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Un Buen Amor

Un Buen Amor

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / Yaoi / Amor a primera vista
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: valeria isabel leguizamon

León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar

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Capitulo 3

⚠️ ADVERTENCIA: Este capítulo contiene representaciones de abuso infantil, violencia doméstica y traumas que pueden resultar perturbadores para algunos lectores. Se recomienda discreción. ⚠️

El barrio al que León guio a Mateo era un laberinto de calles estrechas y mal iluminadas. Las farolas parpadeaban, algunas rotas, otras simplemente ausentes. Los edificios, en su mayoría, tenían la pintura descascarada y las fachadas marcadas por el paso del tiempo y el abandono. No era un lugar para Omega solos, pensó Mateo con el corazón encogido. No era un lugar para nadie.

—Es aquí —murmuró León, deteniéndose frente a una puerta de madera desgastada, con el marco combado y la cerradura oxidada.

Metió la llave con dificultad, tuvo que forcejear un poco hasta que la cerradura cedió con un chasquido metálico. La puerta se abrió revelando un interior oscuro que olía a humedad y a soledad.

León encendió una luz tenue, una bombilla desnuda que colgaba del techo y que apenas iluminaba el reducido espacio. Era una única habitación: una cama estrecha en una esquina, una mesa pequeña con dos sillas desparejas, una cocina minúscula que más parecía un hornillo y una heladera vieja que zumbaba con un ruido intermitente. Las paredes estaban desnudas, excepto por un pequeño espejo empañado y unas estanterías improvisadas con ladrillos y tablas.

—Bueno —dijo León, encogiendo los hombros con una naturalidad que a Mateo le partió el alma—. No es una gran mansión, pero al menos es cómoda. Y es mía. Nadie viene aquí si yo no quiero.

Cómoda. La palabra resonó en la mente de Mateo mientras observaba las grietas en las paredes, la ventana que no cerraba bien, la ausencia total de cualquier objeto que no fuera estrictamente necesario. No había fotos, no había adornos, no había nada que delatara una vida, una historia, recuerdos.

Solo supervivencia.

De repente, un sonido rompió el silencio. El estómago de León rugió con fuerza, quejumbroso, evidente. El Omega se quedó inmóvil por un instante y luego, para sorpresa de Mateo, un sonrojo intenso le cubrió las mejillas. Bajó la cabeza, avergonzado, y se llevó una mano al estómago como si pudiera silenciarlo con ese gesto.

Fue tan humano, tan vulnerable, tan tierno, que Mateo sintió que el corazón se le derretía. Este era el León que nadie veía. El que escondía bajo capas de furia y desafío.

—No tienes por qué avergonzarte —dijo Mateo con suavidad, acercándose—. Es completamente normal tener hambre. De hecho, yo también tengo. ¿Qué tal si comemos algo?

León levantó la vista, sus ojos color ámbar buscando los de Mateo con una mezcla de sorpresa y algo parecido a la esperanza. Asintió, sin palabras.

Mateo se movió hacia la pequeña cocina, abrió la heladera y sintió que el estómago se le caía a los pies. Vacía. Completamente vacía. Solo un par de condimentos olvidados y una botella de agua casi vacía. Abrió los armarios: un paquete de arroz a medio terminar, unas latas de conserva y nada más.

Suspiró, pero se obligó a mantener una expresión neutra. No podía, no debía, hacer sentir a León que su pobreza era algo de lo que avergonzarse. No era su culpa. Nunca lo fue.

—¿Sabes qué? —dijo con un tono despreocupado que no sentía—. Hace un día precioso. ¿Qué tal si vamos al mercado? Podemos comprar algo rico para cenar. Invito yo.

León frunció el ceño, el orgullo asomando en su expresión. —No hace falta que...

—No es un favor —lo interrumpió Mateo con una sonrisa cálida—. Es un plan entre amigos. ¿Vale? Además, cocino yo, así que el que sale ganando soy yo, porque así puedo presumir de mis habilidades culinarias.

León dudó un momento, pero finalmente asintió. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se asomó a sus labios.

-

El mercado era un bullicio de colores, olores y voces. Puestos de frutas y verduras se mezclaban con carnicerías y pequeñas tiendas de abarrotes. Mateo tomó un carrito y comenzó a llenarlo con una eficiencia que dejó a León boquiabierto.

Arroz, frijoles, lentejas. Verduras frescas: zanahorias, calabacines, tomates, cebollas. Fruta para los desayunos. Huevos, leche, queso. Pollo, carne picada, algo de pescado. Pan, aceite, especias. Pasta, salsa de tomate. Galletas, algo de chocolate, pequeños placeres que nadie debería negarse.

—¡Mateo! —exclamó León cuando vio la montaña de comida que se acumulaba en el carrito—. ¡Esto es demasiado! Compraste... compraste para llenar toda mi alacena. No voy a poder devolverte el dinero en meses.

Mateo se detuvo y lo miró con seriedad. —Escúchame bien, León. No quiero que me devuelvas nada. Somos amigos, ¿verdad? Pues los amigos se ayudan. Y punto.

—Pero...

—Sin peros. —Mateo tomó su mano y la apretó con suavidad—. Además, piensa en esto como una inversión. Si quieres que venga a cocinarte, necesito ingredientes, ¿no? Así que, en realidad, lo estás haciendo por mí. Para que pueda presumir de chef.

León no pudo evitar reírse. Fue una risa pequeña, corta, casi asustada de sí misma, pero real. Y Mateo supo, en ese instante, que pagaría cualquier precio por volver a escucharla.

De vuelta en el pequeño apartamento, Mateo se movió por la cocina con la soltura de quien ha hecho esto miles de veces. Lavó, cortó, sazonó y cocinó con una concentración serena, mientras León observaba desde la mesa, fascinado.

En menos de una hora, el aroma a comida recién hecha inundó cada rincón del espacio. Sobre la mesa humeaban platos de arroz con pollo al ajillo, verduras salteadas y una pequeña ensalada fresca. Sencillo, pero hecho con cariño.

León comió como si llevara días sin probar bocado. Cada bocado era una revelación, sus ojos se cerraban ligeramente saboreando, y un pequeño murmullo de satisfacción escapaba de sus labios de vez en cuando. Mateo lo observaba, con el corazón lleno y vacío al mismo tiempo. Lleno por verlo así, vacío por la mentira que los separaba.

—Es la primera vez que como algo tan delicioso —dijo León cuando terminó, recostándose en la silla con una expresión de felicidad plena—. Mateo, creo que voy a tener que invitarte todos los días para que me cocines.

Mateo sonrió, sonrojándose ligeramente. —Será un placer ser tu chef privado. Pero solo si prometes sentarte y relajarte mientras yo cocino. Nada de ayudarme, ¿eh? Eres mi invitado.

León rio de nuevo, y Mateo sintió que el mundo era un lugar más hermoso.

—¿En dónde aprendiste a cocinar así? —preguntó León, apoyando la mejilla en una mano, sus ojos brillando con curiosidad genuina.

—Cuidando a mi hermana pequeña —respondió Mateo, y algo en su expresión se suavizó al hablar de ella—. Nuestros padres trabajan mucho, viajan por negocios constantemente. Así que yo me encargo de ella. De los deberes, de la casa, de la comida. —Giró la cabeza y señaló un pequeño prendedor con forma de flor que llevaba en el cabello, una flor de tela color lila, un poco desgastada pero bien cuidada—. Son de mi hermana. Siempre me los pone antes de irse al colegio. Dice que así nadie se olvida de que soy su hermano mayor.

La ternura con la que Mateo tocó el prendedor, la sonrisa ausente con la que recordaba a su hermana, hicieron que algo se rompiera en el pecho de León.

—Ella tiene mucha suerte de tenerte —dijo, y su voz salió más ronca de lo que esperaba. Más triste.

Porque sus palabras despertaron algo. Un recuerdo. Un monstruo que siempre estaba agazapado, esperando el momento menos oportuno para saltar y devorarlo.

Flashback.

—¡No quiero, mamá! ¡Ellos me hacen daño! —Su voz era un chillido desgarrado, sus brazos rodeaban sus piernas, encogido en un rincón, intentando hacerse lo más pequeño posible. Tenía siete años. Solo siete.

Su madre lo miró desde arriba. No había compasión en sus ojos. Solo un vacío inmenso, un abismo de resignación y crueldad.

—Es lo que nos toca —dijo, y su voz era plana, mecánica, como si recitara una lección aprendida a la fuerza—. Somos esto. Acostúmbrate.

Le agarró del cabello, un tirón seco que le arrancó un grito de dolor, y lo arrastró por el pasillo hacia la habitación cerrada.

—Solo somos los juguetes de los Alfas —continuó, mientras forcejeaba con la cerradura—. Somos menos que basura. Nacimos para ser lastimados. Así que aprende ahora lo miserable que será tu vida. Aprende.

La puerta se abrió. Y detrás, en la penumbra de la habitación, estaban ellos.

Su padrastro, un hombre enorme de sonrisa lasciva. Y detrás, sus dos hijos, apenas unos años mayores que él, con la misma mirada depredadora.

—Ven, pequeño —dijo el hombre, dando palmadas en su regazo—. Ven, siéntate aquí.

León temblaba. Quería correr, quería gritar, quería desaparecer. Pero su madre lo sostenía del brazo, sus uñas clavándose en su piel.

El padrastro se levantó y comenzó a desabrocharse el cinturón. El sonido del metal fue como un disparo en el silencio.

—Ven —repitió, y su voz era una sentencia de muerte—. Te voy a enseñar cuál es el deber de un Omega. Tú solo naciste para obedecer y complacer. Yo voy a enseñarte todo.

Lo agarró. Lo arrastró hacia la cama. León sintió cómo le bajaban los pantalones, cómo las manos ásperas recorrían su piel, cómo las risas de los hermanastros llenaban la habitación mientras él cerraba los ojos y se desconectaba, flotando fuera de su cuerpo, observando desde algún lugar lejano cómo su infancia era asesinada.

—Mamá... —susurró, una última súplica.

Pero su madre ya había cerrado la puerta.

Fin del flashback.

—¿León? —la voz de Mateo llegó desde muy lejos, como un eco—. León, ¿estás bien?

León parpadeó. La cocina volvió a enfocarse. La mesa, los platos sucios, la luz cálida. Y Mateo, con el ceño fruncido por la preocupación, una mano apoyada en su hombro.

—¿En qué piensas tanto? No me escuchaste cuando te hablé. Llamé tu nombre como tres veces.

León bajó la cabeza, sintiendo el peso de años de dolor comprimido en su pecho.

—Lo siento —murmuró—. Estaba... hundido en mis pensamientos. No te escuché.

Mateo no retiró la mano. Al contrario, se arrodilló frente a él para quedar a su altura y buscó su mirada con una paciencia infinita.

—¿Quieres hablar de ello? —preguntó con suavidad—. No tienes que hacerlo si no quieres. Pero si necesitas decirlo... yo estoy aquí. Te escucho.

León levantó la vista y observó a Mateo. Su rostro amable, sus ojos sinceros, la forma en que lo miraba como si fuera valioso, como si importara. Y sintió, por primera vez en mucho tiempo, el deseo de que alguien entendiera. De que alguien supiera por qué era como era. Por qué odiaba tanto.

Pero el miedo era más fuerte. El miedo a que, si sabía la verdad, también lo miraría con asco. Con lástima. Con ese desprecio que los Alfas reservan para los Omegas rotos.

Así que negó con la cabeza, forzando una sonrisa frágil.

—Solo... solo estaba cansado. Ha sido un día largo.

Mentira. Pero era la única moneda con la que León sabía pagar.

Mateo lo sabía. Podía verlo en sus ojos, en la forma en que evitaban los suyos, en la tensión de su mandíbula. Pero no presionó. Solo asintió, apretó suavemente su hombro y se levantó.

—Está bien. Cuando quieras hablar, si algún día quieres hacerlo, yo estaré aquí. No tengo prisa.

León lo observó mientras recogía los platos, mientras se movía por su cocina con esa naturalidad que parecía tan fuera de lugar en ese espacio miserable. Y pensó, con una claridad que dolía, en todo lo que Mateo no sabía. En todo lo que él había vivido.

En las noches de dolor. En los días de hambre. En las marcas que otros Omegas no veían porque estaban en lugares que la ropa cubría. En el odio que lo había mantenido vivo, que lo había hecho fuerte, que le había dado la fuerza para defenderse y defender a los suyos.

Pelear contra los Alfas no era una elección para él. Era supervivencia. Era la única forma que conocía de evitar que otros Omegas terminaran como él. Rotos. Marcados. Vacíos.

Miró a Mateo, que enjuagaba los platos con una canción silenciosa en los labios, y sintió algo que no sabía nombrar. Algo cálido y aterrador al mismo tiempo.

Y deseó, con todas sus fuerzas, que Mateo nunca tuviera que vivir nada de lo que él había vivido. Que nunca supiera lo que era ser un juguete. Que nunca entendiera por qué el odio era lo único que lo mantenía en pie.

Porque si lo entendía, pensó, quizás también lo miraría con lástima. Y eso, eso sería peor que cualquier golpe.

Mateo terminó de recoger la cocina y cuando se giró, encontró a León dormido en la silla, la cabeza ladeada, la respiración suave. El ceño, por fin, estaba relajado. Parecía en paz.

Se acercó con pasos silenciosos y, con una ternura infinita, lo levantó en brazos. León era más liviano de lo que debería ser, su cuerpo delgado evidencia de días de hambre y descuido. Lo llevó hasta la cama, lo arropó con la manta raída y, por un momento, se permitió acariciar su cabello.

—Algún día —susurró Mateo, su voz tan baja que era casi un pensamiento— me contarás lo que te duele. Y cuando lo hagas, estaré aquí para sostenerte. Te lo prometo.

Se quedó un momento más, observándolo dormir. Y luego, con el corazón pesado por todo lo que no sabía y todo lo que intuía, salió del apartamento, cerrando la puerta con cuidado para no despertarlo.

Afuera, la noche era fría. Y Mateo caminó a casa con la certeza de que el odio de León no había nacido de la nada. Había sido forjado en algún fuego que él no alcanzaba a ver.

Pero estaba decidido a descubrirlo. Y a estar allí, cuando las llamas finalmente se apagaran.

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Samuel Hernández
Porfa reúnelos sip🙏 aquí me tienes triste y con el moco tendido 😭solo los quiero ver felices pero siempre tiene que haber alguien que arruina todo 😤 aquí estaré esperando más capítulos 👋
Bunny 🐇: 😭 Es que nuestro León no Pudo con sus inseguridades
total 1 replies
Samuel Hernández
Que hermoso amor 😍 yo quiero un Alfa así de amoroso como Mateo 😗ya dale su merecido a Cala que entienda lo que no le pertenece no lo debe de tocar😤
Ji Sang
si lo protege hasta el final
Marleni Pacheco aguilar
me puse triste es la realidad de muchas mujeres 😿
espero el siguiente capítulo
Marleni Pacheco aguilar
gracias estuvo muy bueno actualización más rápido si plis
Marleni Pacheco aguilar
el capítulo de hoy autora esta super dónde se quedó quiero ver el tema de celos de nuestro Omega
Marleni Pacheco aguilar
Gracias por el capítulo estuvo muy bueno la verdad me gustó mucho pero porfis actualiza el día de hoy 14 de febrero día del amor y la amistad gracias que son para tus seguidoras
Marleni Pacheco aguilar
cuando sale el próximo autora
♥️Lisseth♥️
Excelente gracias
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