Cande, ceo de una gran empresa, muere y reencarna en Fiorella. Volviéndose la niñera del hijo del villano. El frívolo Giovanni. Tiene que proteger al niño para que no muera de una traición por parte de la corona. De lo contrario, ella es quien morirá. ¿lo malo a parte de que su vida depende de un niño? Es que nunca tuvo uno o cuido tan siquiera. Por eso, el joven amo le resulta tan estresante.
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Capitulo 4: Su padre.
El niño resultó ser mucho más complicado de lo que Fiorella había imaginado; durante la primera semana travesuras bien planeadas, de esas que no parecen graves por separado pero que, juntas, pueden volver loco a cualquiera.
La primera vez que le escondió las llaves de la habitación, Fiorella creyó que las había perdido por descuido. Pasó media hora buscándolas, revisando cajones, debajo de la cama, dentro de la ropa doblada, con el corazón acelerado porque sin esas llaves no podía cerrar la puerta ni mantener alejados a los sirvientes sospechosos. Él la observaba desde la silla, fingiendo leer.
—¿Las vio en algún lado? —preguntó ella, tratando de sonar tranquila.
—No —respondió sin levantar la vista.
—Las dejé aquí, estoy segura.
—Entonces estarán ahí.
—Si estuvieran ahí no estaría preguntando.
El niño pasó la página del libro con calma.
—Tal vez no eres muy buena cuidando cosas.
La frase le picó el orgullo.
—O tal vez alguien las movió —replicó, cruzándose de brazos.
Él alzó los ojos, inocente.
—¿Me estás acusando?
—Te estoy preguntando.
—No hice nada.
Media hora después encontró las llaves dentro de una bota, bien metidas hasta el fondo.
Lo miró.
Él la miró.
—Aparecieron solas —dijo él.
—Claro, caminaron hasta ahí.
—A veces las cosas se mueven.
Fiorella apretó los labios para no soltarle un sermón. No tenía pruebas.
Los días siguientes fueron iguales. Cambiaba los frascos de lugar, derramaba agua “sin querer”, dejaba la ventana abierta para que el frío entrara, escondía la cuchara cuando ella iba a darle sopa. Nunca hacía nada peligroso, pero todo requería atención extra.
—¿Te divierte verme correr de un lado a otro? —le preguntó una tarde, con el cabello desordenado y el delantal manchado.
—Un poco —admitió, sin vergüenza.
—Eres terrible.
—No te aburrirás conmigo.
Él sonrió apenas, una sonrisa pequeña y ladina que le recordó que ese niño era más listo de lo que aparentaba.
Además de las travesuras, seguía el problema mayor, los rumores. Cada día escuchaba algo nuevo en los pasillos. Que la corona no lo reconocía. Que Giovanni, el padre del niño tenía enemigos dentro del castillo. Que un heredero ilegítimo estorbaba. Que un accidente siempre podía ocurrir.
Fiorella empezó a revisar todo dos veces. Probaba la comida antes de que él comiera. Cambiaba el agua. Contaba los pasos cuando caminaban.
Y fue en medio de ese caos cuando Alessandro empezó a aparecer con más frecuencia.
La primera vez que lo notó de verdad fue cuando el niño decidió salir corriendo por el pasillo sin avisar. Lo hizo a propósito, claro; esperó a que ella cargara una bandeja con platos y, justo cuando pasó frente a la puerta, salió disparado.
—¡Eh, espera! —gritó Fiorella, dejando los platos sobre una mesa.
El niño dobló la esquina riéndose.
—¡Si me atrapas te obedezco!
—¡Eso no es un juego!
Corrió detrás de él, pero el pasillo era largo y el suelo resbalaba. Estaba a punto de perderlo de vista cuando alguien lo detuvo con firmeza, sujetándolo por los hombros.
—¿A dónde cree que va el joven amo con tanta prisa? —dijo una voz masculina, fuerte.
Fiorella frenó, jadeando.
El hombre lo sostenía sin brusquedad, solo impidiéndole avanzar.
Era alto, ropa rústica pero con el símbolo de gran duque, expresión seria pero cansada.
El niño chasqueó la lengua.
—Padre.
—Gabriel —respondió él—. Veo que tu niñera casi se cae corriendo detrás de usted.
Fiorella se acercó, todavía sin aliento.
—Señor... Yo... Lo lamento mucho.— Inclinó su cabeza.
Aún no era el villano. Pero seguía siendo severo.
—Debe avisar antes de salir.
—Lo sé, es que él…
—Yo no hice nada —interrumpió el niño—. Solo estaba caminando.
Su padre lo miró con una ceja alzada.
—Caminando muy rápido.
Hubo un silencio corto. Luego el niño soltó un resoplido.
—Está bien, estaba corriendo.
—Eso pensé.
Fiorella tomó al niño de la mano.
—Lo regresaré de vuelta a su habitación.
—Asegúrate que no salga—respondió—. Hasta que no atrape el posible traidor, Gabriel queda bajo la custodia tuya y de las guardias. De lo contrario, tú y todos los responsables pagarán la consecuencia.
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