Cuando Valeria decide empezar de nuevo en una ciudad que no conoce, lo último que espera es que un simple error cambie su vida para siempre.
Un mensaje enviado a la persona equivocada la conecta con Daniel, un hombre que también está intentando dejar atrás su pasado.
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Líneas que se cruzan
Mateo no dijo nada al principio.
Solo la miró.
Sus ojos recorrieron el rostro de Sofía, las lágrimas, la forma en que sus manos temblaban. El impulso de abrazarla fue inmediato… pero algo en su expresión lo detuvo.
—¿Quién estuvo aquí? —preguntó finalmente.
La pregunta no fue agresiva.
Pero tampoco fue suave.
Sofía sintió el nudo en su garganta apretarse.
—Daniel.
El silencio cayó como una pared entre los dos.
Mateo bajó la mirada un segundo. Cuando volvió a alzarla, su expresión ya no era la misma.
—¿Y qué quería?
—Hablar. Cerrar las cosas.
Mateo dejó escapar una risa corta, sin humor.
—¿A las once de la noche?
—Mateo, no fue planeado.
—¿Se fue… o todavía hay algo que no me estás diciendo?
La pregunta dolió.
No por lo que insinuaba.
Sino porque Sofía entendía por qué la hacía.
—Se fue —respondió ella—. Y no pasó nada.
Mateo asintió lentamente.
Pero sus hombros estaban tensos.
—¿Y por qué estás así?
Sofía abrió la boca… y las palabras salieron sin filtro.
—Porque lastimé a alguien que me amaba. Porque no sé si estoy lista para empezar algo nuevo. Porque siento que todo lo que toco termina rompiéndose.
Mateo guardó silencio.
Un silencio largo.
Demasiado largo.
—¿Y yo qué soy en todo esto? —preguntó al fin—. ¿El siguiente en la lista?
Sofía dio un paso hacia él.
—No digas eso.
—Entonces dime qué soy, Sofía. Porque a veces siento que soy tu refugio… pero no tu decisión.
Las palabras cayeron pesadas.
Y por primera vez, Sofía sintió que podía perderlo.
—No eres un refugio —dijo, con la voz temblando—. Eres la razón por la que tuve el valor de cambiar mi vida.
—Pero no soy la razón por la que estás segura —respondió él.
El silencio volvió.
Más tenso.
Más cargado.
—Necesito saber si estás aquí conmigo —continuó Mateo—. No a medias. No mientras todavía miras hacia atrás.
—¡No estoy mirando atrás! —exclamó Sofía, herida.
—Entonces ¿por qué sigues dudando?
Porque tenía miedo.
Porque amar otra vez significaba arriesgarse a destruir algo bueno.
Pero Mateo no estaba viendo su miedo.
Estaba viendo distancia.
—No puedo pelear contra tus fantasmas, Sofía —dijo él, con voz baja—. Ni contra tu pasado.
Ella sintió un golpe en el pecho.
—No te estoy pidiendo que pelees.
—Entonces deja de hacerme sentir como si tuviera que hacerlo.
El aire entre ellos se volvió pesado.
Tenso.
Doloroso.
Y entonces, lo peor.
—¿Todavía lo amas? —preguntó Mateo.
La pregunta fue un disparo directo.
—No es eso…
—Respóndeme.
Sofía dudó.
Solo un segundo.
Pero ese segundo fue suficiente.
Mateo retrocedió como si hubiera recibido un golpe.
—Lo sabía.
—¡No! —dijo ella, desesperada—. No es amor, Mateo. Es historia. Es culpa. Es todo lo que vivimos.
—Pero todavía está dentro de ti.
El silencio que siguió fue más frío que cualquier discusión.
Mateo pasó una mano por su cabello, frustrado.
—Yo no puedo ser una opción, Sofía.
Sus ojos brillaban.
De enojo.
De miedo.
De algo que él mismo no sabía manejar.
—No quiero competir con nadie. Ni con un recuerdo.
Sofía sintió las lágrimas regresar.
—No estás compitiendo.
—Entonces demuéstralo.
Ella dio un paso más cerca.
—No te vayas.
Mateo la miró.
Y por un segundo, pareció que iba a quedarse.
Pero luego negó suavemente.
—Cuando alguien duda de mí… yo me voy antes de que me rompan.
Se dio la vuelta.
Cada paso hacia el ascensor se sintió como una despedida.
—Mateo… —susurró ella.
Pero él no se detuvo.
Las puertas del ascensor se cerraron.
Y el silencio que quedó en el pasillo fue insoportable.
Sofía regresó al apartamento lentamente.
Se dejó caer en el suelo, apoyando la espalda contra la puerta.
Ahora no había pasado.
Ni futuro.
Solo un presente lleno de culpa, miedo y decisiones mal calculadas.
Y por primera vez desde que Mateo había aparecido en su vida…
Sofía sintió algo peor que el dolor.
Sintió que tal vez…
lo estaba perdiendo.
El daño que se está incubando arrasará como un huracán con los tres, devastadoramente. No te arriendo la ganancia.