Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
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La esposa culpable
Me acomodaba el vestido que había usado para recibir a Jonathan, sintiendo aún el calor de su cercanía recorrerme la piel. Cada movimiento era un recordatorio de lo que había pasado, y no podía evitar sonrojarme al recordar la forma en que me había mirado, como si quisiera devorarme con la mirada.
—Te ves… increíble —susurró.
El simple sonido de su voz, tan cerca, hizo que mi respiración se alterara.
—No exageres —respondí, intentando sonar firme mientras alisaba la tela sobre mis caderas.
—No estoy exagerando —replicó, acercándose un paso más—. Estoy conteniéndome.
Mi pulso se disparó.
—Jonathan…
—¿Qué? —preguntó con una media sonrisa—. ¿Prefieres que mienta?
Negué suavemente con la cabeza, pero no retrocedí. Y él lo notó.
Sus dedos rozaron mi brazo, apenas, como si estuviera probando hasta dónde podía llegar. La electricidad fue inmediata. Se inclinó hacia mí con lentitud deliberada, dándome tiempo para apartarme.
No lo hice.
Sus labios se posaron sobre los míos, suaves al principio. Una caricia lenta, profunda, que parecía explorar más que reclamar. Mis manos se apoyaron en su pecho, sintiendo el latido firme bajo la tela.
El beso se intensificó apenas, lo suficiente para hacerme perder el equilibrio interno.
Fui yo quien se apartó.
Respiré con dificultad.
—Debo volver a casa —dije, aunque mi voz traicionaba la firmeza que intentaba aparentar.
Él me observó en silencio unos segundos.
—Siempre vuelves —murmuró.
—No es un juego.
—Nunca lo fue.
El aire entre nosotros se volvió más denso.
Me giré hacia el mostrador para recoger mi bolso, intentando escapar de su mirada. Pero lo sentía detrás de mí. Sentía sus ojos recorriendo mi espalda, mi cintura, mis piernas.
—Me gusta verte aquí —dijo de pronto—. En tu mundo. Es diferente cuando estás en tu espacio.
—¿Diferente cómo?
—Más segura. Más peligrosa.
Solté una pequeña risa nerviosa.
—¿Peligrosa yo?
Se acercó por detrás. No me tocó de inmediato. Solo su presencia bastó para hacerme estremecer.
—No sabes lo que provocas cuando me miras así.
—¿Así cómo?
Su mano subió lentamente hasta mi cintura, deteniéndose allí.
—Como si quisieras decir que pare… pero esperas que no lo haga.
Mi respiración se volvió inestable.
—Estás imaginando cosas.
—No. Estoy leyéndote.
Me giré de golpe para enfrentarlo.
—No me leas.
—Entonces dime que no quieres que me quede cinco minutos más.
Silencio.
No podía.
Porque sí quería.
Quería que se quedara. Quería que me tocara otra vez. Quería sentir esa intensidad que me hacía olvidar todo lo demás.
—Cinco minutos —susurré.
Sus ojos brillaron con una satisfacción contenida.
No dijo nada más. Solo tomó mi rostro entre sus manos y volvió a besarme. Esta vez sin cautela. Sin ensayo.
Un beso que me hizo aferrarme a su camisa, que me hizo olvidar que estaba en mi tienda, que alguien podía pasar afuera.
Mis dedos se enredaron en su cabello.
—Esto está mal —murmuré contra su boca.
—Entonces dime que pare.
Mi silencio fue respuesta suficiente.
Sus manos recorrieron mi espalda, descendiendo con lentitud calculada. Cada caricia parecía una pregunta.
Y mi cuerpo respondía antes que mi razón.
Cuando finalmente me aparté, fue porque necesitaba aire.
—Tengo que irme —dije con más decisión, aunque mis mejillas ardían.
Él apoyó su frente contra la mía.
—Te escribiré.
—No prometas nada.
—No es una promesa. Es un hecho.
Cerré la boutique con manos que aún temblaban. Él me observaba desde la puerta, tranquilo, como si supiera que ya no había vuelta atrás.
En el parqueadero caminamos juntos, sin tocarnos, pero demasiado cerca.
Su mano rozó la mía.
Fue un roce mínimo.
Pero me atravesó.
—Conduce con cuidado —dijo, abriendo la puerta de mi coche.
—No soy imprudente.
Me miró fijo.
—Eso está por verse.
Contuve una sonrisa.
—Buenas noches, Jonathan.
—Buenas noches, Victoria.
Subí al coche y cerré la puerta. A través del vidrio lo vi quedarse allí, observándome arrancar. No apartó la mirada hasta que doblé la esquina.
Y aun así, sentía que seguía conmigo.
El camino a casa fue un intento constante por recuperar la compostura.
Repetía mentalmente que esto tenía que terminar.
Que estaba jugando con algo demasiado grande.
Que podía perderlo todo.
Pero cada recuerdo de sus labios, de su voz baja pronunciando mi nombre, me hacía apretar el volante con más fuerza.
Al llegar a la mansión, el silencio era absoluto.
Entré despacio.
Las luces del pasillo estaban apagadas. Todo en orden. Todo correcto.
Demasiado correcto.
Lo encontré dormido, ajeno a mi caos interno.
Lo observé un instante, sintiendo una punzada de culpa que me atravesó el pecho.
—¿Qué estás haciendo? —me pregunté en voz baja.
Me refugié en el baño. El agua caliente cayó sobre mi piel, pero no logró borrar la sensación de las manos de Jonathan recorriéndome.
Cerré los ojos.
Y lo vi.
Su sonrisa.
Su mirada.
La forma en que me decía que no me mintiera.
Apoyé las manos contra la pared de la ducha.
—Esto tiene que parar —susurré.
Pero mi voz no sonó convencida.
Me puse una pijama ligera y me acosté en la cama, manteniendo cierta distancia. Aun así, cuando él se movió en sueños y apoyó el brazo sobre mi cintura, sentí el peso de la realidad.
Era estabilidad.
Era rutina.
Era seguridad.
Y, sin embargo…
No era fuego.
Me giré hacia la ventana, mirando las luces lejanas de la ciudad.
Pensé en lo absurdo de todo.
Tenía la vida que había planeado.
La casa perfecta.
La imagen correcta.
Pero mi corazón latía diferente cuando Jonathan estaba cerca.
Más rápido.
Más fuerte.
Más vivo.
Cerré los ojos, intentando convencerme de que mañana sería distinto. Que volvería a la normalidad. Que la intensidad se apagaría.
Pero en el fondo sabía la verdad.
No era solo deseo.
Era algo que estaba creciendo.
Algo que no quería nombrar.
Y lo más peligroso de todo…
Era que no estaba segura de querer detenerlo.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰