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REENCARNE EN UNA GORDITA DESPRECIADA.

REENCARNE EN UNA GORDITA DESPRECIADA.

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Mujer poderosa / Reencarnación(época moderna)
Popularitas:31.5k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai

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CAPÍTULO 2: Cinco minutos. Ni uno más.

Las brasas todavía crepitaban cuando el teléfono de Dorotea cortó el silencio.

Cassidy no la vio hacer la llamada. No necesitaba verla. Sabía cómo funcionaban las ratas: en cuanto les pisas la cola, corren a buscar al dueño. Y el dueño de Dorotea no era Emilia. Nunca lo había sido.

Así que se quedó sentada en el sillón de exterior, con las piernas estiradas y los ojos fijos en lo que quedaba de la ropa de Andrea. Un zapato de tacón rojo se resistía a morir: la suela de plástico se había derretido en una masa negra y burbujeante, pero la parte de arriba seguía ahí, retorcida, como una garra saliendo del infierno.

Bonita metáfora, pensó Cassidy. Esa mujer es igualita a ese zapato. Por fuera, roja y brillante. Por dentro, puro plástico barato.

El aire olía a químico quemado, a perfume chamuscado y a victoria.

Cassidy respiró hondo.

Huele bien.

Llegaron en veintiocho minutos.

Cassidy los contó porque no tenía otra cosa que hacer y porque en el Viejo Oeste aprendió que el tiempo importa. Cuando asaltas una diligencia, tienes entre tres y cinco minutos antes de que llegue la siguiente patrulla. Cuando robas una cartera, tienes ocho segundos antes de que el dueño se dé cuenta. Y cuando provocas a alguien con poder, tienes que saber exactamente cuánto tarda en llegar la represalia.

Veintiocho minutos. Eso significaba que estaban lejos. Probablemente en la empresa. En su empresa. Trabajando con su dinero. Juntos.

El auto entró por la reja —otro carruaje negro sin caballos, más pequeño que el del chofer— y frenó con un chirrido frente a la entrada. La puerta del conductor se abrió de golpe.

Sebastián bajó primero.

Cassidy lo vio desde el jardín, a través de las llamas moribundas. Venía con el traje del hospital pero sin la corbata, el cuello de la camisa abierto, el pelo que antes estaba perfecto ahora revuelto. Caminaba rápido. Mandíbula apretada. Ojos de tormenta.

Andrea bajó del otro lado. Tacones altos, vestido ajustado, pelo rubio suelto. Caminaba detrás de él con pasitos rápidos, la cara roja, los ojos húmedos, la boca torcida en un puchero que probablemente le funcionaba de maravilla con los hombres.

Con Cassidy no iba a funcionar ni un poco.

Sebastián cruzó la casa sin detenerse. Cassidy escuchó sus pasos en el mármol del recibidor, en la cocina, en el pasillo. La puerta trasera se abrió de un golpe.

Y ahí estaba.

Parado frente a la fogata, mirando las cenizas, los restos de tela chamuscada, el zapato rojo derretido. Su cara pasó por tres expresiones en dos segundos: confusión, incredulidad y una rabia fría que le endureció los ojos como piedra.

—¿Qué hiciste? —dijo.

No gritó. Lo dijo bajo, controlado, como alguien acostumbrado a que su voz bastara para que el mundo se arrodillara.

Cassidy no se levantó del sillón.

—Limpié mi casa.

—¿Limpiaste tu...? —Sebastián miró las cenizas otra vez. Luego a ella. Luego a las cenizas—. ¿Quemaste la ropa de Andrea?

—Hasta las bragas. Aunque esas ardieron rápido. Tela barata.

Andrea apareció detrás de Sebastián. Vio la fogata. Vio los restos. Reconoció el zapato rojo.

El grito que soltó podría haber roto cristales.

—¡MIS COSAS! —Andrea se llevó las manos a la cabeza—. ¡Sebastián, mis cosas! ¡Mi vestido de Valentino! ¡Mis Louboutin! ¡ERAN MIS LOUBOUTIN!

No sé qué mierda es un Louboutin, pensó Cassidy, pero por cómo grita, debía ser caro.

Andrea giró hacia ella. Los ojos le brillaban con una furia que le deformaba la cara bonita, le quitaba la máscara de dulzura y dejaba ver lo que había debajo: puro veneno.

—¡Estás loca! ¡Estás completamente loca! ¡Esa ropa valía más que tú!

—Puede ser —dijo Cassidy—. Pero la ropa ya es ceniza y yo sigo aquí. Así que calcula tú quién vale más ahora.

Andrea miró a los lados. Junto a la fogata, apoyado contra una maceta, había un palo largo de hierro que usaban para atizar las brasas. Lo agarró con las dos manos y caminó hacia Cassidy con los tacones clavándose en el pasto.

—¡Te voy a partir la cara, gorda estúpida! ¡Te voy a...!

Levantó el palo.

Cassidy se levantó del sillón.

Fue un movimiento lento —el cuerpo de Emilia no daba para acrobacias— pero firme. Cuando Andrea bajó el palo, Cassidy lo agarró en el aire con la mano izquierda. Los dedos gorditos se cerraron alrededor del hierro como una tenaza. Andrea tiró. No se movió.

Cassidy tiró.

El palo salió de las manos de Andrea como si fuera una ramita.

Y antes de que la rubia pudiera retroceder, Cassidy le dio con el palo en la cabeza. No con toda su fuerza —si hubiera usado toda su fuerza le habría abierto el cráneo, y eso habría sido difícil de explicar—. Un golpe seco, medido, justo en la coronilla.

Andrea soltó un alarido y se agarró la cabeza con las dos manos. Cayó de rodillas sobre el pasto, los tacones torciéndose bajo su peso, el pelo rubio desparramándose sobre la cara.

—¡ME PEGÓ! ¡SEBASTIÁN, ME PEGÓ!

Cassidy bajó el palo y lo apoyó en el suelo como un bastón.

—Que sea la última vez que pones un pie en mi casa.

Andrea levantó la cara. Lágrimas, rímel corrido, mocos. Bonita imagen.

—Eras mi mejor amiga —dijo Cassidy, y las palabras no eran suyas pero las sintió arder en la garganta como si lo fueran—. Confiaba en ti. Te abrí las puertas de mi casa, de mi vida, de todo. Y me traicionaste con el hombre que se supone es mi esposo. Si es que a eso se le puede llamar esposo.

Andrea abrió la boca. Nada salió.

—Lárgate.

Un movimiento a la derecha. Sebastián. Venía caminando hacia ella con zancadas largas, la mano derecha levantada, los dedos cerrados en un puño. La cara le ardía de rabia. Iba a golpearla. Iba a golpear a su esposa, a la mujer que acababa de salir de un coma por intentar suicidarse, la iba a golpear ahí mismo, frente a todos.

Claro que sí. Porque eso es lo que hacen los cobardes.

Cassidy no retrocedió.

Levantó el palo y lo bajó sobre el hombro de Sebastián con un golpe limpio.

El sonido fue hermoso. Un crack sólido, de hierro contra hueso, que hizo que Sebastián se doblara hacia la derecha con un gruñido animal. Se agarró el hombro con la otra mano, los ojos desorbitados, la boca abierta.

—¡¿Estás...?!

—Tú tienes tu parte —dijo Cassidy, señalándolo con el palo—. No te corro porque aún no arreglamos cuentas. Pero tu zorra se larga de mi casa. Ahora. En este momento.

Sebastián la miraba. El dolor del hombro le arrugaba la cara, pero había algo más. Algo detrás de la rabia. Algo que Cassidy reconoció porque lo había visto mil veces en las mesas de póker, en los saloons, en los ojos de los hombres que de pronto se daban cuenta de que la mujer que tenían enfrente no era lo que esperaban.

Confusión.

Y algo parecido al interés.

—Emilia...

—Míralos —Cassidy señaló con el palo hacia la casa.

Los empleados estaban ahí. Todos. El cocinero en la puerta de la cocina. La muchacha del trapo detrás de él. El ayudante flaco. El chofer. Y Dorotea, con la mejilla todavía marcada, medio escondida detrás de una columna.

—Sáquenla de aquí —dijo Cassidy—. O se largan con ella.

Silencio.

Nadie se movió.

Cassidy levantó el palo.

El chofer fue el primero. Se acercó a Andrea, que seguía de rodillas en el pasto llorando, y le ofreció la mano.

—Señorita, por favor...

—¡NO ME TOQUES! ¡SEBASTIÁN!

Andrea miró a Sebastián. Sebastián miró a Cassidy. Cassidy lo miró a él con el palo apoyado en el hombro y una ceja levantada.

—Andrea —dijo Sebastián. Despacio. Midiendo cada palabra—. Vete a tu apartamento. Yo te llamo después.

—¡¿QUÉ?! ¡No puedes...!

—Vete. Yo me encargo.

—¡Sebastián, esa loca me pegó! ¡Me quemó todo! ¡Tienes que...!

—Te voy a dar dinero para que compres todo de nuevo. Cada pieza. No te va a faltar nada. Pero ahora necesito que te vayas.

Andrea lo miró con los ojos llenos de lágrimas y la boca temblando. Buscaba en su cara algo —protección, indignación, la promesa de que esto no quedaría así—. Y lo encontró, porque Sebastián le sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario y asintió casi imperceptiblemente.

Te veo, desgraciado, pensó Cassidy. Te veo perfectamente.

Andrea se levantó. Se limpió la cara con el dorso de la mano. Se alisó el vestido. Y caminó hacia la casa con toda la dignidad que le quedaba, que no era mucha considerando que tenía pasto en las rodillas, rímel en las mejillas y un chichón creciéndole en la coronilla.

Antes de entrar, se giró.

—Esto no se va a quedar así, Emilia. Te lo juro.

—Cariño —dijo Cassidy—, la última persona que me juró algo terminó con una bala entre las cejas. Pero tú tranquila.

Andrea palideció. Entró a la casa. Treinta segundos después, la puerta principal se cerró de un portazo.

Un motor arrancó. Un auto se fue.

Silencio.

Cassidy soltó el palo. Le dolía la mano. Le dolía la espalda. Le dolía todo. El cuerpo de Emilia no estaba hecho para confrontaciones físicas y cada músculo se lo estaba cobrando.

Pero no lo iba a demostrar.

Se sentó en el sillón de exterior otra vez. Miró a Sebastián, que seguía de pie, sobándose el hombro, mirándola como si la viera por primera vez en su vida.

—Cinco minutos —dijo Cassidy—. Te espero en la sala. Tenemos que hablar.

—¿Cinco minutos? ¿Tú me estás dando cinco minutos a mí?

—Cuatro minutos y medio. Se te está acabando el tiempo.

Sebastián abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.

—¿Quién eres tú?

La pregunta flotó en el aire entre los dos, mezclada con el olor a cenizas.

Cassidy sonrió.

—Soy tu esposa. ¿No me reconoces?

Se levantó y entró a la casa. Despacio. Con calma. Sin mirar atrás.

La sala era ridículamente grande. Dos sofás blancos, una mesa de cristal, otra pantalla negra en la pared —estas personas ponían pantallas en todos lados como si fueran cuadros—, estanterías con libros que nadie había leído y jarrones que costaban más que un rancho entero.

Cassidy se sentó en el sofá más grande. En el centro. Ocupando espacio.

Sebastián entró a los tres minutos. Se había aflojado el cuello de la camisa y se había pasado la mano por el pelo. Se sentó en el sofá de enfrente. Lejos. Con las piernas abiertas y los codos en las rodillas, la postura de un hombre que quiere parecer relajado pero tiene los nudillos blancos.

Se miraron.

—Habla —dijo él.

—A partir de mañana vuelvo a la empresa —dijo Cassidy—. Y vuelvo al puesto de directora.

Sebastián soltó una risa corta. Seca. Sin humor.

—Emilia, llevas dos años sin pisar la oficina. No sabes ni cómo funciona el sistema nuevo. Yo me encargo de todo. Siempre me he encargado de todo.

—Ya demostraste que no eres de fiar.

La risa se le cortó.

—Dos años —siguió Cassidy, y la voz le salió más grave de lo que esperaba, cargada con los recuerdos de Emilia que le ardían en el pecho—. Dos años de humillaciones. Dos años tratada como basura. Dos años durmiendo en un cuarto de servicio mientras tú te revolcabas con mi mejor amiga en mi cama. ¿Solo por tener unos kilos de más me despreciaste? ¿Solo por eso?

Sebastián no contestó. La mandíbula se le tensó.

—Pues ahora vas a probar una cucharada de tu propia medicina. Esta noche te vas a dormir al cuarto de abajo. Al de la cama chiquita, la colcha gris y el closet de un metro. El que fue mío durante más de un año. Y si no te sirve, lárgate con tu amante.

—¿Perdiste la razón?

—Sí. —Cassidy lo miró directo a los ojos—. La perdí en el mismo momento en que quise acabar con mi propia vida. Así que sí, perdí la razón. Y ahora que no tengo razón, no tengo nada que perder. Así que es lo que hay.

El silencio pesó como plomo.

Sebastián la estudiaba. Los ojos grises iban de su cara a sus manos, de sus manos a su postura, de su postura a sus ojos. Buscando a la Emilia que conocía. A la que agachaba la cabeza. A la que pedía perdón. A la que lloraba en silencio.

No la encontró.

La mujer que tenía enfrente se sentaba como si el sofá fuera un trono. Lo miraba sin parpadear. Hablaba sin temblar. Tenía el mismo cuerpo, la misma cara, el mismo pelo oscuro y los mismos ojos marrones.

Pero no era ella.

¿La cambiaron?, pensó Sebastián. ¿El veneno le dañó el cerebro? ¿El coma le reconfiguró algo? ¿Qué carajo le pasó a esta mujer?

No lo sabía. Y eso, por primera vez en dos años, lo inquietaba.

—Necesito mis tarjetas —dijo Cassidy.

—¿Qué tarjetas?

—Las mías. Las que tu zorra ha estado usando para comprarse su ropita de marca. Se acabó. Necesito comprar ropa decente para este cuerpo. No me pienso volver a poner esos trapos viejos que tenía en el closet.

—Emilia...

—Y ni se te ocurra darle dinero de mis cuentas. Porque lo voy a saber. No más regalos de mi fortuna para ella. Si quieres mantenerla, usa tu dinero. Si es que todavía tienes.

Sebastián apretó los puños sobre las rodillas.

—A partir de ahora yo administro mi dinero —continuó Cassidy—. Yo decido en qué se gasta, cuánto se gasta y quién lo gasta. Y si no te gustan mis reglas... firma el divorcio. Total, para lo que me sirves.

—No podemos divorciarnos —dijo Sebastián, y por primera vez su voz sonó tensa, casi urgente—. Sabes que hay una cláusula que lo impide.

—Siempre hay maneras.

Silencio.

—Por cierto —Cassidy se recostó en el sofá—, quiero leer esas cláusulas. Las del contrato matrimonial. Las que mi padre redactó antes de morir. Antes no las había leído, pero ahora quiero saber todo. Absolutamente todo.

Algo cruzó por la cara de Sebastián. Rápido. Casi invisible. Pero Cassidy lo vio porque llevaba toda una vida leyendo caras en mesas de póker y en asaltos a diligencias: era miedo.

Un destello de miedo puro.

Ahí estás, desgraciado. Ahí está tu punto débil.

—No puedes —dijo Sebastián—. Los documentos están con el abogado de tu padre y él solo responde ante...

—¿Ante quién? ¿Ante ti? —Cassidy ladeó la cabeza—. Porque me parece que el abogado de mi padre responde ante su hija. Y su hija soy yo.

Sebastián abrió la boca.

Cassidy se levantó.

—Buenas noches, Sebastián. Tu cuarto está al fondo del pasillo, pasando la lavandería. La colcha pica un poco, pero te acostumbras.

No esperó respuesta. Caminó hacia las escaleras.

Las malditas escaleras.

Subió. Otra vez. Escalón por escalón, agarrándose del barandal, con las piernas ardiendo y el corazón desbocado. Pero era la tercera vez en el día que las subía y, aunque le costaba horrores, le costó un poco menos que la primera. Un poco. Lo suficiente para notarlo.

Vamos, gordita. Tú puedes. Un escalón más. Otro. Otro.

Llegó arriba. Sudando. Jadeando. Pero arriba.

Caminó directo al despacho de Sebastián.

La puerta estaba abierta. Entró. Cerró. Pasó el seguro.

El despacho era ordenado, impecable, con olor a cuero y colonia cara. Escritorio de caoba, silla giratoria, estantes llenos de carpetas y archivadores. Un computador portátil —los recuerdos de Emilia le dijeron que se llamaba laptop— cerrado sobre el escritorio. Y en la pared, una caja fuerte empotrada.

Cassidy se sentó en la silla giratoria. Giró una vez, porque no pudo resistirse. Luego otra, porque era divertido.

Concéntrate, Boone.

Abrió el primer cajón. Papeles. Contratos. Números que no entendía. Los apartó.

Segundo cajón. Más papeles. Una botella de whisky a medio tomar. Cassidy la miró con cariño, le quitó la tapa, olió. Bueno. Mejor que cualquier cosa que hubiera tomado en Arizona. Le dio un trago largo.

Dios. Esto sí es whisky.

Tercer cajón. Cerrado con llave. Cassidy tiró. No se abrió. Tiró más fuerte. Nada.

En mi época esto se resolvía con un cuchillo y treinta segundos.

Miró alrededor. Sobre el escritorio había un abrecartas de metal. Delgado, puntiagudo. Sonrió.

Hola, viejo amigo.

Las manos de Emilia eran torpes, gordas, sin la memoria muscular de años forzando cerraduras. Pero Cassidy sabía cómo funcionaba un mecanismo simple, y un cajón de escritorio no era una caja fuerte. Metió el abrecartas en la cerradura, lo giró con paciencia, sintió los pines, empujó...

Click.

El cajón se abrió.

Adentro había una carpeta gruesa, de cuero marrón, con las iniciales A.M. grabadas en la esquina.

Aurelio Montero.

Cassidy la abrió.

Documentos. Muchos. Con sellos, firmas, membrete de un bufete de abogados. Lenguaje legal que no entendía del todo, pero los recuerdos de Emilia le ayudaron a descifrar lo básico. Y entre los papeles, una tarjeta de presentación:

Lic. Fernando Castillo HerreraNotaría Pública No. 47 Abogado y Notario — Bufete Castillo & Asociados

Un número de teléfono. Una dirección.

El abogado de tu padre, Emilia. El notario. El que redactó todo esto.

Cassidy sacó la tarjeta y la apretó entre los dedos.

Afuera, los pasos de Sebastián subieron las escaleras. Se detuvieron frente a la puerta del despacho. El picaporte se movió. Una vez. Dos.

—Emilia, abre la puerta.

Cassidy no contestó.

—Emilia. Abre. La. Puerta.

Silencio.

Un golpe. Otro. El picaporte sacudiéndose.

—¡EMILIA!

Cassidy le dio otro trago al whisky. Guardó la tarjeta en el bolsillo de la bata del hospital que todavía llevaba puesta —mañana necesitaba ropa, urgente—. Cerró la carpeta y la dejó donde estaba. No se la iba a llevar. No todavía. No quería que Sebastián supiera que la había encontrado.

Pero ya tenía lo que necesitaba.

Un nombre. Un número. Un hilo del que tirar.

Se recostó en la silla giratoria, con el whisky en una mano y la otra sobre su estómago redondo y suave. Afuera, Sebastián seguía golpeando la puerta y gritando su nombre.

Cassidy cerró los ojos.

¿Sabía llevar una empresa? No. ¿Sabía de leyes, contratos, finanzas? Tampoco. ¿Sabía usar esas pantallitas brillantes que todo el mundo miraba como idiotas? Ni de cerca.

Pero sabía robar. Sabía leer personas. Sabía cuándo alguien escondía un as bajo la manga. Y sabía, con la certeza de alguien que había sobrevivido veinticinco años en el lugar más salvaje del mundo, que el miedo en los ojos de Sebastián cuando mencionó las cláusulas valía más que cualquier papel.

Tenía dinero para aprender. Tenía tiempo para adaptarse. Y tenía algo que Emilia nunca tuvo: la absoluta, inquebrantable, inamovible certeza de que nadie —ni un marido cobarde, ni una amiga traidora, ni un mundo entero que la mirara con desprecio— iba a volver a pisotearla.

Nunca más.

Los golpes en la puerta se detuvieron.

Los pasos de Sebastián se alejaron escaleras abajo.

Cassidy sonrió, le dio el último trago al whisky y se quedó dormida en la silla giratoria, con la tarjeta del abogado en el bolsillo y el olor a cenizas todavía pegado a la piel.

1
Elizabeth Sánchez Herrera
una actitud muy serena por parte de Cassidy
Elizabeth Sánchez Herrera
es
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
mariela
Daniel no esta tan ignorante de los tratos que hace su padre tanto así que la llamo para preguntarle que le dijo a ella que va a ser una desilusión para el pero el viejo lo que quiere es prácticamente ser dueño de la empresa de Emilia si nos ponemos analizar pero ya Rodrigo se dio cuenta que ella sabe mas de lo que el imaginaba aquí comienza la cacería para eliminarla y seguir haciendo sus negocios chuecos.
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Lucy alejo
excelente capitulo que pasara con Daniel
Lucy alejo
tan parecidos y tan diferentes a la vez
mariela
Daniel mi bombón se quedara con la forajida Cassidy porque esta descubriendo paso a paso la verdad y le gusta lo que ve mientras Sebastian lo busca en Google espejo es un chiste pendejo buscar un sueño y nombre en una aplicación.
mariela
Pobre Sebastian cree que jugando con el arrepentimiento se convertirá en víctima no se imagina que la forajida de Cassidy-Emilia es una mujer corrida en 7 plazas y el cuando va ya ella viene de regreso caerá en su propia trampa 😂🤣😂🤣😂🤣
Lucy alejo
Sebastián piensa que Emilia Cassidy es tonta no sabe que cuando el va ella ya viene de regreso 🤭
Mitsuki G
Por razón ese señor Rodrigo no quiere a Emilia cerca de su hijo por qué vera como también le roba que tiene dinero de Emilia como también la usa para ellos pero debería decirle este Daniel sabrá que es lo correcto ya que no es como su padre y está limpio
mariela
Así se esta convirtiendo en una mujer empoderada con el autoestima arriba con menos kilos y mas autosuficiente donde Daniel tiene que ver mucho con ese cambio pero me encanta se retan ella dice que no son nada pero se deja dar sus buenas revolcadas deliciosas 😋😋😋🤤🤤🤤 por su bombón.
Mirta Vega
ansiosa esperando por más 🥰
Limaesfra🍾🥂🌟
vuekve el.perro arrepentido con las orejas caidas, el rabo entre las piernas y el hocico partido😁👅🤣🤣🤣🤣🤣🤣esa es la idea😁🤣🤣
Limaesfra🍾🥂🌟
no mires. no mires caray si miró🤣🤣🤣
Eva Quihuis Romero
empecé a leerla ayer y me atrapó, está buena , esperemos más capítulos!!
Blanca Ramirez
me dejas emocionada autora esperando la reacción de Daniel cuando le cuente lo de su papá 🥰🥰🥰🥰
María Gabriela
💣 me da cosa con Daniel va ser un golpe duro aunque no se llevan bien va a ser duro
Marisel Rio
💕💕💕💕Encanta con tu novela y los maratones 💕💕💕
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖
Betty Saavedra Alvarado
Sebas estás actuando como marido arrepentido consejo de abogados Cassidy es más inteligente que tu
Betty Saavedra Alvarado
Emilia Rodrigo Reyes te vino a comprar le distes dos cachetadas con tus palabras
Betty Saavedra Alvarado
Cassidy Emilia vive dos vidas ahora es más fuerte y valiente nadie la humilla Daniel está con ella
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