NovelToon NovelToon
ENAMORADO DEL AMANTE.

ENAMORADO DEL AMANTE.

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Matrimonio arreglado / Triángulo amoroso / Completas
Popularitas:8.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Bai Qi

Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?

NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL ECO DEL DERRUMBE.

Azren salió de la clínica y el aire helado le golpeó la cara como una bofetada. Pero no le hizo efecto. Seguía sin poder respirar bien, como si alguien le hubiera apretado el pecho con una venda y se hubiera olvidado de aflojarla.

Había visto algo que no debía.

Había visto a Caeleen Valkrum recibir unas flores y, por un segundo, olvidarse de que existía un público. Había visto cómo se le quebraba algo por dentro, algo que no era la armadura, algo más profundo.

Y Caeleen no lo había visto a él. Ni siquiera había girado la cabeza hacia la ventana. Ni una sola vez.

No fue para mí. Ese saludo, esa sonrisa del otro día... no fueron para mí. Fueron para un fan anónimo. Uno más.

Dio media vuelta a la manzana sin saber adónde iba. Las manos metidas en los bolsillos, la mirada perdida en el asfalto. No podía irse a casa a mirar el techo. En casa lo esperaba la misma pregunta dándole vueltas, y ahora la respuesta le quemaba como ácido.

Caeleen ni siquiera me reconoció hoy.

Terminó en un café de esos que frecuentaba cuando necesitaba pensar. Luces tenues, mesas de madera gastada, olor a café viejo y a silencio. Pidió un té y ni siquiera lo miró cuando se lo trajeron. El vaso humeaba frente a él, pero él miraba la pared sin verla.

Necesitaba ponerlo en palabras. Si no lo escribía, le explotaba dentro.

Sacó el cuaderno. El mismo de siempre. El de las ideas para clase, el de las notas al margen de los libros. La página en blanco lo desafió con su blancura absurda.

Y empezó a escribir.

Observación de hoy:

Hoy vi algo distinto. Vi a un hombre que no sabía que estaba siendo mirado. Que recibió unas flores y, por un segundo, se olvidó de que existía un público. Y en ese segundo, su armadura no tembló por fuera. Se resquebrajó por dentro.

Y yo lo vi.

Esa es la parte que no entiendo. No me vio a mí. Pero yo lo vi a él. Vi lo que esconde. Vi lo que duele. Vi al hombre que hay detrás del monumento.

¿Qué significa eso? ¿Que puedo conocerlo sin que él me conozca? ¿Que mi lugar en esta historia no es ser visto, sino ser el que ve?

Si es así, entonces no necesito que me mire. Necesito seguir mirando. Porque lo que he visto hoy... nadie más lo ha visto. Ni sus fans, ni sus patrocinadores, ni la prensa.

Solo yo.

Y eso, aunque suene a locura, me da un poder que no había considerado. No soy nadie para él. Pero él, sin saberlo, se está dejando ver por mí.

¿Y si eso es suficiente?

Dejó el bolígrafo. Las manos le temblaban un poco. Había escrito el momento como si fuera un texto de clase, con la misma distancia, la misma frialdad académica. Pero lo que había escrito no era frío. Era una confesión.

No miedo a Caeleen. Miedo a sí mismo.

Porque lo que acababa de escribir no era la observación de un profesor. Era la declaración de un adicto. No a Caeleen. A la idea de ser el único que sabe.

Lo que había visto hoy no era a Caeleen Valkrum, la estrella que saluda a los fans. Era a Caeleen, el hombre. El mismo que unos días atrás le había regalado un gesto automático sin saber que existía. El mismo que hoy lo había mirado sin verlo.

Y ese hombre, el de verdad, estaba destrozado por dentro.

Y él había sido el único que lo vio.

Lo peor era que quería seguir buscando. Quería ver más. Quería entender qué más escondía esa armadura. Quería asomarse a la grieta.

El teléfono vibró. Leo.

—¿Cómo te fue? —decía el mensaje.

—Bien. Todo tranquilo —respondió Azren, apretando el teléfono con los dedos fríos.

Mentira. Mentira podrida. Pero no sabía cómo empezar a contar la verdad.

—La bebé está bien —escribió Leo—. Diez dedos, dos ojos, grita como una estrella de ópera. Gracias por preguntar. Ahora dime la verdad: ¿él vino?

Azren tragó saliva. Podía seguir mintiendo. Pero necesitaba contarlo. Necesitaba que alguien más supiera lo que había visto. Para confirmar que no se lo había imaginado. Para que la escena dejara de darle vueltas solo en su cabeza.

—Sí. Vino.

Los puntos suspensivos de Leo bailaron un momento.

—¿Y?

—No vino solo.

Silencio. Luego:

—No me digas...

—Trajeron un ramo para él. Muy caro. De alguien llamado "D".

Esta vez la pausa fue más larga. Azren imaginó a Leo al otro lado, procesando, maldiciendo por dentro, quizás dando una patada a algo.

—Mierda, Azren. Mierda. La "D". Ese tema está muerto.

—Al parecer no lo está. Lo vi, Leo. Se le cambió la cara. Por un segundo pareció que lo apuñalaban. Después se puso más frío. Más... peligroso.

—Escucha —la respuesta de Leo llegó sin adornos, sin bromas, sin el tono de siempre—. ESTO NO ES UN JUEGO. "D" es código rojo. La última vez que pasó algo con esa letra, Caeleen destrozó una bici estática a puñetazos. No es un ex. Es una herida que no cierra. Y tú no quieres meterte ahí.

Azren leyó el mensaje dos veces. Código rojo. Sonaba a verdad, no a drama de tele. A algo con peso de verdad.

Pero había algo que Leo no sabía. Algo que Azren no le había contado.

Que Caeleen lo había saludado como a un fan más. Que ese gesto que le había dado vueltas durante días no era especial. Que hoy lo había mirado sin verlo.

Y que, a pesar de todo, lo que había visto después —el dolor real, la herida, la bestia contenida— era más verdadero que cualquier sonrisa de estrella.

—¿Qué pasó con él? —escribió, sin poder evitarlo.

—No sé. Y no quiero saber. Cosas de su mundo. Contratos, plata, familias metidas... mierda que arruina las cosas simples. El tipo se fue, y Caeleen se convirtió en lo que ves: una máquina que gana partidos y por dentro está hecha trizas. Y las flores...

Otra pausa. Más larga.

—Las flores son lo peor. No son un regalo. Son un recordatorio. Una forma de decir "todavía duele".

Azren miró su taza de té. Ya estaba frío. Como él por dentro. Como todo.

¿Quién mandaba flores para hacer daño? Alguien que todavía sentía algo. Alguien que no podía soltar. Alguien que, quizás, también había sido "nadie" para Caeleen en algún momento.

—Se las llevó —escribió—. Las apretó contra el costado. Como si tuviera miedo de que se las quitaran.

—Claro. Porque para él son lo único real que le queda. Todo lo demás es puro espectáculo. Esas flores, y el dolor que le traen, son lo único verdadero en su vida de mentira. Y ese dolor se lo va a comer vivo. Y a cualquiera que se le acerque.

La advertencia estaba clara. En mayúsculas mentales. Aléjate.

Azren escribió «Entiendo», pero sabía que mentía.

Porque ahora entendía algo que Leo no entendía.

Había dos Caeleen. El de la sonrisa fácil para los fans, el del saludo militar automático, el de los flashes. Y el de las flores, el de la mandíbula tensa, el de la bestia contenida.

Al primero no le importaba ni sabía que él existía.

Al segundo, sin saberlo, le había visto el alma.

Y eso, aunque Leo no lo creyera, lo hacía más interesante. Más humano. Más cerca.

—Bueno, se acabó la charla —finalizó Leo—. Deja de darle vueltas. Y aléjate de ese lío. Algunos fuegos no valen la pena, solo queman.

Azren guardó el teléfono. Pero las palabras le quedaron dando vueltas. Código rojo. Herida abierta. Solo queman.

Salió del café. La noche era fría, de esas que calan los huesos. Pero a él no le dio miedo. Le dio una especie de claridad rara, como si de repente viera las cosas con otros ojos.

La sonrisa del primer día no era para él. El saludo militar, tampoco. Eso era Caeleen en modo estrella, y él era solo un fan anónimo en la multitud. Uno más entre millones.

Pero lo de hoy... lo de hoy era real. Y él lo había visto.

Ahora lo sabía. El tipo detrás del mito estaba roto. Y su punto débil tenía nombre: D.

Y él, Azren Liáng, profesor de literatura con sueldo de profesor y piso de profesor y vida de profesor, había visto ese punto débil. No porque Caeleen se lo mostrara, sino por casualidad. Por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Pero estaba.

Había estado allí. Lo había visto.

Azren Liáng, el que creía en los finales con algo de esperanza, estaba enganchado a una tragedia sin remedio.

Y lo peor no era el desastre. Lo peor era que quería ver qué pasaba después.

Aunque él nunca fuera nadie para Caeleen.

Aunque la próxima vez que se cruzaran, Caeleen volviera a mirarlo sin verlo.

Quería ver.

Costara lo que costara.

1
fryda~
Esto sonó muy personal 🥹
;; Aracnea ♡
Me enganché desde el principio. La historia de Azren y Caeleen me tuvo completamente atrapada, pero salí agotada de tanto drama. Azren me sacaba de quicio con lo sumiso que era, dejando que le pasaran por encima una y otra vez. Caeleen es de esos personajes que amas y odias al mismo tiempo: un imbécil con momentos de brillo. Darius me caía fatal al principio, pero terminé entendiéndolo e incluso sintiendo pena por él. Y León... pobre León, el único cuerdo de toda esta historia, merecía mucho más. 10/10
Fany Torres
excelente trabajo bellísima historia me encantó felicito al autor gracias por compartir su talento con nosotros siga así
Santy
Me gustó mucho. Disfrute la historia, los altos y bajos de emociones que me generó la trama. Recomendadisima!! /Heart/
Santy
El final que merecían 👏🥰..
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play