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LEGADO DE SANGRE

LEGADO DE SANGRE

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Traiciones y engaños / Amor-odio / Fantasía épica
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lourdes Elizabeth Espinoza Espinoza

El desierto no guarda secretos… los entierra vivos.
Bajo la arena de Namhara duermen traiciones, guerras, juramentos rotos… y amores que jamás debieron existir. Aquí, el sol quema la piel, pero es el pasado el que destruye el alma.
Ninoska, princesa del desierto, lo aprendió demasiado tarde.
Descubrió que el peor enemigo no siempre sostiene una espada. A veces… te toma de la mano, te sonríe y te promete amor eterno.
Su compromiso con Dissano no fue una unión real. Fue una prisión. Una jaula construida con control, amenazas silenciosas y sombras que nadie veía… excepto ella. Pero incluso del dolor nació algo imposible de odiar: Coraline.
Una niña de ojos vivos y sonrisa brillante… la única luz capaz de mantener a Ninoska de pie. Y también su mayor condena. Porque en los palacios los niños no son inocentes. Son armas, son llaves, son rehenes disfrazados de ternura.
Y Coraline no es una niña cualquiera.
Coraline es la hija de dos coronas. Su sangre une dos mundos: Namhara y Holaguare.

NovelToon tiene autorización de Lourdes Elizabeth Espinoza Espinoza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo #23 – Juegos y Verdades

El amanecer se filtraba apenas por las rendijas de la ventana, tiñendo la habitación con una luz lechosa. Arthur abrió los ojos de golpe, como si un sobresalto invisible lo hubiera arrancado del sueño. Estiró la mano instintivamente hacia el costado de la cama, buscando el calor pequeño y reconfortante de Coraline.

Vacío.

El corazón le dio un vuelo. Se incorporó de golpe, con el pulso acelerado y un nudo apretándole el estómago. La idea de que la niña pudiera haberse alejado de que algo la hubiera puesto en peligro mientras él dormía, lo empujó a levantarse casi sin ponerse bien la camisa. Abró la puerta y bajó las escaleras con pasos apurados, el piso de madera crujía como si cada crujido anunciara un desastre. Pero al llegar al salón, la escena que se encontró lo detuvo en seco. La niña estaba allí. Coraline reía a carcajadas, corriendo en círculos con un trozo de pan en la mano, mientras Rhazim, su abuelo, intentaba atraparla en un juego improvisado que poco tenía de elegante. El hombre, de porte siempre serio y rígido, tropezaba torpemente en sus intentos de atraparla, mientras la pequeña lo esquivaba con una agilidad de cometa.

—¡Atrápame si puedes, abuelo! — gritaba Coraline, riendo tan alto que la casa parecía despertar con su voz.

Del otro lado, Ilyra sostenía una bandeja con el desayuno y fruncía el ceño, intentando sin éxito que su nieta se sentara a la mesa.

—¡Coraline, cielo, la comida no se viene sola! — reprendía con una mezcla de dulzura y exasperación — Siéntate un momento, ¡al menos para probar un bocado!

La niña la miraba divertida, sacudiendo la cabeza.

—¡Primero me atrapa el abuelo!

Arthur, parado en el umbral, observado en silencio. La angustia que lo había golpeado segundos antes se fue transformando en algo distinto… un calor extraño, incómodo y dulce a la vez, al ver a su hija disfrutar de algo tan simple: familia. Una escena que a él le había faltado en tantos años, y que ahora ella parecía abrazar como si siempre la hubiera tenido. Sintió el peso del cansancio caerle encima, el cuerpo pesado, la mente cargada. La conversación de la noche anterior con sus padres aún palpitaba en su memoria como una herida abierta. El orgullo de su padre, la ternura contenida de su madre, la confesión de su culpa… todo aún estaba demasiado fresco. No entró. No quise romper esa escena. Tal vez porque no se sentía parte de ella, no todavía.

Giró sobre sus pasos y volvió a subir las escaleras despacio, como si cada peldaño lo alejara de una verdad que dolía. Entró en la habitación y se dejó caer otra vez en el colchón, con un suspiro largo y áspero. El agotación físico y mental lo venció. Se cubrió los ojos con el brazo y dejó que el silencio lo envolviera de nuevo, aunque sabía que ese silencio no podía apagar la batalla que rugía dentro de él.

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Las altas ventanas del despacho dejaban entrar un sol blanco, crudo, que se derramaba sobre la mesa de mármol. El aire olía a tinta fresca ya sellos de cera derretida. El silencio del despacho real era peso, roto solo por el roce seco de un sello marcando sobre el pergamino. La luz del día se filtraba a través de las cortinas pesadas, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire. Said estaba sentado tras su escritorio, rodeado de papeles y mapas, el rostro inclinado hacia la mesa, los labios tensos, el ceño fruncido. No escuche el chirrido de la puerta al abrirse. No escuche los pasos suaves que atraviesan la alfombra. Ni siquiera percibió el perfume de jazmín que siempre anunciaba a Pamela antes de que hablara. Estaba en otro lugar. En los muros derrumbados por el ataque. En los pasillos manchados de sangre. En la cama fría donde su hermana yacía inmóvil, cubierta de vendas. Pamela se detuvo un momento en el umbral, observando. La pluma entre los dedos de su esposo que se movía con torpeza, dejando manchas de tinta donde debería haber trazos firmes. No era el rey el que tenía frente a ella, sino un hombre deshecho, atrapado en su propio silencio.

— Dijo… — su voz fue un susurro, suave, temeroso de quebrar el aire.

El joven rey alzó la cabeza bruscamente, como si despertara de un sueño. Sus ojos verdes brillaban apagados, cargados de desvelo. Tardó un instante en reaccionar, en reconocer la figura de su esposa de pie frente a él.

— Pamela… no te oí entrar — murmuró, intentando recomponerse, aunque el temblor en sus manos lo delató.

Ella se acercó al espacio, rodeando el escritorio hasta quedar frente a él. Lo observaré con el corazón apretado: tan joven, y ya con el peso del mundo grabado en su semblante frío.

— No vine a interrumpir tu trabajo… — dijo, con una dulzura triste — Solo… necesitaba saber. ¿Cómo está Ninoska? ¿Aún no… despierta?

El silencio que siguió peso más que cualquier palabra. Said apartó la vista hacia los papeles, pero no los veía. Se llevó una mano al rostro, cubriendo los ojos un instante, como si con ese gesto pudiera ocultar la fragilidad que lo carcomía.

— Sigue igual… — admitió al fin, con la voz baja, ronca — Respira, pero no despierta. Es como si… estuviera suspendida entre este mundo y el otro. Y yo… —presionó los puños sobre la mesa, los nudillos blancos—yo no sé cómo traerla de vuelta.

Pamela posó una mano suave sobre los puños de su esposo, obligándolo a mirarla. Sus ojos oscuros, húmedos, reflejaban ternura y fuerza.

— Dijo, no puedes culparte por lo que no está en tus manos. Lo único que puedes hacer es estar allí cuando ella despierte. Porque lo haré. Lo sé en mi corazón. Ninoska es demasiado fuerte para rendirse.

El rey cerró los ojos unos segundos, como si necesitara aferrarse a esa fe que él mismo había perdido.

— Ojalá tengas razón, Pamela… — susurró — porque si no la recupero, no sé qué quedará de mí. Ni de… Coraline…

Ella inclinó la frente hasta rozar la de él, en un gesto íntimo y silencioso.

—No estás solo, dijo. Ni como rey, ni como hermano.

Y por primera vez en esa mañana interminable, Said permitió que su respiración se acompañara con la de ella, aunque el peso sobre sus hombros seguía siendo el mismo. El contacto de sus frentes era apenas un suspiro de alivio en medio del tormento. Pamela lo miraba con ternura, tratando de insuflarle la fuerza que ella misma temía perder. Said, por un instante, permitió que su pecho se desahogara en el calor de su esposa. Pero el instante murió con el golpe seco de la puerta abriéndose.

Pamela se apartó de inmediato, llevándose las manos al vientre como si con ese simple acto pudiera proteger a su hijo. Said parpadeó, sorprendió, y un leve sonrojo le encendió las mejillas antes de recomponerse con la rapidez de un soldado en guardia.

Era Jhon. Entró con paso firme, cerrando la puerta tras de sí con un gesto medido, asegurándose de que nadie pudiera escuchar desde los pasillos. No hizo comentario alguno sobre la escena que acababa de interrumpir. Su puerta rígida, el ceño fruncido y el brillo acerado en sus ojos eran suficientes para dejar en claro que lo suyo no era una visita trivial.

— Debemos hablar ahora… — dijo, con voz grave, casi un susurro cargado de urgencia.

Said se irguió en su silla, recuperando la compostura del rey.

—¿Qué sucede, hermano?

Jhon avanzó hasta el escritorio, apoyando ambas manos sobre la madera. Bajó la voz, asegurándose de que solo ellos pudieran oírlo.

— Nuestros hombres han logrado seguir al infiltrado del castillo… — hizo una breve pausa, clavando la mirada en Said — y nos ha llevado directo a Dissano.

El aire se tensó de golpe. Pamela, aún temblorosa, abrió los ojos con un sobresalto, aunque permaneció en silencio. Said entrecerró los suyos, sus dedos apretando los bordes del escritorio.

— ¿Dónde está? — Preguntó, con la calma forzada que precedió a la tormenta.

Jhon respiró hondo, como quien mide cada palabra.

— Oculto en las afueras, en las ruinas de Karhím. Está herido. Vulnerable. Nuestros hombres vieron la sangre en su huida. No tendrá mucho tiempo antes de reponerse.

Pamela se llevó una mano a la boca, conteniendo el impulso de hablar, pero Said ya había dado un paso al frente, su sombra erguida como la de un rey al que acababan de entregar la oportunidad que había esperado durante años.

— Entonces este es el momento — murmuró, más para sí mismo que para los demás.

Jhon aportó con gravedad.

—Sí. Si vamos ahora, podemos atraparlo. Acabar con todo antes de que vuelva a fortalecerse. Si dejamos que se oculte otra vez… no tendremos una segunda oportunidad.

El silencio que siguió era de acero. Said apretó los labios, mirando a su hermano mayor con determinación. Pamela lo observaba con el corazón encogido, comprendiendo que en esa sala no solo se había roto un instante íntimo, sino que se acababa de sellar el inicio de la próxima batalla.

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El sol del mediodía se filtraba con fuerza a través de las celosías, dibujando retazos dorados sobre el suelo de madera. Arthur se desperezó lentamente, sintiendo aún el peso en sus músculos, un agotamiento que no era solo físico, sino también del alma. Sonrió, apenas, cuando se dio cuenta de que nadie lo había despertado al amanecer. Su madre siempre lo llamaba holgazán si permanecía en la cama más de lo debido, pero esta vez había guardado silencio. Y él, agradecido, el bendijo en silencio. Se arrastró hasta el baño, dejando que el agua tibia lo cubriera por completo, borrando la pesadez de los días anteriores. Cerró los ojos, permitiendo que las gotas golpearan su rostro como una pequeña tregua en medio de la tormenta. Al salir, encontró sobre la cama su ropa limpia, doblada con cuidado. La tocó con las manos húmedas, reconociendo el esmero de su madre en cada pliegue.

— Gracias, dioses… — murmuró, con una sonrisa cansada — gracias, madre…

Se vistió despacio, y al abrocharse el cinturón, un suspiro profundo se le escapó. Por primera vez en semanas, sentí que el peso de la guerra no estaba sobre sus hombros. Solo por un instante, era un hijo en casa. Cuando bajó al salón, el sonido lo recibió antes que la vista: risas, pasos ligeros, el tintinear de platos sobre la mesa. Y entonces la vio. Coraline corría alrededor de las sillas, con el cabello suelto y revuelto, mientras Ilyra intentaba inútilmente atraparla con un paño en la mano.

—¡Coraline, siéntate de una vez! — reía la mujer, aunque la firmeza en su voz trataba de mantener el orden.

La niña giraba y reía, con esa carcajada cristalina que llenaba la sala de vida. Arthur se detuvo en el umbral, observando la escena como si se tratara de un sueño. Su hija, en la casa de sus abuelos, comportándose como cualquier niña, ajena al dolor, al odio, al veneno del desierto. Sintió un nudo en la garganta.

“¿Es esto lo que siempre debió tener? ¿Un hogar así… y no un padre que llegó tarde?”

No quise interrumpir de inmediato. Se quedó allí, apoyado en el marco de la puerta, dejando que la luz dorada del mediodía bañara aquella estampa sencilla. Un trozo de vida normal que parecía demasiado frágil para durar.

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El silencio tras la revelación de Jhon pesaba como plomo en la sala. El mapa extendido sobre la mesa parecía arder bajo las antorchas, y el nombre maldito resonaba entre las paredes: Dissano. Said apretó los puños, la mandíbula rígida, los ojos verdes encendidos como brasas.

— Está herido. Vulnerable. No habrá otro momento como este. — La voz del rey era grave, pero más que estrategia, estaba hecha de furia contenida.

Jhon, con la espalda recta y el rostro endurecido, golpeó con el puño cerrado sobre el escritorio.

—Entonces vayamos ya. No esperemos al amanecer, ni al consejo, ni a los malditos protocolos. Si lo dejamos escapar otra vez, nunca volveremos a tenerlo tan cerca.

Pamela, que había permanecido en silencio, dio un paso adelante, alzando la voz con una firmeza poco habitual en ella.

—¡Esperan! — Exclamó, interponiéndose entre ambos — ¿Acaso han perdido la razón? Dissano es un criminal, no un enemigo común. Si los ha llevado hasta Karhím, es porque quiere que vayan allí.

Los dos hombres la miraron, pero ninguno pasó. Dijo el empresario con la cabeza, respirando agitadamente.

—No, Pamela. Esta vez no. No puedo quedarme aquí, quieto, mientras él se esconde y recupera fuerzas. No después de lo que le hizo a Ninoska… — Su voz se quebró un instante, pero enseguida se endureció — Si espero un día más, puede que mi hermana no se despierte.

Jhon avanzando con vehemencia, como si esa misma herida lo guiara. Es ahora o nunca. Ya fallamos una vez, no fallaremos otra. Pamela avanzó otro paso, su mano temblando sobre el escritorio, como si quisiera obligarlos a detenerse con su sola presencia.

— ¿Y qué pasará si caen en su trampa? — Su voz vibraba entre furia y súplica contenida — ¿Qué pasará si ustedes también no regresan? Ninoska aún lucha por su vida, Coraline necesita a su familia, y ustedes quieren lanzarse al vacío como dos muchachos cegados por la ira…

El silencio que siguió estuvo cargado de tensión. Said apretó los labios, impidiendo la mirada de su esposa. Jhon, en cambio, no dudó en responder, con una dureza que escondía su miedo más profundo.

— Prefiero caer en el vacío a quedarme inmóvil viendo cómo ese monstruo destruye lo que amamos.

Said finalmente levantó la cabeza, mirando a Pamela con los ojos empañados por la determinación.

— Perdóname… — dijo con voz grave — pero no puedo escuchar tu razón ahora. Dissano debe caer, y será por mis propias manos…

Pamela se quedó inmóvil, sintiendo que su voz se estrellaba contra un muro de orgullo y dolor. Vio a los dos hermanos salir con paso firme, arrastrados más por sus heridas que por la estrategia. Su corazón latía desbocado, con la certeza amarga de que los estaba perdiendo, aunque aún respiraran.

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El comedor de la casa Miller estaba impregnado por el aroma del pan recién horneado y el té de hierbas. Coraline, sentada sobre una de las sillas altas, movía las piernas en el aire mientras mordisqueaba un trozo de fruta. Sus ojos brillaban con una inocencia que, sin saberlo, acabaría de metro a su padre en un nuevo aprieto. Arthur entró todavía adormilado, con la camisa medio abotonada y gesto cansado. Apenas iba a servirse un poco de té cuando la voz de su madre lo atravesó como una lanza.

-¡Arturo! — Ni siquiera levantó la vista del mantel que estaba acomodando, pero el tono no dejaba lugar a réplica.

Él se tensó.

—¿Sí, mamá…?

Ilyra alzó la mirada, implacable, y lo señaló con el paño que sostenía en la mano.

— Hoy mismo llevarás a tu hija a la escuela.

Arthur parpadeado, confundido.

—¿La escuela…?

Coraline, con la boca manchada de jugo, alzó la cabeza de golpe, entusiasmada.

—¡Sí, papá! ¡Como en Namhara! Yo quiero volver a la escuela, quiero jugar con los niños y aprender cosas nuevas.

Arthur trató de responder, pero Ilyra no le dio oportunidad.

— Tu hija me lo dijo y tiene toda la razón. No permitiré que mi nieta crezca como una salvaje sin educación formal. Así que la inscribe hoy mismo. — Se cruzó de brazos, con aquella postura que incluso Rhazim evitaba desafiar.

Arthur se pasó una mano por la nuca, buscando una salida.

— Mamá… no sé si es seguro…

—¿Seguro? — Ilyra tocando la mesa con la palma, haciendo vibrar los cubiertos — Lo que no es seguro es criarla en ignorancia. ¿O piensas que por las guerras y los secretos de tu vida la niña tiene que sacrificar su futuro? ¡No! Coraline estudiará, aprenderá y será una dama digna, no una sombra que corre detrás de los errores de su padre.

Rhazim, que leyó el periódico en silencio, bajó un poco las hojas y miró a su hijo de reojo. El gesto de compasión apenas dificulta un segundo, antes de que bajara la vista otra vez. Él sabía tan bien como Arthur que discutir con Ilyra era firmar una sentencia de muerte. Arthur respiró hondo, derrotado.

— De acuerdo, mamá… la llevaré.

— Bien… — Ilyra asintió, satisfecha, y se inclinó hacia él, como si aún tuviera más artillería que descargar — Y ya que sales, también pasarás por el palacio. La reina Isabelle quiere hablar contigo…

Arthur abrió la boca, sorprendido.

—¿La reina…?

— Sí, la reina… — El tono de Ilyra sonó como un látigo — Ya me cansé de tus silencios. Isabelle me envió un mensaje: espera que le cuentes TODO lo que pasó en Namhara. Y no quiero excusas, Arthur. Hoy mismo irás y enfrentarás lo que tengas que enfrentar…

Coraline aplaudió feliz, ignorando la tensión entre los adultos.

—¡Escuela y luego la reina! ¡Será un gran día, papá!

Arthur la miró, derrotado, y luego a su madre, que lo observaba como un general que acababa de dar órdenes irrevocables. Supo, con amarga resignación, que no tenía más remedio. Rhazim carraspeó suavemente detrás de su periódico.

— Hijo... te sugiero que te apresures. Mientras más rápido cumplas, más rápido sobrevivirás…

Arthur lo fulminó con la mirada, pero su padre se escondió tras las páginas, como si nada hubiera dicho. Ilyra, en cambio, apenas se siente. Una sonrisa peligrosa.

—Anda, Arturo. Ponte los pantalones... al menos esta vez.

Arthur soltó un suspiro resignado, y al ver a Coraline sonriendo, supo que no tenía escapatoria.

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El despacho había quedado en silencio, pero no era un silencio pacífico. Era un silencio pesado, cargado de ecos invisibles de la discusión que acababa de estallar entre los hermanos Yazhira. Pamela permanecía de pie, aún junto al escritorio, con las manos apoyadas sobre la madera como si buscara fuerza en ella. La puerta se había cerrado tras Jhon y Said con un estruendo que parecía sellar no solo la sala, sino también sus decisiones imprudentes. Pamela cerró los ojos, respirando hondo. El corazón le latía con fuerza, pero no por miedo… sino por la rabia contenida.

— Insensatos… — murmuró, apenas un hilo de voz, pero cargado de reproche.

Se dejó caer lentamente en la silla de su esposo, aquella que siempre imponía respeto. Desde allí, el mapa extendido sobre la mesa parecía un campo de batalla en miniatura: montañas, dunas y la ciudad, dibujadas en tinta. Sus dedos rozaron las marcas de carbón que Jhon había señalado con firmeza minutos antes, como si al tocarlas pudiera borrar esa decisión precipitada.

— Van directos a la trampa… — susurró, con la voz quebrada — ¿Por qué justo ahora dejan que la ira decida por ustedes?

El recuerdo de la mirada de Said aún ardía en su mente: esos ojos verdes encendidos de furia, incapaces de escuchar nada más que el eco de su propio dolor. Y Jhon, con su ceño duro, reforzando la decisión con la misma obstinación que lo había definido toda su vida. Pamela apretó los puños.

— ¿Y yo? ¿Para qué hablar? ¿Para qué ruego calma, estrategia, prudencia… si ni siquiera escuchan?

Se levantó de golpe, la silla chirrió detrás de ella. Caminó hasta la ventana y apartó las cortinas con un gesto brusco. El sol del mediodía bañaba la ciudad, indiferente al caos de los corazones que se agitaban en el palacio. Apoyó la frente contra el cristal, buscando alivio en el frío.

— Dijo… — su voz se volvió un murmullo tembloroso — no eres solo mi esposo, eres el rey… No puedes permitirte el lujo de actuar como un hermano herido, ni como un niño que quiere vengarse. El reino depende de ti… y yo… yo depende de ti… tu hijo dentro de mí, depende de ti…

Llevó una mano a su vientre, acariciando la curva leve de la vida que crecía en su interior. El gesto la hizo estremecerse.

— Si sigues este camino… ¿qué le quedará a nuestro hijo? ¿Una coralina? ¿A todos los que creen en ti?

Las lágrimas se asomaron, pero las contuvo. Pamela no era una mujer débil. Había aprendido a sonreír entre guerras, a sostener a Said cuando el peso de la corona lo doblaba. Pero allí, sola en el despacho, dejó que su frustración se desbordara en un suspiro roto.

— Dioses… concédeles juicio antes de que sea demasiado tarde.

Cerró las cortinas con fuerza, como si así pudiera cerrar también el rumbo que los hermanos habían tomado. Pero en el fondo de su pecho, un temor se clavaba con más fuerza que nunca: el presentimiento de que aquella decisión impulsiva los arrastraría a todos a un abismo del que no habría retorno.

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El sol de mediodía caía sobre Holaguare con un calor seco y vibrante. Las calles estaban llenas de voces, pregoneros ofreciendo frutas frescas, comerciantes regateando con clientes y el repiqueteo constante de los cascos de caballos sobre el empedrado. Arthur avanzaba con paso firme, aunque su mente seguía cansada; a su lado, Coraline saltaba de piedra en piedra como si la ciudad entera fuera un juego nuevo.

— Papá, ¿y cómo será mi maestra? — Preguntó con los ojos verdes brillando de curiosidad.

— Eso lo sabrás mañana, pequeña… — respondió Arthur con una sonrisa leve, forzada por dentro, pero auténtica por fuera. No quería que ella notara lo mucho que le pesaba cada decisión.

El aire olía a pan recién horneado, y Coraline se detuvo un instante frente a un puesto callejero, atraída por el aroma. Arthur la tomó de la mano y la guía con suavidad.

— Primero lo importante — dijo, con el tono paciente que aún aprendería a usar como padre — Después veremos si conseguimos algo dulce.

Al doblar la esquina, la academia apareció ante ellos: un edificio sobrio, de muros claros y amplias ventanas. La puerta principal estaba abierta, dejando salir risas y murmullos de niños que ya habían terminado sus clases de la mañana. Coraline se quedó quieta, mirando con una mezcla de nervios y emoción.

—Aquí… aquí voy a estudiar? — Preguntó, apretándole la mano a Arthur.

Él.

— Aquí, será…

Entraron juntos. El interior era fresco, con pasillos adornados por pizarras y estantes repletas de libros. El olor a tiza y madera encerada impregnaba el aire. Arthur preguntó por el encargado, y un hombre de mediana edad, con barba entrecana y túnica azul, se acercó a recibirlos.

— Buenos días, señor… ¿Puedo ayudarle? — Preguntó el maestro con voz cordial, sin prestar mucha atención al hombre frente a él.

— Sí — respondió Arthur, poniéndose un poco más recto, como si hablara ante un superior — Vengo a inscribir a mi hija. Su nombre es Coraline.

El maestro bajó la mirada hacia la niña, que de inmediato se escondió un poco tras la pierna de su padre. Arthur la empujó suavemente hacia adelante. El hombre se disponía a hacerle la pregunta de rutina, pero alzar la vista de nuevo hacia Arthur, sus ojos se entrecerraron con sorpresa. Se inclinó un poco, observándolo con detenimiento, como si quisiera asegurarse de que no se trataba de un espejismo.

— Un momento… — murmuró, su voz cargada de reconocimiento — Ese porte… esos ojos…

Arthur frunció el ceño, incómodo. El maestro dejó escapar una risa breve, incrédula.

—¡Dioses… Arthur Miller! El único hijo de la familia Miller… ¡el mismo al que le enseñó las primeras letras en este lugar hace tantos años!

Arthur se tensó, la incomodidad dibujándose en su mandíbula rígida.

— Han pasado muchos años, maestro. No esperaba que me recordara.

— ¿Cómo no habría de recordarte? — replicó el hombre, con cierta solemnidad — Siempre fuiste inquieto, testarudo… pero brillante… — Su mirada bajó de nuevo hacia Coraline, que lo observaba con ojos grandes y curiosos — Y ahora… me dices que es tu hija.

La palabra quedó suspendida en el aire, cargada de asombro. Arthur sostuvo la mirada del maestro, sin apartarse.

— Sí. Coraline es mi hija.

El maestro avanzaba lentamente, con una mezcla de sorpresa y respeto, como si de pronto aquella inscripción tuviera un peso mucho mayor del que había imaginado.

— Entonces — dijo al fin, suavizando el tono — mañana le daremos la bienvenida.

Arthur inclinó apenas la cabeza, un gesto sobrio, casi militar.

—Le agradezco, maestro. — Puso una mano en el hombro de Coraline y la guía hacia la puerta. La niña, con pasos saltarines, todavía miraba con curiosidad las bancas y los pizarrones.

El maestro los siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró detrás de ellos. El eco de sus pasos en el pasillo se apagó poco a poco, dejando la sala otra vez en silencio. Fue entonces cuando el hombre dejó escapar un suspiro lento, incrédulo.

— Arthur Miller… con una hija… — repitió en voz baja, como si aún no pudiera convencerse.

Se dejó caer en la silla tras el escritorio, pasando una mano por el frente. Recordaba perfectamente a aquel muchacho rebelde y brillante, que en su juventud parecía más interesado en las espadas y los mapas que en cualquier asunto del corazón. Nunca una confianza, nunca un gesto que dejara entrever que hubiera una mujer en su vida. Y ahora… ¿una niña en edad escolar? De ojos tan vivos...

El maestro tamborileó los dedos sobre la mesa, sintiendo que el aire en la sala se había vuelto más pesado.

— Nadie… nadie supo jamás que tuvieras una familia, Arthur… — murmuró para sí mismo — Ni siquiera una promesa de amor… ¿y ahora apareces con esa niña?

Una inquietud lo atravesó, más allá de la sorpresa personal. En una familia como la de los Miller, nada —ni siquiera un secreto tan íntimo— era un asunto menor. El hombre se levantó y caminó hasta la ventana, observando a lo lejos cómo Arthur y la niña se alejaban por la calle empedrada. Coraline saltaba de piedra en piedra, mientras su padre mantenía la vista fija al frente, con ese porte grave que siempre lo había distinguido. El maestro presionó los labios.

— Esto… traerá muchos murmullos… — sentenció en voz baja, sin apartar la mirada.

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El camino los conducía hasta un parque rodeado de árboles altos, cuyos troncos parecían custodiar el espacio como viejos centinelas. El murmullo del viento hacía danzar las hojas, y el aire fresco olía a tierra húmeda y flores silvestres. Entre columpios de madera, una rueda oxidada y un pequeño tobogán pintado de desgastados colores, la risa de los niños resonaba como un coro ligero. De pronto, Coraline se detuvo en seco, tirando suavemente de la mano de Arthur.

—¡Papá, mira! — Exclamó con ojos brillantes, señalando hacia los columpios — ¿Podemos quedarnos un ratito? ¡Por favor!

Arthur se tensó. El debía le latía en la mente: debía ir con la reina Isabelle, tenía que reportarse, explicar lo ocurrido en Namhara. Su madre había sido clara y él sabía que los asuntos de Estado no admitirían demoras. Se inclinó un poco hacia su hija, con el ceño apretado.

— Coraline… no podemos. Debemos ir a ver a la reina, es importante.

La niña arrugó la nariz, como hacía cuando estaba a punto de llorar, pero no lo hizo. En cambio, alzó la vista con una determinación que encontró a Arthur.

—¡Solo un ratito! — insistió, con esa voz dulce pero firme — Tú siempre estás ocupado, papá… yo solo quiero jugar contigo un rato.

Arthur cerró los ojos por un instante, exhalando un suspiro cargado. Sabía que debía mantenerse firme, pero cuando volvió a mirarla, esa expresión esperanzada lo desarmó por completo. Había algo en esa súplica que no era capricho, sino necesidad: la necesidad de una niña que, pese a todo el caos que los rodeaba, solo quería un instante de normalidad. Al final, Arthur dejó escapar una pequeña sonrisa cansada.

— De acuerdo, un rato. Pero solo un rato, ¿entendido?

Coraline aplaudió emocionada y lo arrastró hacia los juegos con la fuerza de su entusiasmo. Arthur resignado, pero también sorprendido por la ligereza que empezaba a sentir en el pecho, se dejó llevar. Mientras la niña corría hacia el columpio más cercano, el guerrero la observaba en silencio, notando cómo su risa llenaba de vida aquel espacio. Por un momento, los deberes, las batallas y la reina quedaron a un lado. Solo existía ella… y él. Arthur empujaba suavemente el columpio, mientras Coraline reía con esa carcajada cristalina que le llenaba el pecho de un calor desconocido. Él incluso se permitió sonreír, aunque no dejaba de mirar de reojo el cielo, recordando que debía estar en otro lugar, cumpliendo otro deber.

—¡Más alto, papá, más alto! — Gritaba la niña, aferrada con fuerza a las cadenas.

Arthur abrió la boca para responder, pero no alcanzó. Una voz femenina, cálida ya la vez cargada de reproche, lo sorprenderá desde la entrada del parque.

—¡Arthur Miller!

Él se quedó helado. Reconocía esa voz. Giró apenas y ahí estaban: Stephy, de cabello largo y castaño claro recogido con una coleta alta, ya su lado Melody, de piel aceitunada con su perfecto cabello en tonos rojizos que le llegaban hasta la cadera, con la misma sonrisa franca de siempre, aunque ahora acompañada de un brillo inquisitivo en los ojos. Las dos mujeres avanzaban hacia él sin dudarlo, como si el tiempo no hubiera pasado. Y antes de que pudiera pensar en huir o inventar una excusa, Stephy ya lo había alcanzado.—¡Por todos los dioses! — Exclamó, alzando las manos — ¡Arthur! ¡Te nos fuiste como un fantasma! Ni una carta, ni una despedida… ¿sabes las semanas que pasé preguntándome si estabas vivo? Ni siquiera Erick tenía noticias tuyas….

Melody ascendiendo, con los brazos cruzados.

— Nos deja sin noticias, y ahora aparece tan campante en un parque como si nada hubiera pasado…

Arthur abrió la boca, pero el nudo en la garganta no le dejó articular palabra. En ese momento, sintió un tirón en su ropa. Coraline, desconfiada, se había bajado del columpio y ahora se escondía detrás de él, sujetándose con fuerza su cinturón como si buscara protección. Stephy iba a soltar otro reclamo, pero al notar ese pequeño movimiento, su atención se desvió. Sus ojos se abrieron un poco más.

—¿Y… quién es ella?

Arthur tragó saliva. Coraline, con el rostro medio oculto tras la pierna de su padre, asomaba apenas los ojos verdes, curiosos pero temerosos. El silencio que se creó fue tan tenso que hasta Melody inclinó la cabeza, sorprendida.

— Arthur… — dijo Stephy, con una voz distinta ahora, entre dulce e incrédula — ¿esa niña… que está contigo…?

Arthur bajó la mirada a su hija, que se aferraba con más fuerza. Y por primera vez desde que había llegado al parque, supo que el instante ligero de juego había terminado. Miles de soluciones y excusas comenzaron a recorrer su mente, pero ninguna era lo suficientemente buena.

Tanto Stephy como Melody habían conocido a Ninoska, en la boda de Erick y Stephy… era cuestión de ver a la niña y el parecido era innegable, era cuestión de que conectaran un par de puntos y todo saldría a la luz…

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Silvia Morales
si fue tan poco hombre que explicación quiere ahora
Ninoska Ponce Espinoza
Esta Novela es increíble! 🤩🥰🤩🥰
Esta incluso mejor que la anterior!!!
Me tienes atrapada y con ganas de leer más y saber lo que va a pasar ahora 🤩 con mi tocaya Ninoska 🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩
LoU: Mil gracias!! eres muy amable y especial..!! 💕🥰
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Rolin Ponce
Está muy interesante
Ya quiero leer más capitulos
Cuando subes más capitulos?
LoU: 😁Muchas gracias!!!
Espero que sigas disfrutando de esta novela!!!

se actualiza todos los días en horas de la mañana (hora de Centroamérica)💕
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Yraida Elizabeth Torres Seminario
muy buena 👌
LoU: 🥰💕 Muchas Gracias!!!
De verdad espero que puedas seguirla leyendo y disfrutando..!!

Te aseguro que se pondrá muchísimo mejor! 🥰💕🥰

También se actualiza todos los días... Un capítulo por día! 🥰💕😁☺️
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Ninoska Ponce Espinoza
Bien... me gusta vamos a ver como continúa! 🤩
LoU: 🥰 Gracias!!
Espero la disfrutes mucho! 🥰
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Ninoska Ponce Espinoza
Me gusta como inicia.... la seguiré leyendo... me parece interesante... muy interesante.... 🥰🥰
LoU: Muchas gracias! Espero te guste mi nuevo proyecto..!!
Esta es una Novela mucho más sustanciosa y larga ... con una trama mucho más complicada con amor, familia, política y traiciones🥰🥰🥰

Que la puedas disfrutar!!👏☺️👏☺️
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Ninoska Ponce Espinoza
Es una Nueva Novela... espero sea tan buena como la anterior! /Grin//Grin//Grin//Grin/
Espero mucho!
Ninoska Ponce Espinoza: 🤩🥰 🥰🤩 🥰🤩
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