Ella es la líder del clan más poderoso de todos los reinos lo que la pone en el ojo de la tormenta, Ella es una exorcista de élite Pero tiene enemigos más peligrosos que los demonios a los que debe vencer, el prejuicio hacia la mujer en un mundo de hombres
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Capitulo 4
Los meses pasaron. No sé si fueron tres, seis, o una eternidad. En el clan del cerezo, el tiempo se media en ciclos de odio.
Y yo seguía aquí.
Seguía siendo la jefa.
Seguía siendo odiada.
Pero seguía.
Esa mañana, Tae irrumpió en mi despacho sin golpear. Como siempre.
— ¡Mi jefa! — dijo con esa mezcla de respeto y confianza que solo él tenía —. Tenemos una misión importante.
Levanté la vista de los pergaminos. Documentos. Siempre documentos. El clan no se lideraba solo con espadas, resultaba.
— ¿Qué tan importante?
— Un río. Bueno, un demonio de agua. Está ahogando a todos los pueblerinos.
Suspiré.
— ¿Nivel?
Tae hizo una pausa dramática.
— 9.0 F.
Silencio.
9.0 F. La clasificación más alta antes de "catastrófico". Un demonio que podría destruir ciudades enteras. Una misión para la que normalmente se enviaría a un escuadrón de élite, con meses de preparación, con refuerzos, con...
— ¿Sola? — pregunté, con una sonrisa irónica.
Tae no respondió. No hacía falta.
— ¿Piensan que así se van a liberar de mí? — murmuré, levantándome y ajustando mi espada al cinto —. Desde que asumí el puesto, solo me mandan misiones imposibles. Como si esperaran que esta fuera la definitiva.
— Llevas 23 misiones imposibles — recordó Tae —. Sigues aquí.
— 24 — corregí —. La del bosque maldito la contaron como dos.
Tae se rió.
— Los odias, ¿verdad?
Lo pensé un momento.
— No — respondí, sincera —. No los odio. Odian ellos. Yo solo... existo. Y mi existencia les duele.
Caminamos hacia la salida. El clan bullía con sus actividades diarias, pero a mi paso, los susurros se apagaban y las miradas se desviaban. Miedo. Respeto. Odio. Todo mezclado.
— Gracias por estar aquí, Tae — dije de repente, deteniéndome —. No sé qué haría sin mi mano derecha.
Lo sujeté de la mano. Un gesto rápido, de amiga, de hermana, de alguien que necesitaba recordar que no estaba completamente sola.
Tae me miró. Y en sus ojos vi algo que no supe descifrar del todo.
Orgullo, sí. Lealtad, siempre.
¿Algo más? No quise preguntar.
— No tendrás que descubrirlo — respondió, apretando mi mano antes de soltarla —. Estaré aquí. Siempre.
Salimos del clan.
Detrás de nosotros, en las ventanas del consejo, los ancianos observaban.
— Esta es la definitiva — dijo uno.
— Un demonio de agua 9.0 F... ni ella podrá con eso.
— Y si vuelve...
— No volverá.
Sonrieron.
Pero no sabían algo que yo sí sabía:
El fuego no me había elegido para morir en un río.
El fuego me había elegido para arder.
Mientras yo cabalgaba hacia un demonio de agua que probablemente intentaría matarme, en el clan le hacían la vida imposible a Mitsuki.
Los rumores ya no eran rumores. Eran gritos. Eran risas. Eran dedos señalando.
"El amante de la jefa."
"El esclavo que se cree digno."
"La puta del cerezo." (Ese era para mí, pero a él le dolía igual.)
Lo esperaban a la salida de los establos, donde limpiaba los caballos desde antes del amanecer. Le "accidentalmente" tiraban agua sucia. Le "sin querer" cerraban las puertas cuando entraba. Le "por error" escondían sus herramientas.
Mitsuki soportaba.
Porque por las noches, cuando todo estaba oscuro y el clan dormía, yo lo esperaba bajo el cerezo. Y mientras me tenía a mí, podía soportarlo todo.
Pero esa tarde, mientras cepillaba a un caballo castaño, una sombra cayó sobre él.
— Deberías unirte a nosotros — dijo una voz arrastrada, vieja, podrida.
Mitsuki levantó la vista.
El anciano de la libreta. El mismo que nos había visto. El que siempre sonreía como si supiera un secreto que podía destruir el mundo.
Detrás de él, dos guardias. Grandes. Con las manos en las espadas.
— ¿Unirme a ustedes? — Mitsuki apretó el cepillo —. ¿Para qué?
El anciano sonrió.
— ¿O acaso te gusta ser la burla de todos? ¿Te gusta que te escupan? ¿Te gusta dormir en el suelo de los establos mientras ella duerme en seda?
Mitsuki no respondió.
— Te podemos ayudar — continuó el anciano, acercándose —. Ayudarte a escalar en sociedad. Dejar de ser esclavo. De verdad. No a escondidas. No como favor de una mujer que se apiada de ti. Sino por mérito propio. Por decisión propia.
— ¿Qué quiere decir?
— Que tú puedes ser alguien. Puedes tener poder. Puedes tener respeto. Puedes tener todo lo que siempre soñaste. Solo tienes que...
— ¿Traicionarla?
El anciano sonrió más.
— Qué inteligente. Por eso te eligió, supongo.
Mitsuki soltó el cepillo. Se puso de pie. Los guardias se tensaron, pero él no hizo ademán de atacar.
Solo los miró.
Con una dignidad que no debería tener un esclavo.
Con una furia que no podía permitirse.
— Largo de aquí — dijo.
El anciano arqueó una ceja.
— ¿Perdón?
— ¡LARGO DE AQUÍ! — gritó Mitsuki, con una voz que sorprendió hasta a los guardias —. ¡Largo! ¡No me interesa! ¡No la traicionaré! ¡NUNCA!
El anciano lo observó un momento. Luego, lentamente, sonrió.
— Qué lástima — murmuró, dándose la vuelta —. Podrías haber sido alguien.
— Ya soy alguien — respondió Mitsuki, más bajo, más para sí mismo que para ellos —. Soy el hombre que ella ama. Eso es más que todo lo que ustedes serán nunca.
El anciano se detuvo.
No miró atrás.
Pero sus palabras helaron el aire:
— Por ahora.
Y se fueron.
Mitsuki se dejó caer contra el caballo. Temblaba. No de miedo. De rabia. De impotencia. De saber que tenía razón: él no era nada. Era un esclavo. Era la burla. Era el "amante de la jefa", como si eso fuera un chiste.
Pero también sabía algo más:
Los ancianos no se rendían.
Y si él no los ayudaba... buscarían a otro.
ESA NOCHE, BAJO EL CEREZO
Yo no fui.
La misión del río se alargó. El demonio de agua era más fuerte de lo que pensábamos. Pase la noche entera peleando, sangrando, sobreviviendo.
Mitsuki esperó.
Solo.
Bajo el cerezo.
Toda la noche.
Y cuando el sol comenzó a salir y yo no llegaba, algo en él se rompió un poco.
No por mí.
Por él.
Porque empezó a creer lo que todos decían:
"No eres digno."
"Eres un estorbo."
"Ella merece algo mejor."
Y la duda, como una semilla podrida, comenzó a crecer en su corazón.
LO QUE MITSUKI NO SABÍA
Esa noche, mientras esperaba solo, alguien más lo observaba desde las sombras.
Tae.
Mi mano derecha.
Que había vuelto antes, enviado por mí para asegurarse de que Mitsuki estuviera bien.
Que había escuchado la conversación con el anciano.
Que había visto a Mitsuki negarse.
Y que ahora, escondido entre los árboles, se enfrentaba a una verdad incómoda:
Mitsuki era más fuerte de lo que parecía.
Mitsuki la amaba de verdad.
Mitsuki... era digno.
Tae apretó los puños.
Y sintió algo que no quiso reconocer.
Envidia.