Laura entró en Valdez Enterprises buscando una carrera, pero encontró una perdición.
Bastó una mirada de Adrián Valdez, su jefe, para que la ingenua joven viera desmoronarse su mundo. Lo que comenzó como una admiración profesional se transformó rápidamente en una obsesión voraz: Laura ya no trabajaba para él, vivía para él. Cada gesto, cada orden fría y cada segundo en su presencia se convirtieron en el combustible de un deseo insaciable.
Pero tras la fachada de poder de Adrián se esconden sombras que ella no está preparada para enfrentar. En esta oficina, el deseo no es un juego, es una trampa. Y Laura, cegada por su propia fijación, está a punto de descubrir que entregarse a su jefe es un placer tan intenso como peligroso.
¿Estás listo para cruzar la línea donde la obsesión se vuelve irreversible?
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Capítulo 11: La Inercia del Dolor.
La oficina se sentía como una tumba de cristal a las siete de la mañana. El olor a ozono de la tormenta de anoche todavía flotaba en los pasillos, mezclado con el penetrante aroma del café recién hecho que yo había preparado con una precisión casi quirúrgica.
Tenía los ojos secos, la espalda rígida y el corazón endurecido por una determinación fría que no me pertenecía antes.
Había limpiado mis zapatos. Estaban tan pulcros que podía ver mi reflejo en el cuero negro, una imagen distorsionada de la mujer que se negaba a romperse. El acta estaba enviada, mi deber estaba cumplido... Pero la paz no llegaba.
Adrián llegó a las siete y diez. No traía la misma energía eléctrica de ayer; hoy su presencia era pesada, cargada de una fatiga que lo hacía parecer más humano y, por lo tanto, más peligroso. Se detuvo frente a mi escritorio y, por primera vez en días, se tomó un segundo para observarme de verdad.
—Has enviado el acta a las tres de la mañana —comentó, dejando su maletín sobre el cristal con un golpe sordo—. ¿Has dormido aquí, Laura?
—Eso no es relevante para el flujo de trabajo, señor Valdez —respondí, manteniendo la vista fija en mi monitor—. El documento está en Stuttgart. El objetivo se ha cumplido.
Él entrecerró los ojos. No le gustaba la eficiencia cuando venía acompañada de una frialdad que imitaba la suya. Era como si le estuviera devolviendo el reflejo de su propio vacío.
—Entra. Tenemos que preparar la comparecencia de prensa para la fusión.
El despacho estaba en penumbra. Adrián no encendió las luces principales; se conformó con la luz grisácea que se filtraba por el ventanal empañado. Se sentó en su silla y se aflojó el nudo de la corbata, un gesto de inusual informalidad que me puso en guardia.
—Siéntate —ordenó, señalando la silla frente a él.
Me senté, con mi cuaderno de notas abierto y la pluma lista. Pero él no empezó a dictar. Se quedó mirándome, recorriendo con la vista el contorno de mi rostro, mis anteojos, la línea tensa de mis hombros.
—Estás enfadada —dijo finalmente. No era una pregunta.
—Estoy trabajando, señor.
—Estás enfadada porque te dejé en ese club. Porque preferí a Rafaela. Porque te obligué a limpiar el rastro de Claudia y porque ayer permití que un obrero te viera como una presa antes de recordarte que eres de mi propiedad.
Escuchar su voz enumerar mis humillaciones con tanta ligereza hizo que la pluma se partiera en mi mano. Una mancha de tinta negra se extendió por mis dedos, manchando la hoja en blanco de mi cuaderno.
La simetría poética de la mancha me dio ganas de reír, o de gritar.
—Usted no tiene derecho a decirme cómo me siento —susurré, levantando la vista.
Mis ojos ardían.
—Usted me pidió que fuera una hoja en blanco. Bueno, felicidades, ya tiene lo que quería. No hay nada más en mí que solo sus órdenes, solo su agenda y solo su sombra.
Adrián se inclinó hacia adelante. El aroma a sándalo me golpeó, pero esta vez no retrocedí. Me quedé inmóvil, desafiándolo a cruzar la última línea.
—¿Crees que es así de simple? —su voz bajó a un susurro vibrante.
—¿Crees que te elegí porque necesitaba a alguien que me trajera café o que redactara actas? Hay miles de Claudias en este edificio, mujeres que se venden por una mirada mía. Pero tú... tú tienes algo que ellas perdieron hace mucho tiempo. Tienes una resistencia que me fascina.
Extendió la mano y, con una lentitud tortuosa, limpió una gota de tinta de mi dedo índice. Su tacto fue como una quemadura de hielo.
—Me gusta verte intentar odiarme —continuó él—. Me gusta ver cómo te muerdes el labio para no gritar cuando te ignoro. Porque sé que, mientras más te alejo, más espacio ocupo en tu mente. Rafaela fue solo un trámite, Laura. Un ruido blanco para silenciar lo que ocurre en esta oficina.
Me retiró la mano con un movimiento brusco, como si él también se hubiera quemado. Se levantó y volvió al ventanal, dándome la espalda. La vulnerabilidad del momento anterior se evaporó, sustituida por el muro de acero de siempre.
—Hoy no saldrás de este piso. No quiero que hables con Claudia, ni con los de prensa. Te quedarás aquí, a mi vista y revisarás los contratos de la serie B.
—¿Teme que me escape, señor Valdez? —pregunté con una pizca de veneno en la voz.
Él se giró ligeramente, lo suficiente para que yo viera la comisura de sus labios elevarse en una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Teme tú, Laura. Teme el momento en que deje de poner obstáculos entre nosotros. Porque ese día, no habrá oficina, ni club, ni obreros que te salven de lo que realmente quieres pedirme.
Salí del despacho sintiendo que el aire me faltaba. Me senté en mi escritorio y miré la mancha de tinta en mi cuaderno.
Era negra, profunda y definitiva.
El resto de la mañana transcurrió en un silencio tenso. Claudia pasó por delante de mi escritorio tres veces, pero no se atrevió a decir nada; algo en mi mirada la hizo retroceder. Yo seguía revisando contratos, pero las palabras bailaban ante mis ojos.
A las dos de la tarde, el intercomunicador pitó.
—Mi café. Negro. Sin azúcar. Y Laura... trae el paño. Hay otra mancha en el cristal que olvidaste ayer.
Me levanté, con el corazón latiendo con una fuerza que me asustaba. Sabía que no había ninguna mancha, sabía que era solo su forma de recordarme quién tenía el látigo. Y mientras caminaba hacia la cocina, me di cuenta de lo más aterrador de todo: no iba allí por obligación. Iba porque el dolor de su atención era lo único que me hacía sentir que todavía estaba viva en aquel palacio de sombras.
Él no me tocaba, no me besaba, no me poseía. Pero me tenía más prisionera de lo que Claudia o Rafaela jamás estarían. Me tenía atrapada en la espera, en el vacío de lo que aún no sucedía, escribiendo mi historia con el silencio de sus manos.
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💕Queridas lectoras... Por favor den me gusta cuando terminen de leer un capítulo.💕
solo la quiere de espectadora y a ser la sufrir más
y más loca ella sintiendo celos de su prima 🙄🙄🙄 patética Adrian solo las utiliza como trapos y las desecha y ella cree que con ella cambiará