Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.
Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.
Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.
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Capítulo 17: El precio de ser alguien
...~Adrián~...
La mansión de sus padres estaba en la zona residencial más exclusiva de la ciudad, pero no era de esas que gritan su estatus con columnas falsas o fuentes descomunales. Era una construcción señorial de líneas clásicas, con muros de piedra caliza que el tiempo había suavizado y ventanales que parecían medir la luz antes de dejarle entrar. El jardín delantero, cuidado con la precisión de quien no necesita demostrar nada, dejaba entrever el camino de grava que llevaba a la puerta principal.
Adrián había crecido entre esos muros, pero cada vez que volvía, le parecían más ajenos. Como si pertenecieran a otra persona. A otro Adrián.
Hoy había venido a ver a su madre. Necesitaba contarle lo de la clínica, el proyecto grande, la emoción de los últimos días. Sabía que ella lo entendería, ella siempre lo entendía todo. Pero cuando entró al salón, su padre estaba allí.
Ignacio Guerrero, sentado en uno de los sillones de cuero junto a la chimenea apagada, con el periódico financiero en una mano y una taza de té en la otra. Vestía una chaqueta de tweed que podría haber pertenecido a su abuelo, y toda su figura transmitía esa solidez tranquila de quien sabe que su lugar en el mundo está asegurado desde antes de nacer. Al ver a su hijo, levantó la vista sin prisas.
—Adrián. —No era una pregunta, era una constatación. Cerró el periódico y lo dejó a un lado—. No sabía que venías.
—Hola, papá. Vine a ver a mamá.
—Está en el jardín. Con sus rosas.
Adrián asintió y se dirigió hacia la puerta del fondo, pero la voz de su padre lo detuvo antes de cruzar.
—¿Cómo va eso del estudio?
La pregunta sonó casual, pero Adrián conocía a su padre lo suficiente para saber que nada en él era casual. En esta casa, hasta los silencios estaban medidos.
—Bien. De hecho, hoy tengo buenas noticias que contarle a mamá.
—Ah, ¿sí? —Ignacio arqueó una ceja, con ese gesto suyo que no era ni aprobación ni desdén, solo... atención—. Cuenta.
Adrián dudó. Podía quedarse y contarle, pero algo en el aire de la habitación, en la forma en que su padre lo miraba desde su sillón, como si él fuera todavía un niño con proyectos de niño, le hizo sentir que no sería una conversación cálida.
—Después, papá. Primero saludo a mamá.
Salió al jardín y encontró a Sofía inclinada sobre un rosal, con las manos protegidas por guantes de cuero y ese sombrero de paja que usaba desde que Adrián tenía memoria. El jardín era su reino, el único lugar donde se permitía no ser perfecta.
—Mamá.
Ella se giró y al verlo su rostro se iluminó con esa calidez que solo las madres tienen.
—¡Adrián! —Dejó las tijeras y se quitó los guantes para abrazarlo—. Hijo, qué alegría. ¿Por qué no avisaste?
—Quería darte una sorpresa. —La abrazó fuerte, sintiendo el calor de siempre, el olor a tierra y a crema de manos que llevaba asociado a la infancia—. Además, tengo algo que contarte.
—¿Algo bueno?
—Muy bueno.
Se sentaron en los sillones de mimbre de la terraza, con el jardín desplegándose ante ellos como un cuadro viviente. Una doncella apareció con una bandeja de plata, dos tazas de café y un plato de pastas que nadie había pedido. Sofía la agradeció con un gesto mínimo, casi imperceptible, y la chica se retiró en silencio. Así funcionaban las cosas en esta casa: sin aspavientos, sin órdenes, sin necesidad de levantar la voz.
—Me aceptaron el proyecto de la clínica —dijo Adrián, y las palabras le siguieron sabiendo a triunfo—. La de tres plantas. La grande.
Los ojos de Sofía se abrieron de par en par.
—¿La que presentaste hace un mes? ¿La que decías que era imposible?
—Esa misma.
—¡Adrián! —Sofía se inclinó y le apretó la mano—. ¡Qué orgullo, hijo! ¡Qué orgullo!
Adrián sonrió, sintiendo que por fin alguien entendía la magnitud de lo que había conseguido.
—Tienes que contármelo todo. ¿Cómo fue? ¿Cuándo empiezas? ¿Necesitas ayuda?
—Con calma, mamá. Sí, empiezo la semana que viene, y sí, necesito ayuda. De hecho, voy a tener que contratar a alguien. Valeria no da abasto y yo tampoco.
—¿Contratar? —La voz llegó desde la puerta de la terraza.
Ignacio estaba allí, apoyado en el marco de madera, con las manos en los bolsillos y esa expresión que Adrián conocía bien. Era la misma que ponía cuando algo no le gustaba pero todavía no había decidido si merecía la pena discutirlo. Vestía ahora un jersey de cashmere gris, sencillo, que probablemente costaba más que el sueldo mensual de Valeria.
—Papá —dijo Adrián, y su tono se volvió más cauteloso—. Sí, voy a contratar a un diseñador junior. Con el proyecto de la clínica, puedo permitírmelo.
Ignacio se acercó lentamente, con ese paso pausado que tenía, y se sentó en el tercer sillón, el que siempre había sido suyo. No pidió café; sabía que en algún momento aparecería. Y así fue: a los pocos segundos, la doncella salió con otra taza y se la ofreció en silencio.
—No es cuestión de que puedas permitírtelo o no —dijo Ignacio, bebiendo un sorbo—. Es cuestión de para qué.
Adrián sintió el cambio de aire.
—¿Para qué?
—Para qué te complicas, Adrián. Para qué necesitas crecer, contratar gente, meterte en proyectos cada vez más grandes. —Ignacio dejó la taza sobre la mesita de mimbre, con un gesto preciso—. Esto era un hobby. Un hobby que te hacía feliz, y a mí me pareció bien, todos necesitamos algo que nos distraiga. Pero ahora empieza a parecer... otra cosa.
—¿Otra cosa?
—Una prioridad. —La palabra cayó con peso—. Y tu prioridad no puede ser esa.
Adrián apretó la mandíbula. A su lado, Sofía permanecía en silencio, pero su mano, todavía apoyada en la de él, apretó ligeramente.
—¿Cuál es mi prioridad, papá?
Ignacio lo miró. Sus ojos, del mismo color miel que los de Adrián pero con un brillo más duro, más evaluador, se posaron en él como si estuviera haciendo un balance.
—Tú sabes cuál es. La familia. Las empresas. Tu posición. —Hizo una pausa—. Alejandro.
—Alejandro no me mira.
La frase salió sin filtro, y hasta Adrián se sorprendió de su propia honestidad. Ignacio parpadeó, una vez, la única señal de que algo le había afectado.
—Eso no importa —dijo—. Los matrimonios de conveniencia no se construyen sobre miradas, se construyen sobre alianzas. Y la tuya con Alejandro es la alianza más importante que hemos hecho en décadas.
—¿Y yo? —La voz de Adrián tembló ligeramente, pero se mantuvo firme—. ¿Dónde estoy yo en esa alianza?
—Tú eres la pieza que la hace posible —Ignacio lo dijo con naturalidad, sin maldad, como quien enuncia un hecho objetivo— y no tiene nada de malo. Todos somos piezas, Adrián. Yo lo fui para mi padre, tu madre lo fue para el suyo y hemos tenido una buena vida. Una vida digna.
—¿Digna? —Adrián sintió que algo se rompía dentro de él, pero no era dolor, era otra cosa. Determinación—. ¿Tú consideras digno vivir esperando que alguien te mire? ¿Consideras digno sentarse en reuniones donde no pintas nada, solo para que los accionistas vean que la familia está unida? ¿Consideras digno renunciar a lo que realmente amas?
Ignacio lo miró en silencio. Luego, con una calma que helaba, respondió:
—Considero digno asegurarme de que mis nietos no pasen necesidades. Considero digno mantener lo que mis padres construyeron. Considero digno hacer lo que hay que hacer, aunque no sea lo que uno soñaba de niño. —Se inclinó ligeramente hacia adelante—. La vida no es un cuento de hadas, Adrián. No sé quién te ha metido esas ideas en la cabeza, pero cuanto antes las olvides, mejor.
—No son ideas. Es mi vida.
—Tu vida ya está decidida. —Ignacio se levantó, dando la conversación por terminada—. Te casas con Alejandro, unes las familias, y cuando nosotros no estemos, el imperio seguirá. Eso es tu vida. Lo otro... —hizo un gesto vago hacia el jardín, hacia todo lo que no era la mansión—. Lo otro es un pasatiempo. Un pasatiempo muy bonito, pero un pasatiempo. No lo confundas.
Se disponía a entrar en la casa cuando Adrián habló.
—No voy a renunciar a mi estudio.
Ignacio se detuvo, pero no se giró.
—No voy a renunciar a lo que soy. —Adrián se levantó también, y su voz ya no temblaba—. Haré mi papel. Iré a las reuniones, sonreiré para las fotos, seré el omega perfecto que todos esperan. Pero el estudio es mío. Y no voy a dejarlo.
Silencio.
Ignacio se giró lentamente. Su expresión era ilegible.
—¿Y cómo piensas hacer eso? ¿Compatibilizar tu "verdadera vocación" con tus obligaciones? Porque las reuniones no van a esperar a que termines tus dibujitos.
—Las reuniones son una vez a la semana os eventos, de vez en cuando. Tengo tiempo.
—No tienes tiempo. Tienes lo que yo te dejo tener. —Ignacio dio un paso hacia él—. Mientras vivas bajo este apellido, mientras te llames Guerrero, mientras uses el dinero y la posición que esta familia te da, harás lo que se espera de ti. No me importa que tengas un hobby pero en el momento en que ese hobby empiece a interferir con tus obligaciones, tendremos un problema.
Adrián sintió el golpe. No era una amenaza vacía, era la voz del patriarca, la misma que había mantenido el imperio intacto durante décadas.
—No uso dinero de la familia para el estudio —dijo, con la voz más firme de lo que esperaba—. Todo lo que gano, lo reinvierto. Si algún día necesito ayuda, pediré un préstamo como cualquier persona, no quiero deberle nada a nadie.
Ignacio lo miró largamente. Luego, algo en su expresión cambió. No era aprobación, no era respeto. Era quizá... sorpresa, o el principio de algo que Adrián no supo identificar.
—Haz lo que quieras —dijo al final, con un tono cansado—. Total, siempre haces lo que quieres.
Se dio la vuelta y entró en la casa, dejando a Adrián y a Sofía en la terraza.
El silencio se instaló entre ellos, Adrián se dejó caer en el sillón, de repente agotado. Sofía se levantó, fue hacia él y le acarició el pelo, como hacía cuando era niño.
—Lo siento, hijo.
—Tú no tienes que sentir nada, mamá.
—Lo siento por él, porque no sabe ver. —Su mano siguió acariciándole el pelo, suave, rítmica—. Pero yo sí te veo. Y estoy orgullosa.
Adrián cerró los ojos. Por un momento, fue otra vez el niño que necesitaba que su madre le dijera que todo iba a estar bien.
—¿Crees que tiene razón? —susurró—. ¿Crees que esto es solo un capricho?
—¿Tú qué crees?
—Creo que es lo único que realmente me pertenece.
Sofía se arrodilló frente a él y lo miró a los ojos.
—Entonces no es un capricho, es lo que eres; y nadie, ni siquiera tu padre, puede quitarte eso.
Adrián la miró y por primera vez en mucho tiempo, se sintió en casa. No en la mansión, no en esa terraza con vistas al jardín perfecto. En la mirada de su madre.
—Gracias, mamá.
—No me des las gracias. Vive. Vive de verdad. Yo no pude, pero tú sí.
Se abrazaron en silencio, mientras la tarde caía sobre el jardín y las primeras sombras empezaban a alargarse.
Sofía se separó lentamente, pero mantuvo las manos en los hombros de Adrián. Había algo más en su mirada, algo que no había salido antes.
—Hijo, ya que estás aquí... tengo que recordarte algo.
Adrián la miró, esperando.
—La reunión de planificación de la boda es en dos días. La wedding planner confirmó y yo estaré allí. —Hizo una pausa—. Tú dijiste que querías supervisar personalmente la decoración, ¿recuerdas?
Adrián sintió un peso en el estómago. La boda. Ese evento que en su primera vida había sido su obsesión y que ahora le parecía tan lejano, tan ajeno.
—Mamá, ahora mismo tengo mucho trabajo. La clínica, los proyectos...
—Lo sé. —La voz de Sofía era suave, pero firme—. Pero esto es importante. Tú te comprometiste a estar al frente de la decoración, y te estarán esperando. No puedes dejarlos plantados.
—No es que quiera dejarlos plantados, es que...
—Adrián. —Su madre lo miró fijamente—. Por favor ve, es solo una reunión. Luego vuelves a tu estudio y sigues con tus cosas. Pero necesitan verte allí.
Adrián sostuvo su mirada un momento. Luego suspiró, un suspiro largo, cansado, que parecía venir de muy adentro.
—Vale —dijo—. Iré.
Las palabras le supieron a derrota nada más pronunciarlas y entonces, como un latigazo, le llegó el recuerdo de lo que le había dicho a Sergio: "Alejandro no merece tu amor. No merece el mío."
Lo había dicho convencido. Lo sentía. ¿Por qué entonces seguía adelante?
La respuesta le apretó el pecho. Porque no era solo él. Porque si cancelaba la boda, su madre pagaría las consecuencias, Sofía, que ya había renunciado a todo, sería la primera en sufrir la ira de Ignacio. Porque su tío Javier, el que se atrevió a desafiar al patriarca, había sido desheredado y había pasado años construyendo desde cero. Y él era un alfa. ¿Qué posibilidades tendría un omega solo, sin familia, sin respaldo? Porque los contratos estaban firmados; la alianza con Torres Tech era un monstruo con patas legales que no podía detenerse así nomás.
Saber que Alejandro no lo merecía era una cosa. Poder hacer algo al respecto era otra muy distinta.
No había entusiasmo en su voz, ni una pizca. Era la aceptación de una obligación, de un papel que tenía que interpretar aunque no le quedara ninguna ilusión.
Sofía lo notó, claro que lo notó, pero no dijo nada. Solo asintió, con una tristeza silenciosa, y le apretó la mano.
—Gracias, hijo.
Adrián no respondió. Se quedó mirando el jardín, las rosas, la luz que empezaba a teñirse de naranja. Pensó en la clínica, en los planos sobre su mesa, en todo lo que tenía que hacer. Y pensó en esa reunión, en las muestras de tela, en las discusiones sobre colores y flores, en todo lo que ya no le importaba.
Pero iría. Porque había que ir. Porque ese era su papel.
Cuando salió de la mansión, el aire de la noche le supo a libertad a medias. No había ganado, no del todo, pero había plantado cara, había dicho lo que sentía. Había defendido lo suyo. Y también había aceptado una obligación que no deseaba así era esto. Así era su vida.
Por primera vez en mucho tiempo, se sintió orgulloso de sí mismo y también un poco cansado.
Subió al coche y arrancó. Mientras conducía hacia su estudio, hacia su vida, hacia todo lo que estaba construyendo, pensó en las palabras de su padre.
"Tu trabajo es otro."
No, papá, pensó, mi trabajo es este, mi vida es esta. Y aunque tenga que cumplir con el papel, aunque tenga que sonreír para las fotos y sentarme en reuniones que no me importan, nunca más voy a dejar que me convierta en un adorno. Pero, pensó mientras el coche se perdía en la noche, que cansancio da tener que demostrarlo siempre.
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕