de ella, cuando el teléfono satelital del escritorio empezó a sonar con una estridencia que rompió el hechizo. Era el centro de mando. El sistema se estaba restableciendo. La realidad, fría y despiadada, estaba llamando a la puerta.