Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.
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COPIA EXACTA
Llevaba apenas dos días encerrada en ese penthouse, y ya sentía que vivía en una realidad paralela.
Dos días comiendo en una mesa demasiado elegante para mí. Dos días viendo a Dexter caminar por el lugar como si fuera un rey silencioso. Dos días en los que discutíamos por cualquier cosa… y luego cenábamos como si nada hubiera pasado.
Cocinaba sorprendentemente bien. Demasiado bien para un mafioso. Cortaba las verduras con precisión, se movía en la cocina con una calma casi doméstica que contrastaba con el hombre que irrumpía en clubes y me cargaba como si le perteneciera.
Y cuando dejaba de usar ese tono autoritario… cuando hablaba bajo, cuando me miraba sin imponerse… podía ser peligroso de otra forma.
Agradable.
Eso era lo que más me asustaba.
Pero no iba a quedarme. No era suya. No era una mascota en rehabilitación. Solo aceptaba esto temporalmente, por seguridad.
Nada más.
Ese día, Dexter salió temprano. Dijo que tenía una reunión importante. No me dio detalles. Nunca los daba.
—No abras la puerta —me dijo antes de irse.
—No soy una niña.
—Compórtate como si no quisieras que te trate como una.
Le lancé una mirada fulminante.
Él sostuvo mi mirada unos segundos más de lo necesario… como si quisiera decir algo más.
No lo hizo.
La puerta se cerró.
Y por primera vez desde que me arrastró fuera del club, el silencio fue absoluto.
Me acomodé en el sofá, encendí la televisión y fingí normalidad. Apenas habían pasado diez minutos cuando escuché el clic de la cerradura.
Mi corazón saltó.
Me puse de pie al instante.
La puerta se abrió lentamente.
Y entró un hombre.
Durante un segundo creí que era Dexter. La misma altura. El mismo porte. Los mismos ojos.
Pero la sonrisa era distinta.
Más ligera. Más traviesa. Más peligrosa de una manera menos oscura.
—Así que tú eres la chiquilla por la que mi hermano anda distraído.
Parpadeé.
—¿Hermano?
El hombre cerró la puerta con tranquilidad, como si fuera su casa.
—Daxton —dijo con una inclinación teatral de cabeza—. El gemelo. El guapo. El simpático. El que no secuestra mujeres por impulso.
Lo miré con los brazos cruzados.
—Encantada… supongo.
—Oh, tranquila, no muerdo. A menos que me lo pidan. —Guiñó un ojo y luego levantó ambas manos—. Broma. Demasiado pronto, ¿verdad?
A pesar de todo, una risa se me escapó.
—Un poco.
—Perfecto. Me gusta incomodar desde el primer minuto.
Caminó hacia el sofá con una naturalidad desconcertante, pero dejó un espacio prudente entre nosotros al sentarse.
—Mi hermano me contó algo de tu situación —dijo, más serio ahora—. No detalles. Solo que estabas aquí por… seguridad.
—¿Eso dijo?
—Más o menos. También gruñó mucho.
—Eso suena más como él.
Daxton sonrió.
—Créeme, lo conozco mejor que nadie. Cuando gruñe más de lo normal, es porque algo le importa.
Mi estómago se tensó.
—No soy algo que le importe.
Daxton ladeó la cabeza.
—Interesante que lo digas así.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras tratando de convencerte.
Lo fulminé con la mirada.
—No me analices.
—Es defecto profesional de hermano menor que nació diez minutos después y tuvo que sobrevivir a la versión alfa.
—¿Siempre es así? —pregunté antes de poder detenerme.
—¿Controlador? ¿Intenso? ¿Territorial? —enumeró con los dedos—. Sí.
—¿Territorial?
Daxton soltó una risa baja.
—No me mires así. Lo vi en el club.
Mi corazón dio un salto.
—¿Tú estabas ahí?
—Llegué después. Lo suficiente para verlo sacar a medio mundo del camino como si fueran conos de tráfico. —Se inclinó hacia mí un poco—. Nunca lo había visto perder la compostura así por una mujer.
—No la perdió.
—Subió a una tarima en pleno show y casi desarma a un tipo que te estaba mirando demasiado fijo.
Me quedé quieta.
—¿Qué?
—Relájate, no lo golpeó. Solo… lo convenció con la mirada de que se moviera.
No sabía si sentirme protegida o vigilada.
—No necesitaba que hiciera eso.
—Lo sé. Él también lo sabe. —Daxton suspiró—. El problema es que cuando Dexter siente que algo es suyo… no sabe hacerlo a medias.
La palabra se clavó.
Suyo.
—No soy suya.
—Lo sé.
—Entonces deja de insinuarlo.
—Yo no lo insinúo. Él lo proyecta.
Lo miré en silencio.
—¿También eres mafioso? —pregunté al fin.
Daxton alzó las manos.
—Trabajo con él, sí. Pero no soy el ejecutor. No soy el que toma decisiones… drásticas.
—Eso no me tranquiliza.
—No vine a asustarte. Vine a ver con mis propios ojos qué tiene a mi hermano caminando como si estuviera conteniendo un incendio interno.
—¿Y qué concluyes?
Me observó con detenimiento. Sin descaro. Sin juicio.
—Que eres mucho más que una distracción.
El aire se volvió pesado.
—No sabes nada de mí.
—Lo suficiente. —Sonrió apenas—. No pareces una chica impresionada por el poder.
—No lo estoy.
—No pareces asustada por él.
Mentí sin dudar.
—No lo estoy.
Daxton rió suave.
—Eso sí es mentira.
—No le tengo miedo.
—No dije que fuera ese tipo de miedo.
El silencio se instaló entre nosotros.
—¿Y qué tipo de miedo es? —pregunté, sin querer.
—El que aparece cuando alguien empieza a importarte más de lo que planeabas.
Mi pecho se apretó.
—No vine aquí para hablar de sentimientos.
—Perfecto. Hablemos de tu plan de fuga.
Le lancé una mirada rápida.
—¿Qué plan?
—Vamos, Giselle. Tienes cara de estar contando mentalmente los minutos para correr.
—¿Y si lo estoy?
—Entonces espero que corras rápido.
—¿Me delatarías?
—Jamás. —Sonrió con complicidad—. Pero tampoco subestimes lo obsesivo que puede ser mi hermano cuando decide proteger algo.
Otra vez esa palabra.
Proteger.
—No necesito que me protejan.
—Todo el mundo lo necesita a veces.
—No de esa manera.
—¿De qué manera?
Lo miré fijo.
—Como si fuera una propiedad valiosa que alguien quiere robar.
Daxton suspiró.
—Te voy a decir algo que probablemente no debería. —Se inclinó un poco—. Él no te ve como una cosa. Te ve como algo que no sabe manejar.
—Eso no es mejor.
—Para alguien como él… es aterrador.
Me quedé pensando en eso más de lo que quería admitir.
Seguimos hablando. De cosas ligeras. De música. De comida. De anécdotas ridículas de su infancia.
—¿Sabías que una vez Dexter rompió la nariz de un chico por empujarme en la escuela? —comentó con una sonrisa.
—¿Qué?
—Teníamos doce años.
—Eso no es tierno. Es preocupante.
—Es amor fraternal intenso.
Reí sin querer.
Y en ese momento, justo cuando la tensión parecía haberse diluido…
La puerta volvió a abrirse.
No escuché la cerradura.
Solo sentí el cambio en el aire.
Daxton levantó la mirada primero.
Yo lo hice después.
Dexter estaba ahí.
Quieto.
Oscuro.
Observándonos.
Su mirada bajó del rostro de su hermano al mío. Luego a la distancia entre nosotros en el sofá. Luego a mi sonrisa que aún no había desaparecido del todo.
—Interesante escena —dijo con voz plana.
El ambiente se congeló.
—Relájate —dijo Daxton con naturalidad—. Solo estaba haciéndole compañía.
Dexter no apartó los ojos de mí.
—¿Eso parece?
Mi pulso se disparó.
—No empieces —advertí.
Él cerró la puerta lentamente.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le preguntó a su hermano, sin dejar de mirarme.
—Lo suficiente.
—¿Te pedí que vinieras?
—No. Pero tampoco me pediste que no lo hiciera.
Silencio tenso.
—Sal, Daxton.
—Oh, vamos…
—Ahora.
La palabra fue un golpe.
Daxton me miró un segundo, evaluando la situación.
—Te llamo luego, Giselle —dijo con una media sonrisa antes de levantarse.
Dexter no se movió hasta que la puerta volvió a cerrarse.
Entonces el silencio fue absoluto.
—¿Te diviertes? —preguntó él.
—¿Perdón?
—Riendo con mi hermano.
—¿Ahora no puedo reír?
Se acercó un paso.
—Puedes hacer lo que quieras.
—No parece.
—Pero no me gusta.
Ahí estaba.
Crudo.
Posesivo.
—No soy tuya —repetí.
Se detuvo frente a mí.
—No. —Su voz bajó un tono—. Pero estabas sonriendo.
—¿Y eso qué?
—No sonríes así conmigo.
El comentario me desarmó más de lo que debería.
—Tal vez porque contigo siempre estoy discutiendo.
—Tal vez porque conmigo no finges.
El aire se volvió espeso otra vez.
—No necesito permiso para hablar con quien quiera.
—Nunca dije que lo necesitaras.
—Lo estás diciendo con los ojos.
Su mandíbula se tensó.
—No me gusta que otros hombres te miren.
—Es tu hermano.
—Sigue siendo un hombre.
El silencio vibró entre nosotros.
—¿Estás celoso? —pregunté, apenas audible.
No respondió.
Pero no necesitaba hacerlo.
Porque la forma en que dio un paso más hacia mí fue respuesta suficiente.
Y su mirada…
No era de un mafioso.
Era de un hombre que estaba perdiendo el control por algo que no podía poseer.