Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.
¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?
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capitulo 4
El aire en Aethelgard tiene un sabor a ozono y a menta artificial que se me queda pegado en la parte posterior de la garganta. Después de la sacudida de anoche, mi habitación no se siente como un refugio, sino como una caja de zapatos de lujo donde alguien ha decidido encerrarme para ver cuánto tardo en asfixiarme. No he pegado ojo. Cada vez que mis párpados cedían, escuchaba el chirrido de los neumáticos sobre el asfalto mojado y ese golpe seco, ese "crack" que rompió la columna de Julián y mis esperanzas de ser una persona normal el resto de mi vida.
Me levanto de la cama y el suelo de mármol está tan frío que me muerde los pies. Me acerco al ventanal. La tormenta parece haber dado una tregua, dejando paso a una bruma espesa que devora el océano. No hay horizonte, solo un muro gris que nos rodea. El gemelo de plata que encontré, el de Julián, pesa en mi bolsillo como si fuera de uranio. Siento que me quema el muslo a través de la tela del pantalón de seda que nos dejaron sobre la cama.
Salgo al pasillo, moviéndome con la cautela de quien espera recibir un golpe en cualquier momento. El silencio de este lugar es una presencia física; es tan denso que puedo oír el roce de mi propia piel contra la ropa. Las paredes de hormigón pulido parecen haber cambiado de ángulo, o quizás es solo mi mente tratando de procesar el hecho de que anoche la casa se movió bajo nuestros pies como un rompecabezas de pesadilla.
Llego al área común, ese salón circular que ayer nos pareció el colmo de la sofisticación y que hoy tiene el aspecto de una sala de interrogatorios. Allí está Marcos. Está de pie frente a una de las pantallas integradas en la pared, con una taza de café humeante en la mano. Se ve impecable, como si no estuviéramos atrapados en una isla dirigida por un psicópata tecnológico. Su capacidad para fingir normalidad siempre ha sido su mayor talento, y también lo que más miedo me da de él.
—Buenos días, Elena —me dice sin mirarme. Su voz suena plana, despojada de cualquier emoción—. He intentado usar la cafetera de la cocina. Funciona, pero el sistema solo permite servir café solo. Sin azúcar. Sin leche. Como si el anfitrión estuviera dándonos una lección sobre la amargura.
—¿Has visto a los demás? —pregunto, ignorando su intento de humor negro. Mi voz suena áspera, como si hubiera estado tragando arena.
—Víctor está en el gimnasio, tratando de romper el saco de boxeo o de derribar la puerta a puñetazos. Clara está en la biblioteca, murmurando cosas sobre frecuencias de radio y protocolos de encriptación. El resto... no lo sé. Supongo que siguen esperando que esto sea una broma de muy mal gusto.
Me acerco a él y bajo la voz, aunque sé que en Aethelgard los susurros son tan públicos como los gritos.
—Marcos, encontré algo anoche. En el pasillo. Justo antes de que el gas nos separara.
Saco el gemelo de plata y lo pongo sobre la mesa de cristal. El brillo del metal bajo la luz cenital es insultante. Marcos deja la taza de café con una lentitud calculada. Sus ojos se fijan en las iniciales grabadas: *J.L.* Veo cómo su mandíbula se tensa, un pequeño tic que solo alguien que lo conoce desde hace una década podría detectar.
—¿Dónde lo has sacado? —pregunta, y esta vez su voz ha perdido la falsa calma.
—Estaba allí. Como un rastro. Marcos, Julián llevaba estos gemelos la noche del accidente. Se los regaló su padre por su graduación. Recuerdo que uno se soltó y rodó por el salpicadero cuando chocamos. No tuvimos tiempo de buscarlo.
Marcos se pasa una mano por el pelo, desordenando su perfecta fachada.
—Alguien estuvo allí esa noche, Elena. Alguien que no fuimos nosotros. Alguien recogió ese gemelo de entre el cristal roto y la sangre, y lo ha guardado durante diez años esperando este momento.
Siento que el frío del mármol sube por mis piernas hasta instalarse en mi columna vertebral. La idea de que un espectro nos ha estado observando durante una década, coleccionando nuestras miserias, es insoportable.
De repente, un zumbido sordo recorre el salón. Las pantallas de las paredes se encienden simultáneamente. No hay fotos esta vez, solo un texto en letras blancas sobre fondo negro: *EL DESAYUNO ESTÁ SERVIDO. EL PRECIO ES LA SINCERIDAD.*
Una mesa central emerge del suelo con un mecanismo hidráulico casi silencioso. Sobre ella, hay ocho platos cubiertos por campanas de plata. Nos miramos, indecisos. Poco a poco, los demás invitados van apareciendo en el salón, atraídos por el sonido o por el hambre. Clara llega con el pelo desaliñado y ojeras que rivalizan con las mías. Víctor entra sudando, con los nudillos enrojecidos. Todos nos rodeamos la mesa como animales alrededor de un abrevadero que sospechan que está envenenado.
—No comáis nada —dice Clara, con voz ronca—. Podría estar drogado. Más de lo que ya estamos.
—Si quisieran matarnos, ya lo habrían hecho —responde Víctor, sentándose con pesadez—. Esto es un juego psicológico. Quieren vernos dudar.
Él levanta la campana de su plato. No hay comida. Hay un sobre pequeño, de papel pergamino. Los demás imitamos su gesto. En mi plato, hay una fotografía vieja, desgastada por los bordes. Soy yo, a los veintidós años, sentada en una cafetería, llorando. La fecha escrita al dorso es tres días después del accidente. La nota adjunta dice: *¿Llorabas por él o por el miedo a que te descubrieran?*
Siento una oleada de calor que me sube a la cara. Miro a mi alrededor. Marcos tiene una expresión de piedra, pero sus manos tiemblan ligeramente mientras sostiene un papel. Clara ha palidecido tanto que parece que va a desmayarse. Víctor está arrugando su nota con rabia.
—¡Basta de juegos! —grita Víctor, golpeando la mesa—. ¡Si tienes algo que decir, dilo a la cara, pedazo de mierda!
La voz del anfitrión inunda la estancia, filtrándose desde los altavoces ocultos en el techo abovedado. Esta vez no suena como una grabación; tiene una cadencia casi musical, una burla elegante que nos envuelve como una mortaja.
—La sinceridad es una medicina amarga, Víctor. Pero necesaria. Ayer recordamos el evento que os une. Hoy vamos a explorar las vidas que habéis construido sobre ese cadáver. Vidas de éxito, de dinero, de prestigio. Vidas... robadas.
Una de las paredes laterales, que creíamos sólida, se desliza hacia atrás revelando una vitrina iluminada. Dentro, hay objetos personales de cada uno de nosotros. Mi diario de la universidad. El reloj de oro que Marcos compró con su primer bono de la consultora. El título de arquitecta de Clara. Todo parece normal hasta que te fijas en los detalles: el diario está abierto por la página donde confieso que no puedo dormir; el reloj tiene grabada la palabra *COBARDE* en la parte trasera; el título de Clara está manchado con lo que parece ser tinta negra derramada a propósito.
—Esto es un museo de nuestra vergüenza —susurra Marcos, acercándose a la vitrina—. Nos ha estado robando. Ha entrado en nuestras casas, en nuestras oficinas.
—No ha entrado en vuestras casas —responde la voz—. Vosotros le habéis abierto la puerta. Cada vez que publicabais vuestro éxito en redes, cada vez que celebrabais un ascenso, estabais dejando un rastro de migas de pan para la justicia. Aethelgard solo ha recogido las migas.
El suelo empieza a vibrar de nuevo. No es el movimiento violento de anoche, es una pulsación constante, como el motor de un barco gigante. El ventanal del salón empieza a oscurecerse. No es que se haga de noche; es que una persiana metálica exterior está descendiendo, sellando la última conexión visual que teníamos con el mundo exterior.
—El aislamiento total ha comenzado —anuncia la voz—. A partir de este momento, los recursos son limitados. La electricidad, el agua caliente, el oxígeno... todo dependerá de vuestra capacidad para cooperar. O para confesar.
Me giro hacia los demás y veo cómo la sospecha empieza a deformar sus rostros. Ya no somos un grupo de amigos o conocidos unidos por un error trágico. Somos competidores en una balsa salvavidas que se está hundiendo.
—Tenemos que registrar la casa —digo, intentando recuperar el control—. Si hay un sótano o una zona de servidores, tiene que haber una entrada manual. Clara, tú sabes de estructuras. Marcos, tú sabes cómo funcionan estos sistemas de control.
—¿Y yo qué hago? —pregunta Víctor con una sonrisa cínica—. ¿Golpeo las paredes hasta que sangren?
—Tú nos mantienes a salvo si algo... o alguien... entra —respondo.
Empezamos a movernos por el ala este del complejo. Los pasillos parecen estirarse, creando una perspectiva forzada que marea. Llegamos a una puerta que ayer estaba cerrada y que hoy está entreabierta. Es un despacho minimalista, con una sola silla frente a un escritorio de cristal. Sobre el escritorio, hay ocho auriculares inalámbricos de diseño.
—Poneos los auriculares —ordena la voz a través del sistema general.
Dudamos, pero la curiosidad y el miedo son una mezcla poderosa. Me coloco el mío. Al principio solo escucho estática. Luego, un susurro que me va directo al cerebro. No es la voz del anfitrión. Es la voz de Julián. Pero no es una grabación vieja. Es su voz hablándome de cosas que solo yo sé. Hablándome de cómo se sintió el frío del metal en su espalda cuando lo dejamos solo en la oscuridad.
—Elena... —susurra la voz en mi oído—. ¿Recuerdas cómo me miraste por el retrovisor antes de acelerar? Yo no estaba muerto, Elena. Estaba pidiendo ayuda. Pero tú tenías prisa por salvar tu futuro.
Me quito los auriculares con un gesto violento y los tiro al suelo. Miro a los demás. Todos están haciendo lo mismo, con caras de horror absoluto. Clara está llorando, abrazándose a sí misma. Víctor tiene los ojos desorbitados.
—¡Es una puta recreación por inteligencia artificial! —grita Marcos, aunque su cara está pálida—. Está usando nuestras grabaciones, nuestras llamadas de teléfono, todo lo que ha hackeado para imitar las voces de los que ya no están. No es real. ¡Nada de esto es real!
—El dolor es real, Marcos —replica la voz general del salón—. Y el miedo también lo es.