Mi nombre es Daniela Stevens, pero para el mundo —y para mi familia— soy invisible. Siempre viví a la sombra de Erika, la hija perfecta que todos adoraban y que los hombres más poderosos codiciaban. Pero la perfección tiene un precio, y cuando llegó el momento de pagarlo, mi familia decidió que no sería Erika quien cayera. Así comenzó mi infierno: siendo el sacrificio para que el sol de mi hermana nunca dejara de brillar.
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Pacto con el diablo
Guillermo nos permitió usar su despacho. En cuanto la puerta se cerró, la tensión en el ambiente se volvió asfixiante; sentía que el corazón se me saldría del pecho en cualquier momento.
—¿Y bien? ¿De qué quiere hablar conmigo? —pregunté, intentando proyectar una calma que no poseía.
—Así me gusta. Directo al grano —respondió Arturo, extrayendo un documento del maletín que su padre le había entregado minutos antes.
—Como debes saber, este es un matrimonio arreglado. Solo necesito un año para cumplir las exigencias de mi abuelo y recuperar mi libertad —explicó, manteniendo esa aura gélida que lo envolvía.
—¿Qué está queriendo decir? —inquirí, confundida.
—Aquí tengo un contrato que establece las cláusulas de nuestro falso matrimonio.
Durante un año, viviremos como una pareja real. Tendrás a mi heredero y, tras el nacimiento, nos divorciaremos. Una vez firmes los papeles, recibirás una suma considerable de dinero para que desaparezcas de la vida de mi hijo y de la mía para siempre.
Una risa burlona escapó de mis labios. ¿Este hombre estaba loco o era realmente el demonio que todos decían? ¿Quién en su sano juicio pensaba que yo le entregaría un hijo para luego desentenderme de él? Había perdido la razón por completo.
—Eso es absurdo. Primero, se necesita más de un año para traer un niño al mundo; no es algo que se logre con una varita mágica. Segundo, ¿cómo sabe que soy fértil? Y tercero, yo jamás dejaría a un hijo mío abandonado.
—La fertilidad la comprobaremos mañana mismo. Y engendrarlo no es problema; podemos empezar esta misma noche si así lo deseas.
Arturo se acercó de manera peligrosa, acortando la distancia hasta que casi pude escuchar los latidos de su corazón.
—No se confunda —le advertí de manera tajante—. Si acepto lo del heredero, será mediante inseminación artificial. No pienso tener intimidad con usted.
—Lo siento, señorita Stevens, pero será a mi manera. No correré el riesgo de que se rumoree que no complazco a mi esposa; eso dañaría mi reputación.
Sus dedos rozaron mi mejilla, bajando con lentitud hasta mis labios. Un estremecimiento involuntario recorrió mi cuerpo ante su toque.
—No permitiré que me ponga un dedo encima. Esto será un matrimonio de papel.
—Escuche bien, Daniela: no solo le pondré un dedo. Todo mi cuerpo estará sobre el suyo, borrando cualquier huella que mi imbécil primo haya podido dejar en usted.
Me quedé helada. Arturo se había dado cuenta de lo que hubo entre Alan y yo. ¿Era paranoia o su instinto era así de afilado?
—Usted está equivocado. No es lo que cree...
—No soy idiota. Sé lo que vi. Usted y mi primo tienen una historia, pero no diré nada; mi urgencia no me permite buscar a otra mujer más interesada que usted. Así que firme el contrato y deje de hacerse la víctima.
Sus palabras me hicieron sentir como la villana de una historia en la que yo era la única sacrificada. Quise negarme, pero el rostro de mi madre apareció en mi mente. Si no firmaba, ella moriría. Sin otra opción, estampé mi firma en el papel, jurándome a mí misma que, si llegaba a tener un hijo, huiría con él y con mi madre lejos de todos estos monstruos.
—Muy bien. Mañana firmaremos el acta legal y te mudarás a mi casa. Ya verás cómo pronto olvidas las caricias de mi primo para pensar solo en las mías.
El asco me revolvió el estómago, pero ya no había vuelta atrás. Salimos del despacho casi una hora después. En la sala, los buitres de mi familia y los Villegas aguardaban. Alan me clavó una mirada llena de ira y algo más que no supe descifrar.
—Mañana vendré por mi prometida —anunció Arturo con autoridad—. No habrá ceremonia lujosa; solo dos adultos firmando un acta. Soy un hombre ocupado y no tengo tiempo para esas cosas.
Guillermo y Elena irradiaban felicidad, mientras Erika me miraba con un odio renovado, como si le estuviera arrebatando un trofeo. Cuando los Villegas finalmente se marcharon, la máscara de mi padre cayó.
—Te salvas de que no te muela a golpes porque no quiero que Arturo vea las marcas mañana —siseó Guillermo—, pero la humillación de esta noche la pagarás cara.
Por orden suya, me arrastraron al sótano. Era su castigo favorito desde que yo era niña; el lugar oscuro donde Elena decía que debía "aprender a pensar".
Pasé toda la noche en vela, tendida sobre el frío y húmedo piso del sótano. Aunque no era la primera vez que terminaba en ese lugar, el miedo seguía siendo igual de abrumador; la oscuridad parecía tener garras que se aferraban a mis recuerdos. Sumado a eso, la idea de que al amanecer debería entregar mi vida a un hombre sin alma me llenaba de una desesperanza paralizante.
Las horas, que deseaba eternas, se hicieron cortas. El alba que tanto temía finalmente llegó, y los primeros rayos de luz se filtraron por las rendijas, cayendo sobre mi piel marchita. Eran un recordatorio cruel de mi realidad: yo no era más que una moneda de cambio para que los Villegas obtuvieran un heredero y mi padre fuera recompensado con un prestigio manchado de sangre.
Las pesadas puertas del sótano crujieron al abrirse. Elena entró, destilando su veneno habitual en cada paso.
—Es hora de que subas a tu habitación —sentenció, mirándome con asco—. Te dejé un vestido. Erika irá pronto a maquillarte para ver si logra ocultar esa cara de estúpida que tienes.
Me sacó prácticamente a rastras de mi prisión. En mi habitación, tal como lo había prometido, reposaba un vestido blanco de encajes. Al probármelo, noté que el diseño era estratégico: las mangas y el cuello alto cubrían perfectamente las marcas que Guillermo había dejado en mi cuerpo la noche anterior. Elena era calculadora; pensaba en cada detalle para que la mercancía luciera impecable.
Cuando salí del baño, Erika ya me esperaba. No se veía feliz —el resentimiento brillaba en sus ojos—, pero fingía una amabilidad forzada, manipulando las brochas y el maquillaje como si realmente sintiera algún aprecio por mí. Estaba preparándome para el sacrificio, adornando a la víctima antes de entregarla al verdugo.
quienes son ellos para hacer tanti daño excelente historia nos llevaste ala imaginación de cada capítulo escritora muchas felicidades