Segunda parte: Derritiendo el Ducado
El príncipe heredero Christopher tiene veintiséis años, un carisma inigualable, intensos ojos azules y al Imperio entero presionándolo para que elija esposa y tome el trono. Para la alta sociedad, él es solo el carismático, bromista y despreocupado heredero a la corona.
Sin embargo, detrás de esa fachada perfecta y de sus constantes chistes, él guarda un gran y oscuro secreto: es el líder de las Black Shadows, un asesino despiadado y el espadachín más letal del Imperio, un hombre que ama el olor a sangre y que planea llevarse su verdadera identidad a la tumba.
Su plan de mantenerse soltero se desmorona cuando se cruza con una duquesa fuera de lo común. Ella no es una sumisa dama noble y, tras haber reencarnado en ese mundo, guarda el arma más peligrosa de todas: sabe perfectamente quién es el monstruo detrás de la corona. El juego del gato y el ratón ha comenzado, y el "principito" está a punto de descubrir que su prometida tiene las llaves de su
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Capítulo 24: Refugio en el nido del lobo
El rugido de la ventisca se transformó en un zumbido sordo cuando Christopher logró forzar la pesada puerta de madera de una cabaña de cazadores abandonada, incrustada en la falda de la montaña. Empujó a Sophia hacia el interior y cerró de golpe, trancando el acceso contra el violento invierno del norte. El espacio era minúsculo: apenas unas paredes de troncos gruesos, una mesa carcomida, un camastro de pieles polvorientas y una chimenea de piedra que suplicaba por calor.
El frío del exterior les calaba los huesos, haciéndolos temblar sin control, pero era la adrenalina pura de la batalla la que verdaderamente les aceleraba el pulso. Estaban vivos. Habían sobrevivido a una emboscada mortal y a la furia de la naturaleza, y la súbita intimidad de ese encierro forzado actuó como un detonante.
Sin perder tiempo, Sophia se arrodilló frente a la chimenea. Sus manos, entumecidas y ásperas por el roce de la ballesta, rasparon un pedernal contra la madera seca que quedaba en el lugar. Christopher se agachó a su lado, usando su cuerpo para cubrir el viento que se colaba por las rendijas. Cuando la primera chispa cobró vida y una llama tímida empezó a lamer los leños, el resplandor anaranjado iluminó la cercanía desmedida entre ambos. Estaban tan juntos que el calor de sus respiraciones se mezclaba en el aire gélido.
La distancia que habían mantenido durante meses, forjada a base de desconfianza, amenazas y protocolos reales, se disolvió por completo bajo la luz del fuego. Christopher estiró la mano y, con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad de sus batallas, le quitó la capa húmeda a Sophia. Al rozar la piel de su cuello, un escalofrío que nada tenía que ver con el frío recorrió a la joven.
Sin embargo, cuando Sophia alzó la vista para mirarlo, descubrió una sombra de intensa amargura en las pupilas azules del príncipe. Christopher no se movió; se quedó estático, contemplando sus propias manos enguantadas, esas que apenas unas horas antes habían quitado vidas en el desfiladero.
—No deberías estar aquí, Sophia —confesó él, con la voz rota por una ronquera densa, desnudando por primera vez sus miedos más profundos—. Mírame. Soy un monstruo maldito. Toda mi vida está rodeada de sangre, de ejecuciones y de enemigos que acechan en la oscuridad. Allá arriba, en el desfiladero, pudiste haber muerto por mi culpa. Mi mayor terror... el verdadero miedo que me carcome las entrañas desde que entraste en mi vida, es que esta oscuridad mía termine destruyéndote a ti. Que te conviertas en otra víctima de mi guerra.
Sophia lo escuchó en absoluto silencio, viendo al implacable líder de las *Black Shadows* mostrarse completamente vulnerable. Cansada de las dudas y de las barreras que el destino o el autor de la novela original querían imponerles, acortó la distancia que quedaba entre sus cuerpos. Posó sus manos directamente sobre las mejillas frías de Christopher y lo calló de golpe, hundiéndose en sus labios con un beso apasionado, hambriento y cargado de una absoluta declaración de intenciones.
Fue un beso que rompió cualquier duda. Con la fuerza de sus labios, Sophia le demostró que no era una damisela arrastrada por la corriente; ella había elegido estar en su bando por voluntad propia, aceptando al lobo con todas sus garras.
Christopher soltó un gemido ahogado contra su boca y la cordura que le quedaba se evaporó. Sus manos, desesperadas y posesivas, se enredaron en el cabello revuelto de Sophia, atrayéndola hacia él con una urgencia salvaje. La arrastró con firmeza hacia el camastro de pieles, donde el calor de la chimenea creaba un refugio perfecto contra la tormenta exterior.
Allí, lejos de las intrigas ponzoñosas de la corte y de las miradas de la alta sociedad, se despojaron de las ropas de viaje, de los títulos nobiliarios y de los miedos del pasado. Cada caricia era ardiente, una quema lenta que derretía el hielo del norte. Las manos de Christopher, marcadas por las cicatrices del acero, recorrían la silueta de Sophia con una mezcla de adoración y una posesividad febril, grabándose en su piel como si fuera la primera y última mujer sobre la tierra. Sophia respondía a cada toque con la misma intensidad, enterrando sus dedos en los hombros anchos del príncipe, entregándose por completo a la abrumadora marea de sensaciones.
Se amaron de forma lenta y profunda, con el ritmo rítmico y oscuro que había comenzado en aquel tango en el palacio, pero que ahora se consumaba en la calidez de la cabaña. El contraste de sus pieles bajo el resplandor del fuego, los suspiros ahogados que se ahogaban en el viento y la entrega absoluta de sus cuerpos sellaron un pacto inquebrantable. Ya no eran dos peones jugando a la defensiva; eran dos almas unidas en la misma oscuridad.
Horas más tarde, cuando la tormenta seguía golpeando los troncos exteriores, Sophia descansaba con la cabeza apoyada en el pecho desnudo de Christopher, escuchando el latido constante y pacífico de su corazón. El príncipe la rodeaba con sus brazos, manteniéndola protegida bajo las gruesas pieles y depositando suaves besos en su frente de vez en cuando. En esa cabaña perdida en mitad de la montaña helada, el amor de los futuros gobernantes del Imperio se había consolidado para siempre, listos para regresar a la civilización y reclamar un trono que, ahora más que nunca, les pertenecía a ambos por igual.