¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?
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capitulo 20
Dante no respondió. Me guio hacia el interior del salón con una seguridad que dejó a Elena en segundo plano. Al entrar, las cabezas se giraron. La élite de la ciudad, los mismos que esperaban ver a la "Elena" escandalosa de siempre, se encontraron con una presencia distinta.
—Mantente cerca de mí —me susurró Dante al oído, su aliento cálido rozando mi lóbulo—. Tu trabajo hoy es demostrar que la cultura y la inteligencia no se compran con un contrato de matrimonio.
La noche avanzó como una danza diplomática. Dante me presentaba a coleccionistas de arte, embajadores y empresarios. Elena intentaba intervenir con comentarios banales sobre compras y viajes, pero Dante la silenciaba con una sola mirada gélida. Yo, por mi parte, hablaba de la composición de los cuadros que decoraban el salón, de la historia de la fundación y de los proyectos futuros de Volkov Industries.
Vi cómo la expresión de los invitados cambiaba. La sospecha se convertía en admiración. Dante no decía mucho, pero cada vez que yo terminaba una explicación técnica o emocional sobre una pieza de arte, él asentía ligeramente, y sentía su mano posándose en la pequeña de mi espalda, un gesto de apoyo que me daba la fuerza necesaria para seguir adelante.
En un momento de la noche, Elena, frustrada por la falta de atención, se dirigió hacia la barra libre. Dante aprovechó para llevarme hacia una de las terrazas que daban al río.
El aire fresco de la noche nos envolvió. El ruido de la fiesta se volvió un eco lejano.
—Lo estás haciendo bien —dijo él, apoyándose en la barandilla de piedra. La luz de la luna resaltaba las líneas duras de su rostro—. Los accionistas están confundidos, pero intrigados. Están empezando a creer que "su esposa" ha tenido un despertar espiritual o intelectual.
—Es una mentira más, Dante. No puedo ser ella para siempre, ni siquiera en las galas.
—No te pedí que fueras ella —se giró hacia mí, acortando la distancia—. Te pedí que fueras tú. La gente aquí es superficial, Zoe. Solo necesitan una narrativa que aceptar para no retirar sus inversiones. Si ellos creen que la mujer inteligente que han conocido hoy es la que duerme en mi cama, no les importará qué nombre firme los cheques.
—Pero no soy yo la que duerme en tu cama. Es Elena.
Dante me tomó del mentón, obligándome a mirarlo. Sus ojos grises estaban encendidos por una intensidad que me hizo temblar.
—Elena duerme en una habitación llena de seda y vacío. Tú duermes en el ala este, pero estás aquí, conmigo, en cada pensamiento que tengo desde que sale el sol hasta que se pone. ¿Crees que después de lo de anoche puedo mirar a otra mujer y no compararla contigo?
—Me odias, Dante. Me lo dijiste.
—Te odio por lo que me haces sentir —susurró, inclinándose hasta que sus labios rozaron los míos—. Te odio porque me has quitado el control de mi propia vida. Pero prefiero esta guerra contigo que la paz con cualquier otra persona.
Me besó con una mezcla de desesperación y triunfo. Fue un beso oculto a los ojos del mundo, pero que marcaba el inicio real de nuestro acuerdo prohibido. En ese momento, en esa terraza, yo no era la sustituta. Era la reina de un juego peligroso que acababa de empezar a ganar.
Pero la paz duró poco. El sonido de un cristal rompiéndose dentro del salón nos separó bruscamente.
Entramos de nuevo para encontrar a Elena en medio de un círculo de invitados. Estaba visiblemente ebria, con una copa de champán rota a sus pies y gritando a un camarero.
—¡¿Sabes quién soy yo?! ¡Soy Elena Volkov! ¡Y no voy a permitir que un sirviente me diga cuántas copas puedo tomar!
Dante se tensó a mi lado. La máscara de hielo volvió a su lugar, pero esta vez con una veta de furia asesina. Caminó hacia ella, pero antes de que pudiera intervenir, Julian Miller apareció de la nada, tomando a Elena por el brazo con una firmeza que no admitía réplicas.
—Señora Volkov, creo que ha tenido una noche larga —dijo Julian, forzando una sonrisa ante los invitados—. El coche está esperando.
Elena se soltó bruscamente, señalándome con un dedo acusador.
—¡Tú! ¡Todo es culpa tuya! ¡Tú me robaste mi vida y ahora estás ahí, pavoneándote con mi vestido y mi hombre! ¡Díselo, Dante! ¡Diles a todos quién es ella realmente!
El silencio en el salón era sepulcral. Los teléfonos móviles empezaron a grabarlo todo. Mi corazón se detuvo. Era el final. El secreto iba a estallar frente a toda la élite de la ciudad.
Dante dio un paso adelante, colocándose frente a mí para protegerme de las miradas curiosas. Miró a Elena con un desprecio que habría matado a cualquiera.
—Elena —dijo Dante, su voz proyectándose con una calma aterradora—, tu comportamiento es inaceptable. Has estado bajo mucho estrés médico, pero esto sobrepasa cualquier límite. Zoe, mi consultora, te acompañará al coche junto con Julian. Mañana hablaremos de tu tratamiento.
El movimiento de Dante fue maestro. Usó la verdad para disfrazar la mentira. Al llamarme por mi nombre y atribuirme un cargo profesional, desarmó la acusación de Elena antes de que pudiera tomar forma. Para los ojos de los presentes, Elena era una esposa mentalmente inestable y celosa de una empleada brillante.
Julian arrastró a Elena hacia la salida mientras ella seguía gritando incoherencias. Dante se giró hacia los invitados, levantando su copa con una elegancia imperturbable.
—Lamento el incidente. Como algunos saben, mi esposa ha pasado por un periodo difícil de salud. Agradezco su discreción y su comprensión. Que continúe la noche.
La música volvió a sonar, pero las miradas seguían puestas en nosotros. Dante me tomó de la mano y me guio hacia la salida, pero no hacia la limusina donde estaba Elena. Nos dirigimos a un coche privado que esperaba en la calle lateral.
El trayecto de regreso fue distinto. El silencio ya no era tenso, sino cargado de una adrenalina compartida. Habíamos sobrevivido a la primera emboscada de Elena, pero la guerra civil en la mansión Volkov acababa de escalar a un nivel público.
Al llegar a la mansión, Dante no me permitió irme al ala de servicio. Me llevó hasta su despacho y cerró la puerta. Se quitó la chaqueta del esmoquin y se desabrochó los primeros botones de la camisa, viéndose agotado pero extrañamente vivo.
—Ha sido un desastre —dije, dejándome caer en una de las sillas de cuero.
—Ha sido una victoria —respondió él, sirviéndose un agua mineral—. Has demostrado que puedes manejar la presión. Y lo más importante... has hecho que Elena pierda los papeles frente a testigos. Ahora tengo motivos legales para restringir sus movimientos.
—¿A qué precio, Dante? Ella va a intentar destruirme con más fuerza mañana.
Dante se acercó y se arrodilló frente a mi silla, tomando mis manos entre las suyas. Sus dedos estaban cálidos, firmes.
—No permitiré que te toque, Zoe. A partir de mañana, tendrás seguridad privada propia. Y el ala de servicio se acabó. Te mudarás a la habitación de invitados contigua a la mía. Elena puede tener el nombre, pero tú vas a tener el territorio.
Me estremecí ante la implicación de sus palabras. Estábamos entrando en el Bloque 2 de mi planificación, y aunque la "Grieta en el Hielo" se estaba ensanchando, el peligro que nos rodeaba era cada vez más real. Elena no se quedaría de brazos cruzados, y yo... yo estaba empezando a amar al hombre que me pedía que viviera en las sombras