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Helios [Libro 2] [The Celestials Series]

Helios [Libro 2] [The Celestials Series]

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:677
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.

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Capítulo 13

El distrito de la Gran Forja de Solis era un lugar donde el aire siempre sabía a metal y el estruendo de los martillos contra el yunque nunca cesaba. Era el corazón industrial de la capital, una red de túneles y bóvedas de piedra volcánica donde se forjaban las armas que mantenían el imperio en pie. Para Helios, este lugar era sagrado; aquí, la verdad no se decía con palabras, sino con el temple del acero.

Habían pasado tres días desde la caída de Elian Voran. La confesión pública del traidor había destrozado la credibilidad del Canciller Valerius ante el pueblo, pero Helios sabía que la indignación de la turba no ganaba guerras contra ejércitos profesionales. Necesitaba acero. Necesitaba a la Casa Ferrum, los señores de las Montañas de Hierro y dueños de la Gran Forja.

Helios caminaba por la nave central de la fundición, escoltado por Caius y bajo la mirada atenta de Mirea, que se movía entre el humo y las chispas con una elegancia que resultaba casi insultante en aquel entorno rudo. Al final del pasillo, bajo una cúpula de hollín, los esperaba Lord Hestor Ferrum.

Hestor era un hombre hecho de roca y cicatrices. No vestía sedas como los nobles del palacio; llevaba un delantal de cuero reforzado y sus brazos, gruesos como troncos de roble, estaban cubiertos de ceniza.

—Has causado mucho ruido, muchacho —dijo Hestor, sin dejar de golpear una pieza de bronce al rojo vivo—. Pero el ruido no perfora una armadura de placas.

—He venido a ofrecerte algo más que ruido, Hestor —respondió Helios, deteniéndose frente al yunque. El calor era sofocante, pero él ni siquiera sudaba; su sangre Voran parecía alimentarse de las brasas—. Vengo a reclamar la Palabra de Forja. El antiguo juramento que tu casa le debe a la mía.

Hestor dejó el martillo a un lado y se limpió las manos en un trapo sucio. Sus ojos pequeños y astutos recorrieron a Helios, deteniéndose en la cicatriz de su rostro y luego en Mirea, que observaba desde una distancia prudencial.

—La Palabra de Forja se dio a un rey, no a un exiliado que se esconde en los muelles —gruñó Hestor—. Valerius me paga bien por mis armas. ¿Por qué debería arriesgar mis hornos por un príncipe que no tiene ni una hectárea de tierra a su nombre?

—Porque Valerius te paga con oro que ha robado de tus propios cofres mediante impuestos —intervino Helios, su voz cortante—. Porque cuando el sol termine de ponerse sobre Solis, no quedará nadie para comprar tus espadas, solo sombras que no necesitan metal. Mi casa te dio el monopolio de las minas del norte. Si me apoyas, te daré el control total de las rutas comerciales hacia el mar de cristal.

Hestor guardó silencio, sopesando las palabras. Se acercó a una mesa de piedra donde descansaban varias jarras de cerveza negra y sirvió dos. Le tendió una a Helios.

—Tienes la lengua afilada, como tu padre. Pero mi lealtad tiene un precio que no se paga solo con promesas de comercio. La Casa Ferrum necesita asegurar su futuro en el nuevo régimen. No quiero ser un simple proveedor de armas; quiero estar en la mesa de los que deciden.

—Dime tu precio —dijo Helios, presintiendo la trampa.

Hestor señaló hacia las sombras de la forja, donde una joven de cabello oscuro y mirada severa observaba la reunión. Era Lyra Ferrum, su única hija y heredera.

—Cásate con Lyra. Unid la sangre del Sol con la del Hierro. Si lo haces, mis diez mil legionarios y todas mis máquinas de asedio estarán a tu disposición mañana mismo. Serás el rey, pero los Ferrum serán los cimientos de tu trono.

El silencio que siguió fue más pesado que el yunque de Hestor. Helios sintió la mirada de Mirea clavada en su nuca, fría como un puñal de hielo. Caius, a su lado, contuvo el aliento. Políticamente, era la jugada perfecta. Con los Ferrum a su lado, la ciudad caería en cuestión de días.

Helios miró a Lyra. Ella era una guerrera, noble y fuerte, una elección lógica para un rey que buscaba estabilidad. Pero cuando cerraba los ojos, no veía el rostro de Lyra. Veía la sonrisa calculadora de Mirea y la mirada gélida de Selene.

—No —dijo Helios finalmente. Su voz no tembló.

Hestor frunció el ceño, como si no hubiera procesado la palabra.

—¿Cómo has dicho?

—He dicho que no —repitió Helios, dando un paso hacia el señor de la forja—. No he vuelto a Solis para repetir los errores del pasado. Mi padre aceptó matrimonios por conveniencia, alianzas de papel que se rompieron al primer soplido de traición. No voy a comprar mi corona con mi cama, Hestor. No seré el títere de tu casa a cambio de tus soldados.

—¡Es un insulto! —rugió Hestor, tirando la jarra al suelo. El metal resonó con violencia—. ¡Te ofrezco el poder absoluto y tú me lanzas un "no" a la cara por orgullo! ¿Crees que puedes ganar esto solo con tu magia y tu grupo de parias? Sin mí, Valerius te aplastará contra las murallas.

—Si tus soldados solo luchan por un contrato matrimonial, entonces no son los soldados que necesito para limpiar esta ciudad —Helios se acercó tanto a Hestor que sus pechos casi se tocaban—. La Palabra de Forja es sobre honor, no sobre dotes. Si no estás dispuesto a cumplirla por la deuda que tienes con mi estirpe, entonces quédate con tus espadas. Veremos si Valerius te permite conservarlas cuando mi fuego empiece a purificar el palacio.

1
Mariela Serrano
Estoy algo perdida, Acaso Selene no estaba casada con Varron, o esto pasó antes de eso?
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