Ella es la ley. Él es el pecado. Rose Smith quiere justicia; John Blake quiere poseerla. Un juego macabro de poder, mafia y deseo prohibido donde el odio es el mejor afrodisíaco.
NovelToon tiene autorización de Choly Flores para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El Juicio del Rey
John se acercó a Edith, que seguía de rodillas, sollozando de rabia y dolor mientras sus ojos vampíricos luchaban por sanar la quemadura química del amoníaco. Blake la tomó del cabello con una brusquedad que hizo que Rose ahogara un jadeo. No había rastro del empresario sofisticado; solo quedaba el depredador ancestral.
—¿Creíste que podrías jugar en mi propia casa, Edith? —la voz de John vibró con una potencia que hizo que las bombillas del pasillo parpadearan hasta estallar—. ¿Creíste que tus mediocres ambiciones valían más que mi sangre?
—¡Ella es una humana, John! —chilló Edith, con el rostro rojo y húmedo—. ¡Te está destruyendo! ¡El Consejo no aceptará esto!
—El Consejo aceptará lo que yo dicte, o sus cenizas adornarán mi jardín —sentenció Blake.
Con un movimiento fluido, John la arrastró hacia el gran salón de ceremonias en el sótano, donde los siete Ancianos del Consejo esperaban en sus tronos de piedra. Rose, sabiendo que su vida y la de Bella dependían de lo que sucediera en los próximos minutos, lo siguió. Su rudeza volvió a ella como una armadura. Si este era un juicio de monstruos, ella sería la abogada que los condenaría a todos.
Al entrar, la visión fue dantesca. Los Ancianos, seres cuya palidez superaba la de John y cuya presencia destilaba una sabiduría maligna, observaron la escena con curiosidad gélida. Viktor, el padre de Edith, se puso de pie de un salto, sus ojos inyectados en sangre al ver a su hija humillada.
—¡Blake! ¿Qué significa esta afrenta? —rugió Viktor, su estatura casi igualaba la de John, pero carecía de su magnetismo.
—Significa traición, Viktor —respondió John, lanzando a Edith a los pies de los Ancianos como si fuera un fardo de ropa vieja—. Tu hija ha intentado asesinar a mi consultora legal y a mi heredera. Ha usado venenos humanos para desestabilizar la mente de Rose Smith.
Rose dio un paso al frente, interrumpiendo el protocolo de la Estirpe. Los Ancianos la miraron con desprecio, pero ella levantó la barbilla, usando esa voz que solía silenciar a los fiscales más agresivos de Nueva York.
—No soy solo una consultora —declaró Rose, su voz resonando en las bóvedas de piedra—. Soy la portadora de una póliza de seguro que ninguno de ustedes quiere cobrar. Como le dije a John, si algo nos sucede a mi hija o a mí, los santuarios de todos los presentes aquí serán expuestos al mundo humano en menos de una hora. Pero hoy, vengo a renegociar.
John la miró, sorprendido por su audacia en medio de su propio juicio.
—¿Renegociar, Rose? —preguntó él, con una chispa de admiración carmesí en su mirada.
—Así es. No quiero solo protección. Quiero un asiento en este Consejo —soltó Rose, y un murmullo de indignación recorrió la sala—. Quiero el título de Protectora de la Heredera, con poder de veto sobre cualquier decisión que afecte a Bella. Y a cambio, usaré mis conocimientos legales para blindar las empresas de la Estirpe de las investigaciones federales que están a punto de caer sobre ustedes.
Viktor soltó una carcajada burlona. —¿Una humana en el Consejo? Es un insulto a nuestra historia.
—Un insulto es dejar que tu hija intente matar a la única descendiente de tu Rey —replicó Rose con rudeza—. John, si de verdad eres el soberano que dices ser, demuéstralo. Castiga a la traidora y firma mi lugar aquí. De lo contrario, Bella y yo nos iremos, y te aseguro que esta vez no tardaré cinco años en destruirte.
John Blake guardó silencio por un largo minuto, observando el equilibrio de poder. Luego, miró a Edith y después a Viktor.
—Viktor, tu hija será desterrada a las minas del norte por un siglo. Y si vuelves a conspirar contra Rose, tú la acompañarás.
John caminó hacia Rose, deteniéndose a escasos centímetros. Su figura de 1.90 se inclinó sobre ella, una presión que Rose ya no intentaba esquivar.
—Tienes tu asiento, Protectora. Pero recuerda... en este Consejo no se vota con manos, se vota con lealtad. Y esta noche, Rose, vas a demostrarme la tuya.
El trato estaba cerrado. Rose Smith, la humana que creía en las leyes, acababa de convertirse en la primera mujer con poder político en el mundo de los muertos vivientes. Pero mientras miraba a Edith ser arrastrada por los guardias, Rose vio la mirada de odio puro de Viktor. Sabía que la guerra no había hecho más que empezar y que ahora, el enemigo estaba sentado a su lado.