En las frías calles de Ottawa, Alexandra Morozov es una fuerza de la naturaleza: una Alfa rusa, calculadora y letal, cuyo aroma a café amargo mantiene a todos a una distancia prudente. Ella no cree en el destino, solo en el control y en los negocios de su poderosa familia.
Pero todo cambia en una noche de nieve espesa, cuando la voz de una chica rompe su armadura de hielo. Rosalie, una joven canadiense de espíritu libre e hiperactiva, emana un aroma a miel y vainilla que despierta los instintos más posesivos de la Alfa. Rosalie no es una Omega común; es una Gama, una jerarquía tan rara como impredecible, y su naturaleza rebelde no está dispuesta a doblegarse ante nadie.
Alexandra ha decidido que Rosalie le pertenece, pero ¿podrá su amor tóxico y controlador atrapar a una chica que nació para ser libre? En este juego de poder, el café más amargo está a punto de mezclarse con la dulzura más peligrosa.
NovelToon tiene autorización de Fernanda para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capítulo 3
El segundero del reloj de pared en el estudio de los Morozov no avanzaba; golpeaba. Cada tic era una sentencia, un recordatorio de que Alexandra Morozov era una pieza de museo: observada, valorada y, sobre todo, estática.
—Los inversores han quedado encantados, Alexandra —la voz de su padre llegó desde el umbral, envuelta en el denso humo de su cigarro—. Has demostrado la frialdad necesaria. Mañana firmaremos el acuerdo de expansión. Ve a descansar.
Alex asintió, manteniendo la columna tan recta que dolía. Esperó a escuchar los pasos de su padre alejarse por el pasillo de mármol antes de soltar el aire que no sabía que estaba reteniendo. No fue a su habitación. Se dirigió al vestidor del ala este, donde guardaba la ropa que "la heredera" no debía usar. Diez minutos después, una figura con una chaqueta de cuero desgastada y una gorra baja salía por la puerta de servicio, esquivando las cámaras que ella misma había aprendido a deshabilitar durante sus años de insomnio.
O eso creía ella.
Desde el balcón del segundo piso, el señor Morozov observó el viejo sedán negro de Alex alejarse hacia el distrito bajo de la ciudad. No hizo un gesto para detenerla. Simplemente sacó su teléfono y marcó un número privado.
—Ya salió —dijo con una voz carente de emoción—. Asegúrense de que llegue a salvo. Y asegúrense de que vea lo que quiero que vea.
L’Écho de la Nuit
El club no era lo que Alex esperaba. No era sucio, pero era... vivo. Al bajar las escaleras de piedra hacia el sótano, el olor a vainilla y tabaco dulce la golpeó como un recuerdo. El lugar estaba sumergido en una penumbra azulada, interrumpida solo por el brillo dorado de los instrumentos sobre el pequeño escenario.
Allí estaba ella. Rosalie no llevaba el vestido de gala de hace unas horas. Vestía una camiseta de tirantes blanca y unos pantalones anchos, el cabello revuelto y el sudor brillando en su cuello bajo los focos. Estaba sentada al borde del escenario, afinando una guitarra eléctrica mientras hablaba con el saxofonista.
Alex se quedó en la barra, pidiendo un whisky que no pensaba beber, tratando de camuflarse. Pero Rosalie tenía instinto. Levantó la vista, sus ojos conectaron con los de Alex y una sonrisa lenta, casi depredadora, curvó sus labios.
—Vaya, vaya —la voz de Rosalie llegó amplificada por el micrófono, haciendo que varias cabezas se giraran—. La princesa ha escapado de la torre.
Alex sintió que el calor le subía a las mejillas. Se acercó al escenario, ignorando las miradas curiosas de los músicos locales.
—Dijiste a medianoche —respondió Alex, tratando de recuperar su tono gélido, aunque su corazón golpeaba sus costillas como un animal enjaulado.
—Y son las doce y diez. Te hacía más puntual —Rosalie saltó del escenario, quedando a escasos centímetros de ella. El brillo de purpurina seguía en sus pómulos, pero ahora parecía más una pintura de guerra que un adorno—. ¿Lista para la canción que no es "institucional"?
Rosalie regresó al micrófono y comenzó a tocar. No era jazz suave para cenas de negocios. Era algo crudo, una mezcla de blues y rock que hablaba de calles mojadas por la lluvia y de corazones que se rompen para poder sentir algo. Alex se quedó paralizada. Por primera vez en años, no estaba analizando beneficios, riesgos o protocolos. Estaba sintiendo.
A mitad de la segunda canción, Alex notó algo que le heló la sangre. En una de las mesas del fondo, envuelto en las sombras, un hombre con un traje demasiado caro para ese antro anotaba algo en una libreta. Al sentir la mirada de Alex, el hombre levantó su vaso de forma imperceptible: era un saludo.
Era uno de los abogados personales de su padre.
El pánico empezó a sustituir a la adrenalina. Alex miró a Rosalie, quien cantaba con los ojos cerrados, entregada a la música, sin saber que el hombre de la esquina no estaba allí para disfrutar del espectáculo, sino para tasar el lugar. Para "adquirirlo".
—¿Te gusta la vista, Alexandra?
La voz no vino de su padre, sino de un hombre que acababa de sentarse a su lado en la barra. Era el asistente principal del señor Morozov. Le entregó un sobre pequeño y elegante.
—Su padre dice que es un talento desperdiciado en este sótano. Mañana a primera hora, el contrato de arrendamiento de este club pasará a manos de la Fundación Morozov. Él quiere que seas tú quien le dé la noticia a la señorita Rosalie. Es parte de tu... formación.
Alex miró el sobre como si fuera una serpiente. Su escape, su momento de rebelión, su conexión con la chica de la voz de fuego... todo había sido orquestado. Su padre no la había dejado ir; la había enviado a marcar el territorio.
Rosalie terminó la canción entre aplausos y bajó del escenario con una sonrisa radiante, dirigiéndose directamente hacia Alex.
—¿Y bien? —preguntó Rosalie, con los ojos brillando de emoción—. ¿Sigue sabiendo a amargor tu café, o esta música te ha endulzado un poco el alma?
Alex sintió el sobre quemando en su mano. Podía decírselo ahora y destruir el único lugar donde Rosalie era libre, o podía callar y disfrutar de las últimas horas antes de que la jaula de oro de los Morozov se cerrara no solo sobre ella, sino también sobre la mujer que acababa de empezar a admirar.