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Aunque Me Odies, Te Amo

Aunque Me Odies, Te Amo

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Amor de la infancia / Amor-odio
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Sherin VR

Un árbol fue testigo de su promesa.
El destino fue testigo de su ruptura.
Emma juró que nunca lo abandonaría.
Gael juró que jamás la dejaría sola.
Pero la muerte llegó primero.
Y el silencio hizo el resto.
Ella se fue obligada.
Él se quedó creyendo que lo eligió dejar.
Entre raíces quedó escondida una carta.
Entre el orgullo quedó enterrado el amor.
Años después, el destino los volverá a cruzar.
Ya no como niños.
Ya no inocentes.
Y cuando sus miradas se encuentren…
descubrirán que lo que más duele no es perder a alguien.
Es pensar que eligió perderte.

NovelToon tiene autorización de Sherin VR para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19 — Un lugar que pronuncia tu nombre

La ciudad no cambió.

Pero Emma sí.

El taxi avanzaba entre edificios altos, pantallas luminosas y avenidas que parecían no terminar nunca. El ruido del tráfico, los semáforos, la gente caminando con prisa… todo era igual que siempre.

Solo que ahora, por primera vez, Emma no se sentía parte del ruido.

Se sentía avanzando.

Miraba por la ventana sin buscar nada específico. Su reflejo se superponía a las torres de vidrio que se elevaban hacia el cielo gris.

Ya no llevaba uniforme de casa ajena.

Ya no cargaba órdenes invisibles.

Llevaba una maleta.

Y una decisión.

Tiago estaba a su lado, en silencio. No intentaba animarla con frases grandes. Sabía que ese momento no necesitaba discursos.

Necesitaba espacio.

Cuando el taxi giró hacia la avenida principal, apareció frente a ellos la Universidad Polines.

Imponente.

Las fachadas de cristal reflejaban el cielo como espejos gigantes. El edificio central parecía más una sede corporativa internacional que un centro académico. Banderas perfectamente alineadas ondeaban frente a la entrada. La fuente moderna del patio central brillaba bajo la luz del mediodía.

Era un lugar que no pedía permiso para imponer respeto.

El taxi se detuvo.

Emma inhaló profundo.

No era miedo.

Era magnitud.

Bajó primero.

El suelo de mármol pulido contrastaba con todo lo que había dejado atrás. Autos de lujo llegaban con estudiantes acompañados de padres elegantes. Maletas costosas rodaban con suavidad.

Emma sostuvo la suya con firmeza.

No era nueva.

Pero era suya.

—Estamos aquí —dijo Tiago suavemente.

Emma asintió.

Y caminaron.

El vestíbulo principal era amplio, luminoso, perfectamente diseñado. Lámparas modernas descendían desde el techo alto como constelaciones suspendidas. Pantallas digitales mostraban rankings internacionales y logros académicos.

“Excelencia.” “Liderazgo.” “Proyección global.”

Palabras grandes.

Emma respiró profundo.

Se acercaron al mostrador de registro.

—Nombre —pidió la recepcionista con tono profesional.

—Emma Vargas —respondió ella con claridad.

El sonido del teclado fue breve.

Luego la mujer levantó la vista.

—Emma Vargas. Admitida. Diseño Profesional de Interiores. Ala Sur, habitación 308.

Su nombre completo resonó distinto allí.

No era un llamado para limpiar la cocina.

No era una orden.

Era reconocimiento.

Emma Vargas.

Estudiante.

Tiago hizo su registro también.

—Tiago Domínguez Admitido. Medicina. Ala Norte, habitación 217.

Recibieron sus credenciales.

Emma miró la suya unos segundos más.

Era pequeña.

Pero pesaba como una vida nueva.

Subieron primero al ala sur.

El edificio femenino era elegante, silencioso, con pasillos amplios y alfombrados. Todo parecía ordenado, medido, equilibrado.

Frente a la habitación 308, Emma sintió un pequeño nudo en el estómago.

Tiago dejó la maleta.

—¿Quieres que entre contigo?

Emma negó con suavidad.

—Puedo sola.

No lo dijo por orgullo.

Lo dijo porque necesitaba dar ese paso por sí misma.

Tiago asintió.

—Nos vemos en la fuente en una hora.

Emma abrió la puerta.

La habitación era amplia. Dos camas individuales con ropa blanca impecable. Dos escritorios modernos. Una gran ventana mostraba la ciudad extendiéndose en líneas rectas de concreto y vidrio.

Nada de polvo.

Nada de gritos.

Nada de órdenes.

Una chica acomodaba ropa cuidadosamente en el armario. Movimientos tranquilos, expresión serena.

Levantó la mirada.

—Hola —sonrió—. Soy Diana Flores.

Su tono era amable, sin superioridad.

Emma dejó su maleta junto a la cama libre.

—Emma Vargas.

Diana se acercó unos pasos.

—Diseño también, ¿verdad?

—Sí.

La sonrisa de Diana se amplió un poco.

—Perfecto. Entonces vamos a sobrevivir juntas a las maquetas y entregas imposibles.

Emma soltó una pequeña risa.

No estaba acostumbrada a que alguien la incluyera tan fácilmente.

—Eso suena intenso.

—Lo será —respondió Diana con naturalidad—. Pero también emocionante.

No había juicio en su mirada.

No había comparación.

Solo apertura.

Emma sintió que el aire se hacía más ligero.

Comenzó a acomodar su ropa. Diana la ayudó a ajustar un estante sin que Emma tuviera que pedirlo.

Un gesto pequeño.

Pero significativo.

Una hora después, Emma bajó al patio central.

Tiago ya estaba cerca de la fuente.

El agua caía con un sonido constante que contrastaba con el murmullo de estudiantes nuevos.

—¿Cómo es tu compañera? —preguntó él.

—Amable.

Y sonrió al decirlo.

Caminaron por el campus.

Pasaron frente al edificio de Diseño. Ventanales amplios dejaban ver maquetas modernas y paneles de colores.

Emma se detuvo un momento.

—Aquí voy a estudiar —dijo en voz baja.

No como una fantasía.

Como una realidad.

Tiago miró el edificio de Medicina más adelante.

—Y yo aquí.

No competían.

No se comparaban.

Simplemente avanzaban.

El campus estaba lleno de conversaciones sobre viajes internacionales, empresas familiares, contactos importantes.

Emma escuchaba.

No con envidia.

Con análisis.

Sabía que muchos allí habían crecido rodeados de oportunidades.

Ella había crecido rodeada de límites.

Pero había cruzado cada uno.

—No necesitamos sonar como ellos —dijo Thiago al notar su expresión.

—No quiero sonar como ellos.

—Entonces no lo hagas.

Emma asintió.

No iba a cambiar su esencia para encajar.

Iba a crecer desde ella.

Esa noche, en la habitación 308, Diana organizaba apuntes mientras hablaba con naturalidad.

—¿Siempre quisiste estudiar Diseño? —preguntó.

Emma dudó apenas un segundo.

—Siempre quise transformar espacios.

Diana sonrió.

—Eso suena más profundo que solo decoración.

—Lo es.

Diana no pidió más detalles.

No invadió.

Respetó el silencio.

Y eso hizo que Emma confiara un poco más.

Cuando Diana salió un momento a hacer una llamada, Emma se sentó frente a su escritorio.

Sacó su cuaderno nuevo.

Escribió en la primera página:

“Diseño Profesional de Interiores — Emma Vargas.”

Observó su nombre.

Sin miedo.

Sin permiso.

Solo identidad.

Miró por la ventana.

Las luces de la ciudad brillaban como estrellas artificiales.

En algún lugar de ese mismo campus, cientos de historias estaban comenzando.

Ella no sabía cuáles se cruzarían con la suya.

Pero sabía algo importante:

Ya no estaba esperando que alguien le dijera qué podía ser.

Estaba construyéndolo.

En el ala norte, Tiago también se preparaba para dormir.

Y en el ala sur, Diana apagó la luz principal dejando solo la lámpara de escritorio encendida.

—Buenas noches, Emma.

—Buenas noches, Diana.

Emma se recostó.

No había gritos detrás de la pared.

No había miedo a equivocarse.

Solo el peso de empezar.

Y por primera vez,

ese peso no la aplastaba.

La impulsaba.

1
Milagros Guadalupe Selvan
muy buen libro espero con ansias lo demás
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