Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.
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continúa...
Nocturne – Piso -8 (no estaba en el ascensor).
No bajaron por ascensor. Bajaron por una puerta detrás de la barra del -7 que Lilith abrió con una llave que sacó del sostén.
—No pregunten —dijo.
Escaleras de piedra, húmedas. Olor a azufre viejo, no fuerte. Como si el lugar llevara siglos sin usarse.
Al final, una puerta doble de hierro negro sin picaporte.
Damián apoyó la palma. La marca en su espalda y el anillo de Lía se encendieron al mismo tiempo. La puerta reconoció y se abrió sola.
Sala del Trono.
No era grande. Redonda, techo bajo, paredes cubiertas de nombres grabados. Miles. Algunos tachados. En el centro, un sillón de piedra negra. No cómodo. No para sentarse. Para sostener.
No había oro. No había fuego. Solo peso.
Lía sintió el anillo enfriarse. No por miedo. Por respeto.
Damián caminó hasta el centro y se paró delante del trono. No se sentó.
—Damián Moreau —dijo en voz alta. No gritó. Declaró—. Hijo de Belial. Heredero por sangre. Reclamo.
La sala no contestó con voz. Contestó con luz. Las letras grabadas en la pared empezaron a brillar una por una, desde abajo hacia arriba. Cuando llegaron al nombre AZAZEL, se detuvieron.
Debajo apareció otro, tallado al momento, con polvo cayendo todavía: MOREAU.
Lilith silbó.
—Te escuchó.
Damián no se movió.
—Lía Vargas —dijo—. Testigo.
Lía dio un paso y se paró a su lado. No atrás.
—Lía Vargas —repitió—. Testigo.
El trono vibró. Una vez. No los tiró. Los aceptó.
Y entonces la puerta se abrió de golpe.
Malphas. Sin cascarón. Como era: alto, piel grisácea, ojos completamente blancos, cuernos cortos hacia atrás. Traje blanco manchado de ceniza.
Atrás, Belial. Sin copa. Sin sonrisa.
—Llegaron temprano —dijo Belial.
—Reclamé —dijo Damián.
—Escuché. —Belial miró el nombre nuevo en la pared—. Moreau. Creí que lo habías enterrado con la chica.
—Lo desenterré.
Belial caminó despacio hasta quedar frente a su hijo. No lo tocó.
—Si te sentás, no salís más. —Miró a Lía—. Y ella se queda atada a un trono que no pidió.
—No me voy a sentar —dijo Damián—. Solo no dejo que se lo des a él. —Señaló a Malphas con la cabeza.
Malphas aplaudió lento.
—Conmovedor. —Dio un paso—. ¿Y si lo mato acá? ¿El trono me elige por descarte?
—No —dijo Belial sin mirarlo—. Si lo matás acá, el trono se cierra cien años. Regla vieja.
Malphas se detuvo.
—Entonces espero afuera.
—No —dijo Lía antes de pensarlo. Todos la miraron—. Si el trono escuchó a Moreau, también me escuchó a mí. —Miró a Belial—. No lo quiere. A él tampoco. —Señaló a Malphas—. ¿O sí?
Belial la estudió largo. Después sonrió, ahora sí con dientes.
—Elena hablaba así antes de firmar la segunda vez.
Damián dio medio paso adelante, tapándola sin taparla.
—Terminen.
Belial asintió.
—El viernes vienen los dos. Sin Lilith. Sin corte. Solo ustedes. El trono decide. —Miró a Malphas—. Vos también.
Malphas hizo una reverencia burlona.
—Será un placer.
Se fue. Belial lo siguió sin mirar atrás.
Cuando la puerta se cerró, Damián se dejó caer en el trono de piedra. No por reinar. Porque las piernas no le dieron más.
Lía se sentó en el brazo del trono, al lado.
—Moreau —dijo bajito.
Damián apoyó la cabeza en su costado, un segundo.
—Lía —contestó.
El sello no brilló. No hacía falta.