No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capitulo 1
—Mmm… la, la, la, la…
El suave tarareo seguía el compás del balanceo del carruaje. Quien lo entonaba era Arya Rosenfeld, una jovencita que salía por primera vez de su pequeño pueblo. Viajaba colmada de emociones y expectativas, rumbo a la prestigiosa Academia Real, lista para comenzar una nueva y esperada etapa de su vida.
Arya miró por la ventanilla. El paisaje que conocía tan bien se alejaba poco a poco, como si el mundo que había sido suyo durante años decidiera despedirse con calma. Una sonrisa sincera y luminosa se dibujó en su rostro.
—¿Está mal que me sienta tan emocionada? —pensó, con un leve atisbo de culpa por permitirse sentir tanta alegría.
Siempre había vivido en el mismo lugar, rodeada de las mismas personas y de escenarios que conocía de memoria. Justamente en la posibilidad de explorar un mundo nuevo —otras personas, paisajes distintos, relaciones desconocidas— radicaba su entusiasmo. La Academia Real le ofrecía esa oportunidad, y Arya no podía ignorarla.
Era la tercera de cuatro hermanos. Su hermana mayor, Marianne, nunca había asistido a la academia y estaba a punto de casarse. El segundo, Frank, tampoco lo había hecho; había elegido quedarse al frente de la finca familiar. El menor, Mathias, aún no tenía la edad suficiente y ni siquiera estaba seguro de querer asistir algún día. Arya sería la primera de su familia en cruzar las puertas de la Academia Real, no porque sus hermanos mayores no lo hubieran deseado, sino porque la posibilidad de ingreso para personas no nobles se había abierto hacía poco tiempo y, para ellos, que ya tenían un rumbo marcado, era demasiado tarde.
Tras dos días enteros de viaje en carruaje, finalmente llegaron a la estación de tren que la llevaría hasta la capital. Al ver aquella colosal obra de ingeniería por primera vez, el corazón de Arya se aceleró como nunca antes. Estaba absorta en la escena cuando una voz conocida la sacó de su ensimismamiento.
—¡Arya! ¡Ya estás aquí!
Ella se giró de inmediato, sonriendo. Ferdinand von Einsenwald, su primo, se acercaba a ella con evidente entusiasmo. Al igual que Arya, asistiría a la academia. Tenían la misma edad y habían pasado la infancia prácticamente juntos, por lo que su vínculo era cercano y natural. De hecho, que Ferdinand también fuera a asistir había sido el principal motivo por el cual los padres de Arya aceptaron dejarla partir.
—Fer… —saludó ella, aún sonriendo—. Es impresionante, ¿verdad? Bueno… tal vez para ti ya no lo sea —añadió al recordar que no era la primera vez que Ferdinand veía un tren ni que viajaría en uno.
—Lo sigue siendo —respondió él—. Pero vamos, apresúrate. Entremos y busquemos nuestros asientos; creo que están uno al lado del otro.
Sin esperar respuesta, Ferdinand se adelantó, tirando suavemente de la mano de Arya. Ella avanzó con más cautela, observándolo todo con atención, pero terminó siguiéndolo. Una vez que encontraron sus lugares y se acomodaron, el tren comenzó a moverse, marcando el inicio real del viaje.
Ambos estaban emocionados, aunque en el pecho de Arya la alegría se mezclaba con un profundo agradecimiento. Sabía que, de no haber sido por las palabras de Ferdinand para tranquilizar a sus padres, ella no estaría allí. Decidió decírselo.
—Fer… quería agradecerte por lo que les dijiste a mis padres. Gracias a ti estoy hoy aquí. Es algo que no olvidaré jamás. Gracias.
Ferdinand apartó la mirada, incómodo. Tras unos segundos, volvió a girarse hacia ella con una sonrisa despreocupada.
—Sí, sí, como sea. Puedes pagármelo ayudándome con las tareas… o, si te haces amiga de alguna chica interesante, presentándomela.
Arya rió suavemente. Ferdinand era, sin duda, lo que muchos llamarían un mujeriego, aunque con apenas quince años resultaba extraño pensarlo de ese modo. Aun así, no pudo evitar sonreír; sabía que, detrás de esa actitud ligera, su primo había sido sincero y protector con ella.
El tren avanzaba y, con él, el futuro de Arya comenzaba a desplegarse ante sus ojos.
Tras otros dos días de viaje, vividos entre la sorpresa y la emoción que despertaban los paisajes desconocidos al otro lado de la ventanilla, finalmente llegaron a la capital. Arya había creído que nada podría igualar la impresión que le había causado el ferrocarril, pero la ciudad superó cualquier expectativa. Las construcciones se alzaban imponentes, las calles rebosaban de movimiento y el aire mismo parecía vibrar con una energía nueva y avasallante.
Ferdinand, que conocía bien el lugar, no dudó ni un instante. Se movía con seguridad entre la multitud y Arya, un poco desorientada, se limitó a seguirlo de cerca.
—Ven, no te quedes atrás —le dijo mientras avanzaba—. Aún tenemos que llegar a la academia.
No tardó en conseguir un carruaje que los llevara hasta allí. Una vez que cargaron el equipaje y tomaron asiento, el vehículo se puso en marcha, dejando atrás el bullicio de la estación. Arya observaba todo con atención, intentando grabar cada detalle en su memoria.
Cuando el carruaje se detuvo, alzó la vista y sintió que el aliento se le escapaba del pecho. Ante ella se alzaba el castillo de la Academia Real. Sus muros se extendían majestuosos, coronados por torres y ventanales que parecían tocar el cielo. Nunca había visto nada semejante. Era tan grande, tan distinto a todo lo que conocía, que una inquietud silenciosa se instaló en su pecho.
Arya permaneció inmóvil frente a la entrada, sintiéndose repentinamente pequeña, casi insignificante ante aquella mole de piedra. Estaba tan absorta en sus pensamientos que no notó el gesto impaciente de Ferdinand hasta que él la tomó del brazo y la jaló con suavidad, aunque con el ceño fruncido.
—Arya, vamos. Ya deberíamos entrar.
Ella parpadeó, volviendo en sí, y enseguida comprendió que se había detenido demasiado tiempo.
—Lo siento —dijo, un poco avergonzada—. Es solo que… es todo tan impresionante. Tienes razón, vamos.
Luego, mientras avanzaban hacia el interior, añadió con una sonrisa nerviosa:
—En cuanto pueda, les escribiré a mis padres. Necesitan saber que llegué bien.
Ferdinand asintió sin darle mayor importancia y juntos cruzaron la entrada.
Una vez tras los muros de la academia, se encontraron con una larga fila de jóvenes que aparentaban tener su misma edad. No tardaron en comprender que se trataba de los nuevos ingresantes, por lo que, sin necesidad de palabras, se sumaron a la espera.
El bullicio era constante: voces que se superponían, risas nerviosas, murmullos ansiosos. A Arya le zumbaban los oídos; todo aquello era demasiado nuevo, demasiado intenso. Cuando finalmente llegó su turno, se encontró frente a una mujer de porte severo, lentes rectangulares y uniforme del personal de la academia. Era una de las secretarias y su expresión denotaba cansancio, como si llevara horas repitiendo el mismo procedimiento.
—Nombre —pidió la mujer, sin levantar la vista.
—Arya Rosenfeld —respondió ella, intentando sonar segura.
La secretaria recorrió una lista con el dedo, asintió levemente y anotó algo antes de extenderle un pequeño papel.
—Habitación ochenta y dos, ala este.
Arya tomó el papel con cuidado. Aquella sería su habitación a partir de ese momento.
Cuando Ferdinand recibió el número de la suya, ambos avanzaron unos pasos más hasta que se detuvieron al notar que sus destinos se separaban. Las habitaciones destinadas a las mujeres se encontraban en el ala este, mientras que las de los hombres estaban ubicadas en el ala oeste.
—Bueno… supongo que aquí nos separamos —dijo Ferdinand, encogiéndose de hombros.
—Supongo que sí —respondió Arya, esbozando una sonrisa algo nerviosa.
Se despidieron con un gesto rápido y Arya tomó el pasillo del ala este. A su alrededor, muchas jóvenes buscaban el número de su habitación con la misma mezcla de ansiedad y curiosidad. Cuando por fin encontró el ochenta y dos, sintió un cosquilleo en el pecho.
Llamó suavemente a la puerta. Nadie respondió. Pensó entonces que quizá era la primera en llegar, recordando que las habitaciones se compartían de a dos. Sin embargo, al abrir la puerta, se encontró con una jovencita de cabello castaño, completamente concentrada en desempacar sus pertenencias.
—Hola —dijo Arya, interrumpiendo con cautela.
La joven se giró de inmediato, visiblemente sorprendida y algo nerviosa.
—Ho-hola —balbuceó.
—Soy tu compañera de habitación. Mi nombre es Arya Rosenfeld, es un gusto conocerte.
—Oh… —susurró la otra, con evidente alivio, al no escuchar el "von" en el apellido sabía que se trataba de una plebya como ella lo que resultaba más cómodo para convivir, o eso creía Annie—. Mi nombre es Annie Wald. También es un gusto.
Annie estrechó la mano de Arya con timidez. Arya sonrió mientras observaba la habitación: era sencilla, pero acogedora. Notó que Annie ya había elegido una de las camas, por lo que la restante debía ser la suya. Colocó su equipaje sobre ella y comenzó a desempacar.
Mientras acomodaban sus cosas, la conversación surgió de forma natural. Hablaron del viaje, de sus pueblos de origen, aunque Annie era de la capital, y de las expectativas que ambas tenían sobre la academia. La tensión inicial se fue disipando, reemplazada por una sensación reconfortante.
Más tarde, Arya se sentó a escribir la carta para sus padres. Sabía que debía depositarla en uno de los pequeños casilleros ubicados fuera de la habitación; la propia academia se encargaba de recoger y enviar la correspondencia, evitando que los estudiantes salieran del predio.
Cuando terminó de escribir, el cansancio cayó sobre ella de golpe. En medio de tantas emociones nuevas, apenas se dio cuenta de que ya era hora de dormir. Se recostó en su cama, con el corazón aún agitado, consciente de que aquel había sido solo el primer día de una vida completamente distinta.