Todos lloraron su muerte. Nadie sospechó su regreso. Valeria Montoya fue enterrada antes de tiempo, traicionada por la sangre que llevaba su apellido. Para el mundo está muerta; para ella, sobrevivir fue apenas el inicio del castigo. Bajo una nueva identidad, regresa a la vida que le arrebataron, obligada a callar su nombre, su pasado… y su amor. Adrián Ferrer, el hombre que la amó y la lloró frente a su tumba, es el único capaz de reconocerla sin tocarla. Entre mentiras, deseo contenido, risas que esconden dolor y una venganza que se teje en silencio, Valeria deberá decidir si el amor merece otra oportunidad o si la justicia exige sangre. Porque algunas mujeres no vuelven para ser salvadas… vuelven para cobrarlo todo.
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Demasiado cerca
El silencio entre Adrián y yo no duró más de unos segundos, pero fue suficiente para que el aire se volviera irrespirable.
—No lo creo —repetí, sosteniéndole la mirada.
Mi voz salió firme, educada, perfectamente ajena. Exactamente como Emilia Cruz debía sonar. Aun así, sentí cómo algo en mi interior temblaba, como si Valeria golpeara desde dentro, rogándome que no bajara la guardia.
Adrián no se movió.
Sus ojos recorrieron mi rostro con una lentitud que me puso la piel en alerta. No era descaro. No era coqueteo. Era análisis. Como si buscara una grieta, un error, algo que confirmara la sospecha que ya había echado raíces en su pecho.
—Perdón —dijo al fin—. Debí confundirme.
Pero no se disculpó con la mirada.
Ni con el cuerpo.
Ni con la forma en que seguía ahí, demasiado cerca.
—Suele pasar —respondí, forzando una sonrisa—. Todos tenemos caras conocidas en algún momento.
Mentira.
Yo conocía cada gesto suyo. Sabía cuándo dudaba, cuándo estaba a punto de insistir. Y ese pequeño tic en su mandíbula… ese no lo había olvidado.
—Adrián —intervino uno de los patrocinadores—. ¿Vienes?
Él tardó un segundo más de lo necesario en apartarse. Cuando lo hizo, sentí un vacío extraño, casi doloroso.
—Claro —respondió, sin dejar de mirarme—. Disculpa.
Asentí, manteniendo la compostura hasta que se alejó. Solo entonces permití que el aire volviera a mis pulmones.
—¿Estás bien? —preguntó la directora, notando mi rigidez.
—Sí —respondí—. Solo fue… inesperado.
No mentí del todo.
El resto de la reunión transcurrió como una obra de teatro mal ensayada. Yo hablaba, sonreía, asentía. Pero por dentro, cada pensamiento giraba en torno a una sola certeza: Adrián Ferrer estaba ahí por una razón.
Y no había sido casualidad.
Horas más tarde, ya de noche, caminé de regreso a mi departamento. La ciudad brillaba con luces indiferentes. Nadie notaba a la mujer que apretaba las llaves en el bolsillo como si fueran un ancla.
Dentro, me dejé caer en el sofá y cerré los ojos.
Su voz aún resonaba en mi cabeza.
¿Nos conocemos?
—No —susurré—. No puedes conocerme.
Pero incluso yo dudé.
Mientras tanto, Adrián estaba de pie frente al ventanal de su departamento, con la ciudad extendiéndose a sus pies. No se había quitado la chamarra. No había encendido las luces. Necesitaba la oscuridad para pensar.
Sacó el teléfono y buscó la foto que había tomado sin darse cuenta, fingiendo revisar mensajes. Una imagen borrosa, tomada desde lejos, pero suficiente.
Ahí estaba ella.
La mujer de la fundación. Emilia Cruz.
Los mismos ojos.
La misma forma de inclinar ligeramente la cabeza.
La misma manera de sostener la mirada sin bajar la guardia.
—No es posible… —murmuró.
Y aun así, lo sentía en los huesos.
Su teléfono vibró.
—Encontré algo —dijo la voz al otro lado—. El informe del accidente… fue modificado.
El pulso de Adrián se aceleró.
—¿Modificado cómo?
—Partes borradas. Firmas inconsistentes. Y hay algo más… el cuerpo nunca fue identificado visualmente por un familiar directo.
El silencio se hizo pesado.
—Gracias —respondió Adrián—. Sigue buscando.
Colgó y volvió a mirar la foto.
—Valeria… —susurró—. Si estás viva…
En mi departamento, me levanté de golpe, como si hubiera sentido su pensamiento.
El espejo me devolvió un rostro cansado, pero decidido.
—Te reconoció —me dije—. Y eso es peligroso.
Pero también… inevitable.
Porque acercarme a ellos era la única forma de hacerlos caer.
Y Adrián, sin saberlo, ya estaba caminando directo hacia la verdad.
Una verdad que podía destruirlo todo…
o devolverme lo que me habían robado.