Me contrato para traducir el corazón de su amante.
Terminé enamorándome de él.
Azren solo quería ayudar a Caeleen Valkrum —dios del baloncesto, multimillonario, el hombre más guapo que había visto nunca— a entender al hombre que le rompió el alma.
Pero cada palabra que analizaba, cada secreto que descifraba sobre Darius, lo acercaba más al abismo de caer por Caeleen.
Cuando sus familias pactan su matrimonio, Azren acepta convertirse en el esposo legal del hombre que ama en secreto. Una alianza sellada con papeles, con anillos, con un "sí, quiero" que Caeleen pronunció mirando a otro.
Porque prefiere quemarse en su tormenta a no tener nada de él.
Aunque sabe que, cuando el fuego se apague...
Caeleen seguirá amando a otro.
Y él habrá perdido todo.
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EL ECO DEL DERRUMBE.
Azren salió de la clínica sin poder respirar bien. El aire fuera era frío, pero él sentía el calor de la adrenalina subiéndole por el cuello. Había visto algo que no debía.
Dio media vuelta a la manzana, las manos metidas en los bolsillos, sin rumbo. No podía irse a casa a mirar el techo.
Terminó en un café que frecuentaba, uno de esos lugares con luces tenues y mesas de madera gastada. Pidió un té y ni siquiera lo miró cuando se lo trajeron.
Necesitaba ponerlo en palabras. Sacó su cuaderno, el mismo que usaba para anotar ideas de clase. La página en blanco lo desafió. No iba a escribir Caeleen. Eso sería como admitir que ese hombre ya vivía en su cabeza de alquiler gratis.
Entonces escribió sobre la otra cosa. Lo que había pasado.
Observación de hoy: el control no es paz. Es pelea.
Un hombre puede tener una bestia adentro y mantenerla a raya con puro orgullo. Puede ponerle cerrojos, fingir que no está.
Pero a veces basta una cosa pequeña. Unas flores. Una letra en una tarjeta.
Y la bestia se mueve. No se escapa, pero se agita. Y toda la armadura del hombre tiembla. Su respiración, sus manos, la mirada… todo vibra por un segundo, como si por dentro estuviera despedazándose.
Es lo más raro que he visto. Alguien ganando una batalla que por dentro ya perdió.
Dejó el bolígrafo. Sus propias manos temblaban un poco. Había diseccionado el momento como si fuera un texto en clase, y ahora le daba miedo lo que había encontrado. Lo peor era que quería seguir buscando.
El teléfono vibró. Era Leo.
<<¿Cómo te fue?>>
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Azren tragó saliva. Podía seguir mintiendo, pero necesitaba contarlo.
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<<¿Y?>>
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Los puntos suspensivos de Leo tardaron en llegar.
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Esta vez la pausa fue más larga.
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Azren leyó el mensaje dos veces. Código rojo. Sonaba a algo de verdad, no a un drama inventado.
<<¿Qué pasó con él?>>, escribió, sin poder evitarlo.
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Azren miró su taza de té frío. ¿Quién mandaba flores para hacer daño? Alguien que todavía sentía algo. Alguien que no podía soltar.
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La advertencia estaba clara. Aléjate.
Azren escribió <
Y eso, aunque Leo no lo creyera, lo hacía más interesante. Más humano.
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Azren guardó el teléfono, pero las palabras le quedaron dando vueltas. Código rojo. Herida abierta. Solo queman.
Pero cuando salió a la calle, la noche fría no le dio miedo. Le dio una especie de claridad.
Ahora lo sabía. El tipo detrás del mito estaba roto. Y su punto débil tenía nombre.
Azren Liáng, el profesor que creía en los finales con algo de esperanza, estaba enganchado a una tragedia sin remedio.
Y lo peor no era el desastre.
Era que quería ver qué pasaba después.
Costara lo que costara.