Acompáñame a ver la historia de Luisa Mendez..
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Pasillos vacíos
La casa de los Sotomayor no era un hogar; era un lugar vacío sin sentimientos. Los primeros meses del embarazo de Luisa transcurrieron con náuseas matutinas y una soledad aterradora. En esa mansión, el valor de una persona se medía por su utilidad para la marca familiar, y Luisa, con su timidez y su origen sencillo, no encajaba en ese lugar, era vista como un "fallo en el sistema" que debía ser ocultado hasta que fuera presentable.
Diego había perfeccionado el arte de la invisibilidad selectiva. Vivían bajo el mismo techo, pero él pasaba a su lado como si ella fuera un mueble más de la decoración. No había preguntas sobre cómo se sentía, ni interés por las citas médicas, ni una sola mirada dirigida a su vientre, que empezaba a abultarse ligeramente bajo sus ropas holgadas.
Una mañana de martes, el malestar de Luisa fue más fuerte de lo habitual. El aroma a café recién hecho que subía desde la cocina le provocó un espasmo. Se tambaleó hacia el baño, aferrándose a las paredes de estuco veneciano, y el sonido de sus arcadas se escuchana en el pasillo. Diego, que salía de su habitación impecablemente vestido para la universidad, se detuvo un segundo frente a la puerta del baño.
Luisa, pálida y con la frente sudorosa, salió apoyándose en el marco de la puerta, esperando, quizás, una palabra de aliento o una mano que la sostuviera.
—¿Puedes guardar silencio? —fue lo único que dijo Diego, ajustándose el reloj de pulsera con un gesto de fastidio—. Mi madre tiene invitados para el brunch de caridad y lo último que necesita es que los vecinos escuchen tus ruidos. Es desagradable.
—Diego, me siento muy mal… creo que la presión se me bajó —susurró ella.
—Entonces llama a la servidumbre. Para eso están —respondió él sin mirarla a los ojos—. Y por favor, asegúrate de no bajar las escaleras hasta que todos se hayan ido. No quiero tener que explicarle a los socios de mi padre por qué mi esposa parece una enferma de hospital público.
Diego bajó las escaleras, dejando a Luisa con amargura en su corazón que dolía más que cualquier náusea.
Esa tarde, la presión no vino solo de Diego. Doña Elena Sotomayor llamó a Luisa a su despacho privado, una habitación llena de retratos de antepasados que parecían juzgar a cualquiera que entrara. Elena no levantó la vista de sus cuentas hasta que Luisa estuvo de pie frente a ella por varios minutos.
—Siéntate, Luisa —ordenó Elena, señalando una silla rígida de terciopelo—. He revisado tu agenda. El próximo mes es la gala de la Fundación Empresarial. Es el evento más importante del año para el prestigio de mi marido.
—Doña Elena, para entonces tendré cinco meses… no sé si me sienta bien para asistir —intentó explicar Luisa.
Elena finalmente la miró.
—No te estoy preguntando si te sientes bien. Te estoy informando que asistirás. Te compraremos un vestido que oculte esa barriga lo más posible. No queremos que la gente empiece a sacar cuentas sobre la fecha de la concepción. Los rumores de que mi hijo tuvo que casarse por un "accidente" dañarían las acciones de la empresa.
—Pero es su nieto lo que llevo dentro… —se atrevió a decir Luisa, con indignación.
—Es un heredero, Luisa —corrigió Elena con frialdad—. Y como tal, su única función ahora es nacer sano y no causar escándalos. El afecto es algo que la gente de tu clase valora demasiado porque no tienen nada más. Aquí, lo que importa es la imagen. Si Diego no te habla, es porque le has dado motivos para estar decepcionado. Haz tu parte, mantén la boca cerrada y sonríe para las cámaras. El dinero comprará todo lo que el niño necesite, así que no pretendas exigir sentimientos que no existen.
Luisa salió del despacho sintiéndose más pequeña que nunca. Entendió que para los Sotomayor, ella era simplemente una incubadora de lujo, un mal necesario para evitar un estigma social.
Las noches eran las más difíciles. Diego solía llegar tarde, a menudo oliendo a alcohol y perfume de mujer, una señal clara de que seguía buscando en otros brazos el consuelo por haber perdido a Estefany. Luisa lo escuchaba entrar a la habitación contigua y, a veces, a través de las paredes, oía el sonido de objetos siendo arrojados o el llanto ahogado de un hombre que se sentía preso.
Ella, por su parte, se quedaba despierta acariciando su vientre. Era el único momento del día en que se permitía hablar.
—Tranquilo, pequeño —susurraba en la oscuridad—. Mamá está aquí. Aunque nadie más te espere con alegría, yo sí lo hago.
Sin embargo, el maltrato emocional de Diego alcanzó un nuevo nivel de crueldad semanas antes del parto. En una cena familiar obligatoria, el padre de Diego, Don Guillermo, brindó por el "éxito futuro" de su hijo en la empresa.
—Ahora que vas a ser padre, Diego, espero que sientes cabeza. Un hombre de familia inspira confianza en los inversores —dijo Guillermo, cortando su filete .
Diego soltó un bufido despectivo y miró a Luisa, que intentaba comer un poco de ensalada.
—Un hombre de familia necesita una mujer que esté a su altura, papá. No alguien que fue un error de una noche de borrachera. Cada vez que la veo, me acuerdo de lo que perdí. Este niño… —señaló el vientre de Luisa con un gesto de asco— podrá tener mi apellido, pero nunca tendrá mi cariño.
El silencio que siguió fue absoluto. Ni Elena ni Guillermo defendieron a Luisa. No lo hicieron porque, en el fondo, compartían el sentimiento de Diego. Luisa dejó caer el tenedor, que tintineó contra la porcelana fina. Se levantó de la mesa sin pedir permiso y caminó hacia las escaleras. Esta vez, no lloró frente a ellos. Se fue a llorar donde nadie la viera todo era difícil para ella en esa casa.
A medida que el embarazo avanzaba hacia el noveno mes, la indiferencia se convirtió en una rutina. Diego cumplía con lo mínimo: pagaba las cuentas de la clínica más cara de la ciudad, pero nunca entró a una ecografía. Nunca preguntó si el bebé se movía. Para él, el hijo que venía en camino no era una vida, era la cadena que lo ataba a una mujer que despreciaba.
El día que empezaron las contracciones, Diego estaba en una fiesta de antiguos compañeros de la preparatoria. Luisa intentó llamarlo siete veces, pero él rechazó cada llamada hasta que finalmente apagó el teléfono. Fue la empleada doméstica, una mujer mayor llamada Rosa, quien terminó llevándola a la clínica en un taxi, mientras los Sotomayor dormían plácidamente en sus habitaciones, ignorando que el heredero que tanto les importaba por "apariencia" estaba a punto de nacer en la más absoluta soledad afectiva.