Bienvenido a EL CONTRATO, una historia donde el poder, el dolor y el deseo se entrelazan en una lucha constante entre la supervivencia y el amor. Esta novela no habla solo de contratos ni de dominación, sino de heridas invisibles, decisiones imposibles y del precio que algunas personas deben pagar para proteger a quienes aman. Aquí conocerás a Monserrat Villarreal y Alexander Montenegro, dos almas marcadas por el pasado que deberán enfrentarse no solo entre sí, sino también a sus propios demonios. Prepárate para un viaje intenso, oscuro y emocional donde cada elección cambia destinos y donde el corazón siempre exige su verdad.
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CLAUSULAS
El silencio del apartamento era casi incómodo.
Monserrat cerró la puerta con el pie, dejó el bolso sobre la mesa y apoyó la espalda contra la pared, dejando escapar el aire lentamente.
Había sido un fin de semana pesado.
El encuentro en el orfanato todavía le revolvía el estómago, y la sola idea de tener que volver a enfrentarse al lunes le provocaba un cansancio profundo.
Encendió la luz de la cocina, calentó agua para café y dejó que el sonido del hervidor llenara el espacio vacío.
Miró el sobre blanco sobre la mesa.
El documento.
El contrato.
El maldito contrato de Alexander Montenegro.
Lo había llevado consigo todo el fin de semana, sin atreverse a abrirlo de nuevo.
Como si el papel mismo pudiera contaminar el aire. Pero sabía que no podía seguir evitándolo.
Tomó el café, se sentó en el sofá y respiró hondo antes de sacar las hojas.
Las extendió frente a ella.
Cada línea estaba escrita con precisión quirúrgica.
No había errores, no había ambigüedades. Todo era claro, frío… casi clínico.
Montenegro Imobiliary —Contrato Privado de Asistencia Personal Extendida.
—Asistencia…
susurró con sarcasmo.
Sus ojos recorrieron las cláusulas, y el asco volvió a subirle por la garganta.
Pago total de sus deudas.
Cobertura médica completa para sus tios
Financiamiento de su universidad.
Acceso a investigadores privados para localizar a su hermano.
Un sueldo mensual generoso.
Todo parecía perfecto… hasta llegar a las condiciones.
Disponibilidad completa bajo requerimiento del señor Alexander Montenegro.
Compromiso físico sexual exclusivo durante la duración del contrato.
Aceptación delBDSM, bajo regla impuesta y conceptuada
Sin derecho a reclamo emocional ni expectativas sentimentales.
Evaluaciones médicas periódicas.
Control total de las condiciones del vínculo.
Sus manos temblaron.
Era como leer la compra de un objeto.
No hablaba de cariño. Ni siquiera de deseo. Era pura dominación escrita en lenguaje legal.
“Sin derecho a réplica”.
Repitió esa frase varias veces en su cabeza.
¿Quién demonios redactaba algo así?
Alexander no quería una compañera. No quería una relación. Quería… control absoluto.
Cerró los ojos.
Recordó el tono de su voz cuando dijo “todo tiene un precio”.
Sintió rabia.
Rabia hacia él… y rabia hacia la parte de sí misma que había dudado siquiera un segundo.
Porque era verdad.
El contrato podía solucionar todo.
Podía salvar a sus tios
Podía traer de vuelta a su hermano.
Podía darle una vida sin miedo.
Pero también podía quitarle lo poco que aún era suyo.
—No soy algo que se compra.
murmuró.
Se levantó de golpe y lanzó el documento sobre la mesa, como si quemara.
Caminó por el apartamento pequeño, pasándose las manos por el cabello, intentando calmar el torbellino en su cabeza.
Esa noche casi no durmió.
Cada vez que cerraba los ojos veía el rostro de Alexander leyendo el contrato con total seguridad, como si supiera que tarde o temprano ella diría que sí.
Eso la enfurecía aún más.
Lunes
El edificio corporativo parecía más frío que nunca.
Monserrat llegó temprano, como siempre. Vestía una blusa sencilla y una falda oscura que apenas marcaba su figura. No quería llamar la atención. Quería pasar desapercibida.
Pero era imposible.
Desde el momento en que Alexander cruzó las puertas principales, ella sintió su presencia.
No hizo falta que hablara.
Sabía que la estaba mirando.
Podía sentir el peso de sus ojos incluso cuando estaba de espaldas, organizando expedientes o revisando correos. Era una sensación constante, como una corriente eléctrica recorriéndole la piel.
Alexander actuaba como si nada.
Daba órdenes, firmaba documentos, hablaba con inversionistas por teléfono.
Frío, eficiente, impenetrable.
Pero cada vez que pasaba cerca de su escritorio, su mirada se detenía apenas un segundo más de lo normal.
Un segundo suficiente para ponerla nerviosa.
—Señorita Villarreal.
dijo en una ocasión, sin levantar la vista de su tablet
—necesito esos informes antes del mediodía.
—Sí, señor.
Su voz salió firme, pero por dentro se sentía observada… evaluada.
Como si él ya supiera la respuesta y solo estuviera esperando el momento adecuado.
El día avanzó lento.
Ella intentó concentrarse en el trabajo, pero la sensación no desaparecía.
Cada movimiento parecía calculado. Cada palabra de Alexander tenía una doble intención.
Durante una reunión, mientras ella servía café, sus dedos rozaron accidentalmente la mesa cerca de él.
Alexander levantó la mirada.
Solo eso.
Pero fue suficiente para hacerle contener el aliento.
Había algo oscuro en esos ojos grises. Algo que decía: todavía estás pensando en mi oferta.
Y lo peor era que tenía razón.
Al final de la jornada, la oficina comenzó a vaciarse. Los empleados se despedían, el ruido bajaba poco a poco hasta quedar solo el sonido de las teclas y el zumbido del aire acondicionado.
Monserrat guardó sus cosas, preparada para salir.
Entonces su teléfono interno sonó.
—Señorita Villarreal.
la voz de Alexander salió baja, pausada.
—A mi oficina.
Su estómago se encogió.
Se levantó lentamente y caminó hacia la puerta
Tocó dos veces.
—Entre.
Alexander estaba de pie junto a la ventana, observando la ciudad iluminada por el atardecer.
Su silueta parecía aún más imponente contra el reflejo del cristal.
Ella cerró la puerta detrás de sí.
El silencio fue pesado.
—Siéntate
ordenó.
Monserrat obedeció, manteniendo la espalda recta.
Alexander se giró finalmente y la miró directamente.
No había sonrisa en su rostro. Solo calma… y una intensidad que la hizo tragar saliva.
—Ya pasó el fin de semana.
dijo lentamente.
—Tuviste tiempo suficiente para leer el documento.
Ella no respondió.
Él se acercó, apoyando las manos sobre el escritorio.
—Sabes exactamente lo que te ofrezco.
continuó.
—También sabes lo que puedo hacer por ti.
Monserrat apretó las manos sobre su regazo.
—No necesito recordatorios, señor.
Alexander ladeó ligeramente la cabeza, estudiándola.
—No. Supongo que no.
El silencio volvió.
El aire parecía más denso.
—Entonces
dijo él finalmente, con voz baja pero firme.
—dime tu respuesta.
El corazón de Monserrat comenzó a latir con fuerza.
Sus labios se separaron apenas.
La oficina quedó suspendida en un instante interminable.
Y justo cuando iba a hablar…