Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.
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EL FORJADO DEL FUEGO - EL FENIX
El guía celestial no pronunció palabra alguna. Descendió envuelto en llamas silenciosas, tomó a Jeik de la mano y lo condujo hasta el borde de un cráter ardiente donde el mundo parecía terminar. La lava rugía como un mar enfurecido, el aire quemaba al respirarlo y la tierra vibraba bajo sus pies desnudos. Sin mirarlo, sin despedirse, el guía se dio la vuelta y desapareció entre columnas de fuego.
Jeik, con apenas cinco años, quedó solo.
Al principio no entendió. Sus ojos buscaron una sombra conocida, una señal, una explicación. El calor le azotaba el rostro, le resecaba la garganta. Dio un paso atrás, luego otro. Después gritó.
—¡Mamá!
—¡Papá!
—¡Guía! ¡No me dejes aquí!
Su voz se perdió entre el rugido del volcán.
Nadie respondió.
Esa primera noche se acurrucó entre dos rocas que apenas le ofrecían sombra. Lloró hasta que el cansancio lo venció, con el cuerpo tembloroso a pesar del calor sofocante. En su mente todavía vivía el perfume de su madre, la firmeza tranquila de Albiel diciéndole que todo estaría bien.
Pero no estaba bien.
Al amanecer, el hambre fue su primer enemigo real. No había árboles ni frutos. No había ríos. Solo ceniza, piedra negra y magma hirviente. Caminó torpemente por la ladera, quemándose las plantas de los pies, cayendo una y otra vez. El suelo parecía rechazarlo. El aire lo asfixiaba.
Intentó escalar hacia un punto más alto, buscando ver algo diferente, cualquier señal de salida. Pero cuando alcanzó la cima de una formación rocosa, un chillido desgarrador lo hizo girar. Un ave hecha de brasas descendió en picada. Sus alas eran fuego vivo. Lo rozó en el hombro y el dolor fue inmediato, brutal. Jeik rodó cuesta abajo gritando mientras el olor a piel quemada se mezclaba con el humo.
Quedó tendido, mirando el cielo rojo.
Y algo cambió.
—¡No es justo! —gritó con rabia, golpeando la roca con el puño—. ¡Tengo solo cinco años! ¡Tú me trajiste aquí! ¡Ayúdame!
El eco devolvió sus palabras, distorsionadas, como una burla cruel.
Nadie vino.
Esa fue la última vez que gritó pidiendo rescate.
Los primeros días fueron puro instinto. Encontró una cueva donde el vapor era menos espeso y la convirtió en refugio. Descubrió que cubrirse con ceniza reducía el ardor en la piel. Aprendió a moverse cuando el volcán respiraba y a quedarse inmóvil cuando rugía.
Una noche, mientras dormía, sintió una vibración distinta. Abrió los ojos justo cuando una araña gigantesca descendía desde el techo de la cueva. Sus patas eran largas y afiladas como cuchillas; sus ojos, rojos y múltiples, brillaban en la oscuridad.
Jeik rodó hacia un lado cuando la criatura atacó. Una de las patas cortó la roca donde segundos antes había estado su cabeza. El miedo lo atravesó… pero no lo paralizó. Agarró una piedra y golpeó a ciegas. Falló. La araña lo lanzó contra la pared. El impacto le sacó el aire. La criatura avanzó.
Y Jeik se levantó.
No había técnica. No había estrategia. Solo supervivencia. Golpeó una y otra vez, sintiendo cómo los brazos le ardían, cómo la respiración se volvía pesada. Cuando por fin la criatura cayó, el silencio dentro de la cueva fue absoluto.
Jeik cayó de rodillas frente al cuerpo inerte.
No lloró.
Respiró.
Y entendió.
Nadie vendría.
El volcán no tenía estaciones, pero el tiempo dejó huellas en él. Las manos pequeñas se ensancharon. Las ampollas se transformaron en piel endurecida. Las quemaduras se convirtieron en cicatrices que recorrían sus brazos, su espalda, sus piernas. Su voz perdió el tono infantil y se volvió más firme, más grave. Su cuerpo creció, se estiró, ganó músculo a fuerza de cargar rocas, escalar riscos y pelear contra criaturas nacidas del magma.
Al principio huía de los monstruos.
Después los enfrentaba.
Más adelante, los buscaba.
Aprendió a medir el ritmo de las erupciones. A anticipar el temblor bajo sus pies. A usar el terreno a su favor. Se sentaba sobre una roca humeante y practicaba la respiración que su padre le había enseñado, lento, profundo, dominando el dolor.
Ya no preguntaba por qué.
Preguntaba qué seguía.
Había noches en las que subía hasta el borde del cráter y se quedaba de pie, observando la lava fluir como un río eterno. El calor que antes lo hacía llorar ahora apenas lo incomodaba. El fuego ya no era un enemigo, Era su entorno.
El niño que temblaba entre rocas había quedado atrás. En su lugar se alzaba un joven de mirada firme, espalda recta y músculos marcados por años de combate. La soledad dejó de ser castigo y se volvió maestra.
Entonces, cuando el volcán rugió de una forma distinta, él lo supo.
El guía descendió nuevamente, envuelto en fuego silencioso. Esta vez no encontró a un niño.
Jeik lo sostuvo la mirada.
El guía sopló sobre el suelo y la lava comenzó a elevarse, girando sobre sí misma hasta tomar forma. Un titán de roca fundida emergió del cráter. Su torso era magma vivo, sus brazos columnas ardientes, sus garras espadas incandescentes. El rugido sacudió la montaña entera.
Jeik no retrocedió, Corrió hacia la bestia.
El combate fue brutal. Cada golpe hacía temblar la tierra. Jeik esquivaba por instinto y experiencia, lanzando puños y patadas endurecidos por años de entrenamiento. Pero la criatura era descomunal. Un zarpazo lo lanzó contra el suelo. La roca se quebró bajo su cuerpo. Se levantó. Atacó de nuevo. Saltó sobre el titán y golpeó su pecho ardiente, sintiendo cómo la piel se le abría por el calor.
La bestia lo atrapó finalmente con una mano gigantesca, Lo apretó.
El aire abandonó sus pulmones,Y lo lanzó directo al río de lava, El mundo se volvió fuego.
El dolor fue total, absoluto, imposible de describir. Su piel ardió, sus sentidos explotaron. Durante un instante eterno, todo fue silencio.
Y en ese silencio, Jeik no gritó, Aceptó.
El volcán retumbó. La lava comenzó a burbujear violentamente. El guía observaba, inmóvil.
Entonces, desde las profundidades, algo se encendió.
Una figura emergió del magma.
No era el niño que llegó llorando.
No era el joven que aprendió a sobrevivir.
Era algo más.
Su cuerpo brillaba como metal fundido. La lava resbalaba sobre su piel sin consumirlo. Sus ojos ardían con una luz dorada e implacable. Detrás de su espalda, llamaradas se extendieron como alas vivas.
Jeik había muerto en el fuego.
Y había renacido en él.
Con un movimiento veloz, atravesó el aire y cruzó el pecho del titán con el brazo envuelto en llamas puras. El monstruo se quebró desde adentro, estallando en fragmentos incandescentes que se desintegraron antes de tocar el suelo.
El volcán guardó silencio.
El guía, por primera vez, inclinó levemente la cabeza.
—El Fénix ha despertado.
Y en la cima del cráter, entre fuego y ceniza, Jeik permaneció erguido, ya no como un niño abandonado… sino como el guerrero que el fuego había elegido.