La chica invisible del colegio soporta el bullying del más lindo hasta que él se enamora de ella por celos, que pasará con ellos???
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Capítulo 9: La fiesta de Candela
Octubre en El Trébol es viento, tierra que se levanta en la plaza y el olor a torta frita cuando llueve. También es el mes en que Candela Gómez cumplía diecisiete y hacía fiesta en el quincho de los abuelos, que quedaba a tres cuadras de la terminal y tenía parlante grande y pileta sin agua porque “es peligroso, chicos”.
Yo no iba a ir. No me gustaban las fiestas del curso: eran Ramiro pasando música fuerte, Lautaro vomitando en el baño y las chicas de cuarto sacándose fotos en grupo donde yo siempre quedaba en la punta. Además, tenía que cuidar a Lucas el sábado porque mamá iba a lo de la abuela.
El jueves Candela pasó banco por banco repartiendo las invitaciones hechas en Canva. Cuando llegó al mío me miró y me dijo:
—Ríos, vení. Va a estar bueno. Traé a alguien si querés.
—No creo que pueda —le contesté.
—Dale, traga. Una vez salí del libro.
Se rio y se fue. No lo dijo de mala. Candela no era mala.
Thiago estaba dos bancos atrás. Escuchó todo porque dejó de copiar y se quedó con el lápiz en el aire. No me dijo nada en toda la hora.
A la salida me alcanzó en el pasillo.
—¿Vas?
—No.
—¿Por qué?
—Tengo que cuidar a mi hermano.
Se quedó callado. —Yo voy.
—Ya sé.
—¿No querés que vaya?
Me lo preguntó así, de golpe, y me descolocó.
—Hacé lo que quieras, Benítez.
—Siempre hago lo que quiero y siempre la cago.
—No siempre —le dije, y me fui rápido porque se me empezó a acelerar el pecho.
Esa noche le escribí a mamá: “¿puedo ir a lo de Cande el sábado? Vuelvo a las doce.” Me contestó: “Si Lucas se queda con la abuela sí.” La abuela dijo que sí. Yo me quedé mirando el mensaje diez minutos como si fuera a cambiar.
El viernes en Literatura entregamos el trabajo de Pizarnik. Susana nos puso un nueve. Cuando nos devolvió la hoja, Thiago me rozó los dedos sin querer y los dos los sacamos rápido.
—Está bien —me dijo bajito.
—Sí.
—¿Vas mañana?
—Sí.
Se le movió un poquito la boca como si quisiera sonreír pero no se animara.
—Bueno.
La fiesta era a las diez. Llegué diez y media con Valentina y otra chica de cuarto que se llamaba Milena. Me puse un jean y un buzo gris y me hice la trenza floja porque me había acostumbrado y porque Thiago me había dicho que me quedaba mejor y yo todavía no sabía si eso era bueno o malo.
El quincho estaba lleno. Había luces de esas que prenden y apagan y la música estaba tan fuerte que te vibraba en el pecho. Candela estaba con una vincha con orejitas y gritó cuando me vio.
—¡Ríos! ¡Viniste!
—Te dije que sí.
—Bien ahí.
Me dio un vaso con algo naranja que era Fanta con vodka pero me dijo que era solo Fanta. Tomé igual.
A Thiago lo vi a los diez minutos. Estaba con Ramiro y Lautaro al lado del parlante, con una remera negra y la campera del colegio atada a la cintura. No tomaba. Tenía una Coca en la mano. Cuando me vio se quedó duro un segundo y después levantó el vaso como saludando. Le devolví el gesto.
No nos hablamos en una hora.
Valentina me arrastró a bailar. Yo bailo mal. Me muevo poco y me da vergüenza que me miren. Pero la música estaba fuerte y las luces ayudaban. A la tercera canción Santiago apareció.
—Ríos —me dijo al oído—. ¿Bailás?
—Dale.
Bailamos. No pegados. Normal. Me reí porque Santiago baila peor que yo y eso me relajó. En una de esas levanté la vista y vi a Thiago contra la pared. No estaba con Ramiro. Estaba solo, mirando. No tenía cara de enojado. Tenía esa cara que ponía en la biblioteca cuando no sabía si entrar.
Se me cortó la risa.
—Perdón, ya vuelvo —le dije a Santiago.
Crucé el quincho. Thiago no se movió.
—¿Qué hacés ahí parado? —le pregunté cuando llegué.
—Mirando.
—¿Qué mirás?
Se encogió de hombros. —Todo.
—Mentira.
—Bueno, te miro a vos.
Me quedé callada.
—¿Te molesta? —preguntó.
—No.
—¿Te molesta que baile con Santiago?
—Thiago…
—Ya sé. Te prometí no ser un pelotudo. No te voy a decir nada. Pero me molesta igual.
Tenía la Coca a la mitad y la giraba en la mano.
—¿Querés bailar? —me salió.
Se le abrieron un poco los ojos. —¿Conmigo?
—Sí. O andate a tu casa.
Se rio, ahora sí, con la boca abierta. —Bailo.
Bailamos. Mal los dos. Él me llevaba de la cintura pero sin apretar, como si tuviera miedo de que le dijera que se corriera. Yo le puse las manos en los hombros y sentí que estaba tenso abajo de la remera.
—Así no se baila —le dije después de un rato.
—Ya sé.
—¿Entonces por qué no me soltás?
—No quiero.
Me reí. —Sos insoportable.
—Vos también.
La canción cambió a una lenta. No nos separamos. No fue a propósito. Simplemente nadie se movió.
—Ríos —dijo, con la frente casi apoyada en la mía.
—¿Qué?
—¿Te puedo besar bien esta vez?
Me quedé mirándolo. Tenía los ojos verdes y no me estaba cargando. Tenía miedo, sí. Pero no me estaba cargando.
—Sí —le dije.
Me besó. No mal. No apurado. Despacio, como si lo hubiera pensado toda la semana. No me chocó los dientes. Me puso una mano en la cintura y la otra en la nuca, abajo de la trenza. Yo le agarré la remera con las dos manos porque sentía que me iba a caer.
Duró poco. Cuando nos separamos, Ramiro gritó desde el otro lado “¡EHHHH BENÍTEZ!” y se escuchó en todo el quincho.
Thiago no se dio vuelta. Me miró a mí.
—Perdón —dijo.
—No pidas perdón —le contesté.
Se rio y me pasó el pulgar por el costado de la boca, despacito.
—Tenés —dijo.
—¿Qué?
—Nada.
No era nada. Me estaba tocando la boca.
Nos fuimos a sentar afuera, en el escalón de la puerta, porque adentro Ramiro ya estaba haciendo chistes y Lautaro cantaba “Thiago y la Cuatro ojos” y yo no quería escuchar.
—¿Te jode que digan eso? —me preguntó Thiago cuando nos sentamos.
—Un poco.
—Les digo que se callen.
—No. Dejalos.
—¿Segura?
—Sí.
Se quedó mirando para adelante. Después me miró a mí.
—Me gusta tu trenza —dijo otra vez.
—Ya me lo dijiste.
—Lo digo de vuelta.
—Bueno.
—¿Y yo? —preguntó después de un rato—. ¿Te gusto?
El viento movía las hojas secas en la vereda. Adentro seguía la música.
—Sí —le dije, porque era verdad y porque ya estaba cansada de decir que no sabía—. Sí, Benítez. Me gustás.
Se le desarmó la cara. No de sorpresa. De alivio.
—Menos mal —dijo—. Porque yo estoy re cagado con vos desde marzo.
Me reí. —¿Desde marzo? Me decías Cuatro ojos en marzo.
—Ya sé. Por eso.
Me dio la mano. No me la pidió. Me la dio, y yo se la agarré.
Nos quedamos así hasta que Valentina salió a buscarme porque “Cande corta la torta”.
Adentro, Ramiro le dijo algo a Thiago al oído y Thiago le contestó “cerrá el orto” sin enojarse. Ramiro se rio igual pero no dijo más nada.
Comí torta al lado de Thiago. Él me robó un pedazo de mi porción y yo le pegué en el brazo. Nadie nos miraba raro. O si nos miraban, no me importó.
A las doce mamá me mandó un mensaje: “volvé”. Le dije a Thiago “me tengo que ir”.
—Te acompaño.
—No hace falta.
—Ya sé. Te acompaño.
Caminamos las tres cuadras. En la esquina de mi casa me frené.
—Chau —le dije.
—Chau, Ríos.
Se inclinó y me dio un beso en la mejilla, rápido, y después uno en la boca, corto.
—Mañana te mando —dijo.
—Bueno.
Se fue caminando para el otro lado, con las manos en los bolsillos y la campera ahora puesta. Yo entré y me saqué los anteojos y me miré al espejo. Tenía la trenza desarmada y la boca un poco roja.
En el cuaderno, abajo de “quiere”, escribí “me besó bien” y al lado “sí”.
No lo tapé con liquid paper.
me gustaría una segunda parte
si quisiera saber de Lautaro pero que no intervenga en la vida de ellos el ya fue historia