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La Obsesión Del Alemán

La Obsesión Del Alemán

Status: En proceso
Genre:Dominación / Pareja destinada / Amor eterno
Popularitas:10k
Nilai: 5
nombre de autor: Leidy Ocampo

Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.

NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

UN MONSTRUO HA REGRESADO

Giselle

Me alejé de Dexter tan rápido como mis piernas me lo permitieron. Sentía el pulso acelerado, la respiración descontrolada y un temblor extraño en las manos. Ese hombre… dios, era un completo idiota. Un idiota peligroso, encantador y demasiado consciente de que movía algo en mí.

Me reí por dentro, una risa seca, incrédula.

¿Quién carajos se creía?

¿Quién se metía de esa manera en un camerino ajeno, me acorralaba contra la pared y casi… casi me besaba?

Ni siquiera quería admitir que una parte de mí había querido ese beso.

Sacudí la cabeza y seguí mi camino por el pasillo, ignorando cómo aún me ardía la piel donde él me había tomado de la cintura.

Por suerte, la noche no duró demasiado después de eso. Bailé un par de canciones más, atendí dos mesas, soporté miradas insistentes de borrachos y cumplí con el turno como si nada hubiera pasado.

Cuando Ross dio el cierre final, me cambié, me quité el traje plateado, guardé todo en mi bolso y me puse la chaqueta larga.

Nadie debía ver lo que había debajo.

Nadie debía ver nada de mí, nunca.

Era la manera en la que había sobrevivido estos dos años.

—Chao, Milene —me gritó JJ desde la barra.

—Descansa, JJ —respondí con una sonrisa cansada.

Caminé hacia la salida.

Thesa no estaba esta noche; su reunión familiar la había dejado ocupada.

Así que debía volver sola.

No era la primera vez.

Metí las manos en los bolsillos y salí del club Eclipse, dejando atrás las luces, la música y el ambiente intoxicante del lugar. Afuera, el clima era frío, pero no tanto como para cortar la piel. Berlín siempre era así: indiferente, helada y extrañamente protectora cuando nadie preguntaba por ti.

Tomé la calle larga, la misma de siempre, iluminada intermitentemente por farolas que parpadeaban como si fueran a apagarse.

Ya quería llegar a mi departamento, meterme en la ducha y borrar el día de mi cuerpo.

Caminé dos cuadras, crucé una más…

Y justo cuando iba a pasar al otro lado de la avenida, una mano fuerte me agarró del brazo.

Me paralicé.

—Suéltame —solté de inmediato, intentando apartarme, sin mirarlo, pensando que sería algún idiota borracho.

Pero esa voz.

Esa maldita voz.

Congeló mi sangre.

—¿De verdad creíste que podías esconderte de mí?

Todo mi cuerpo se quebró por dentro.

Giré lentamente…

Y ahí estaba.

Liam Grayson.

Mi pesadilla hecha carne.

Mi pasado de pie frente a mí.

—No… —susurré, retrocediendo un paso—. No… no puede ser tú. No…

Él sonrió con esa sonrisa oscura que me daba náuseas, esa que ya conocía demasiado bien.

—Te encontraría en cualquier parte, Giselle. —Acercó su rostro al mío, olfateando como un depredador—. No importa cuánto te cubras.

Me jaló de golpe, y mis manos temblaron al intentar empujarlo.

—No, Liam… por favor. Suéltame. Aléjate.

—¿Aléjarme? —soltó una carcajada amarga, enferma—. ¿Después de lo que hiciste? ¿Después de cómo te fuiste?

Negué desesperada.

—Liam, suéltame. Déjame ir. Yo… yo no soy la misma, ya no—

Me tomó de la nuca sin avisar y tiró.

Mi peluca cayó al suelo.

Mi cabello rojo cayó en cascada sobre mis hombros.

—Eso es —murmuró, oliendo su triunfo—. Mucho mejor. Siempre supe que eras tú. Te reconozco hasta en la oscuridad.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Por favor… —no sabía qué más decir—. Vete. No me hagas esto. Déjame en paz.

Pero él apretó mi brazo con más fuerza, y su mirar se volvió cruel.

—Así uses lentes de contacto, así te escondas, así cambies de nombre… siempre te voy a encontrar. —Su mirada bajó a mi ropa—. Y ahora trabajas en un club… claro. Tenía que ser así.

—No—. Mi voz se quebró—. Eso no es—

—¿Qué? ¿Una casualidad? —dijo con sarcasmo venenoso—. Ahora eres una puta, ¿no? Bailando para cualquiera que pague. Qué conveniente.

Me empujó contra la pared cercana, y un grito escapó de mi garganta.

—Liam, por favor, no. Yo no—

—Vamos —dijo con una calma aterradora, como si estuviera hablando del clima—. Quítate esto.

Su mano bajó hacia el botón de su pantalón.

Mi respiración se cortó.

Todo mi cuerpo se paralizó por el terror más antiguo que tenía.

No. No. No. No otra vez.

Lo empujé con todas mis fuerzas, pero él casi no se movió.

—Así que andas de ofrecida… mostrando tu cuerpo en ese club —escupió—. Pues te voy a tratar como lo que eres ahora.

—¡NO! —grité, forcejeando, intentando apartar sus manos, sintiendo cómo el miedo nublaba mi vista—. ¡Déjame! ¡SUÉLTAME!

Me retorcí con todas mis fuerzas, clavándole las uñas en el brazo hasta sentir su piel ceder bajo mis dedos.

—¡Suéltame, Liam! —mi voz salió rota, pero no débil—. ¡Suéltame ahora!

Él soltó una risa baja, áspera, que me heló la sangre.

—Siempre tan dramática, Giselle.

Ese nombre. Ese maldito nombre en su boca.

—No me llames así —susurré, tratando de zafarme—. No tienes derecho.

—Tengo todos los derechos —escupió, acercando su rostro al mío—. Desapareciste sin una palabra. Me dejaste como un idiota buscándote por media Alemania.

—No te debía nada —respondí, aunque la voz me temblaba—. Nada.

Su mano se cerró con más fuerza en mi brazo.

—Me pertenecías.

Sentí que el aire me abandonaba.

—Nunca fui tuya.

—Claro que sí —dijo entre dientes—. Lo eras cuando llorabas y me pedías que no me enojara. Lo eras cuando decías que me amabas.

Las lágrimas se acumularon en mis ojos, pero no por nostalgia.

Por rabia.

—Tenía diecinueve años —le escupí—. Y estaba asustada.

—Y sigues asustada —susurró, notando cómo mi cuerpo temblaba—. Mírate. No has cambiado nada.

Eso encendió algo dentro de mí.

—Sí cambié —lo miré directo a los ojos, obligándome a no apartar la vista—. Me fui. Eso es cambiar.

Su expresión se endureció.

—Te fuiste porque alguien te metió ideas en la cabeza.

—Me fui porque iba a morirme si me quedaba.

El silencio entre nosotros fue pesado, eléctrico.

Sus dedos aflojaron apenas un segundo, pero luego su mandíbula se tensó.

—Siempre exagerando.

—¿Exagerando? —sentí la histeria subir por mi garganta—. ¿Eso también fue exageración? ¿Las veces que me encerraste? ¿Las veces que—?

Me callé. No podía seguir. No ahí. No así.

Él me observó, evaluándome.

—Sigues siendo mía —repitió, más bajo—. Puedes cambiarte el cabello, ponerte lentes, llamarte Milene… pero yo sé quién eres.

—No soy esa chica —dije, casi sin aire.

—Lo eres cuando tiemblas así.

Odié que tuviera razón. Odié que mi cuerpo lo traicionara.

Traté de apartarlo otra vez.

—Liam, escucha… yo no quiero problemas. Solo déjame vivir. No me acerques a tu mundo otra vez.

—¿Mi mundo? —rió con burla—. Tú eras mi mundo.

—No —negué, las lágrimas cayendo ya sin permiso—. Yo era tu jaula.

Su mirada cambió. Oscura. Herida.

—Cuidado con lo que dices.

—Es la verdad.

Me empujó contra la pared otra vez, más fuerte. Mi espalda chocó contra el ladrillo frío.

Pero él me sujetó con más fuerza.

Mis uñas arañaron su brazo, mi cuerpo tembló entero, mi respiración se volvió un sollozo ahogado.

—No… por favor… —imploré, sintiendo mis piernas fallar—. No otra vez. No…

Y ahí, en esa calle silenciosa, bajo una farola que parpadeaba sin ritmo, mi mundo volvió a romperse.

Lo único que podía hacer era seguir forcejeando.

Resistir.

Luchar con todo lo que me quedaba.

1
Sandra Dallosta
muy bueno todo
Eneida Atencio
Amo su novela autora excelente
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