Elena: Una talentosa restauradora de arte que perdió la confianza en su talento tras un accidente que le dejó una leve secuela en la mano derecha. Es perfeccionista, un poco retraída y está tratando de reconstruir su vida en un pueblo costero alejado del caos de la ciudad. podrá encontrar su rumbo en este lugar?
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CAPÍTULO 23: EL MURO DE CARGA
Esa mañana amaneció gris plomizo en la capital. Para Julián y Elena, el viaje desde la costa había sido un ejercicio de resistencia silenciosa. Julián conducía el jeep como si fuera un tanque escoltando un tesoro nacional, evitando cada bache y mirando por el retrovisor cada tres segundos para asegurarse de que nadie los seguía. Elena, sentada a su lado, mantenía la mano sobre su vientre, sintiendo que ese pequeño secreto era ahora el motor que le daba una calma sobrenatural.
Al llegar a las escalinatas del juzgado, un enjambre de periodistas los rodeó. Los flashes estallaban como relámpagos de magnesio.
—¡Señor Torres! ¿Es cierto que la señora Valente está embarazada y eso afectará su testimonio?
—¡Elena! ¿Cómo responderá a las acusaciones de inestabilidad emocional?
Julián no respondió con palabras. Pasó su brazo protector por los hombros de Elena, pegándola a su costado, y usó su cuerpo como un rompeolas para abrir paso entre la multitud. Su mirada era de acero; no era el arquitecto hundido de hace unos meses, era un hombre defendiendo su hogar.
—Si vuelven a acercar un micrófono a menos de un metro de mi mujer, yo mismo me encargaré de que no vuelvan a grabar nada en su vida —gruñó Julián con una voz tan baja y peligrosa que los reporteros retrocedieron instintivamente.
Dentro del edificio, el ambiente era gélido. En el pasillo que conducía a la sala de evaluaciones psicológicas, se encontraron con su peor pesadilla: el hijo de Garrido, impecable en su traje de tres mil euros, apoyado contra la pared con una sonrisa de suficiencia.
—Vaya, la feliz familia —dijo el joven Garrido, ajustándose los gemelos de oro—. Disfruten de la visita al médico. Es una pena que una madre primeriza tenga que pasar por este estrés... pero claro, la ley exige testigos que sepan distinguir la realidad de sus fantasmas.
Julián dio un paso al frente, sintiendo que la sangre le hervía, pero Elena le puso una mano en el brazo. Su tacto fue suficiente para anclarlo.
—La realidad es muy simple, señor Garrido —dijo Elena, mirándolo a los ojos con una frialdad que desarmó al joven—. La realidad es que su padre es un corrupto y usted es un cobarde que se esconde detrás de evaluaciones psiquiátricas porque tiene miedo de lo que una mujer emocionalmente inestable puede hacerle a su imperio de cartón-piedra.
—¡Ejem! —La voz de Saúl, el abogado, resonó en el pasillo—. Entremos. No perdamos el tiempo con la calderilla del caso.
La evaluación fue una tortura de preguntas capciosas diseñadas para hacer flaquear a Elena. Sin embargo, ella respondió cada una con la precisión de un bisturí de restauración. Julián esperaba fuera, caminando de un lado a otro, desgastando el mármol del suelo.
—Tranquilo, niño, que vas a abrir un agujero hasta el sótano —dijo una voz familiar.
Era doña Rosario, que había insistido en viajar en el asiento de atrás del jeep, apretada entre cajas de herramientas, solo para asegurarse de que el aire de la ciudad no los contaminara. Venía acompañada de Tato, que intentaba grabar de incógnito con una cámara oculta en su gorra.
—Rosario, la están presionando —dijo Julián, deteniéndose—. Están usando su pasado, el accidente, todo.
—Elena no es un lienzo viejo que se rompa al primer roce, Julián —sentenció la anciana—. Es madera de teca. Cuanto más la mojas, más fuerte se pone. Y tú, deja de ser el arquitecto y empieza a ser el marido. Entra ahí cuando salga y recuérdale quién es.
Cuando la puerta finalmente se abrió, Elena salió con la cabeza alta, aunque sus ojos mostraban el agotamiento de la batalla. Julián corrió hacia ella, tomándola del rostro con ambas manos.
—¿Estás bien? ¿Te han hecho daño? —preguntó él, escaneando su cara con una angustia romántica que hizo que un par de secretarias del juzgado se detuvieran a mirar.
—Estoy bien, Julián —susurró ella, dejándose envolver por su calor—. El psiquiatra forense... creo que ha visto la verdad.
En ese momento, el doctor salió de la sala. Era un hombre mayor, de mirada severa, que ajustó sus gafas mientras miraba a los abogados de Garrido, que esperaban ansiosos.
—He terminado mi informe —dijo el doctor—. Mi conclusión es que la señora Valente no solo posee una estabilidad emocional ejemplar, sino que su estado de gestación ha agudizado su sentido de la responsabilidad y la memoria. Si intentan invalidarla de nuevo por este motivo, presentaré una queja formal por acoso procesal.
Julián soltó un suspiro que fue casi un sollozo de alivio. Alzó a Elena y le dio un beso tan apasionado y largo en mitad del pasillo judicial que hasta doña Rosario tuvo que taparle los ojos a Pincel (que milagrosamente se había quedado en el coche, pero cuyo espíritu parecía estar allí).
—¡Toma ya! —gritó Tato—. ¡Esto va directo al canal! la justicia tiene ojos de madre. ¡Tres millones de likes asegurados!
Julián y Elena salieron del juzgado de la mano, mientras los periodistas volvían a rodearlos. Pero esta vez, Julián no se escondió. Se detuvo en el último escalón, abrazó a Elena protectoramente por la cintura y miró a las cámaras.
—Escuchen bien —dijo con voz clara—. El juicio empieza pasado mañana. Y no solo vamos a demostrar que mi mujer es la testigo más lúcida de este país, sino que vamos a reconstruir todo lo que los Garrido intentaron destruir. Incluyendo este pueblo y nuestra vida.
El regreso a la costa fue una celebración silenciosa. Julián no dejó de tomarle la mano a Elena durante todo el trayecto. Ese dia cerraba con una gran victoria táctica. Habían superado el intento de desprestigio, pero sabían que los Garrido, acorralados, jugarían su última carta en el tribunal.
sin embargo, en el asiento de atrás, Rosario sonreía. Sabía que un hombre que lucha por su mujer y su hijo por nacer es una estructura que ningún terremoto legal puede derribar.