Mi nombre es Daniela Stevens, pero para el mundo —y para mi familia— soy invisible. Siempre viví a la sombra de Erika, la hija perfecta que todos adoraban y que los hombres más poderosos codiciaban. Pero la perfección tiene un precio, y cuando llegó el momento de pagarlo, mi familia decidió que no sería Erika quien cayera. Así comenzó mi infierno: siendo el sacrificio para que el sol de mi hermana nunca dejara de brillar.
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Pacto de sangre
Mientras mi vida transcurría entre libros y el refugio efímero que me brindaba Alan, en la mansión Stevens ya se orquestaba el plan para deshacerse de mí.
—No tenemos otra opción —la voz de Guillermo retumbaba en la sala, cargada de una preocupación genuina que rara vez mostraba conmigo—. Sabes bien que esa familia no perdona deudas. Si no cumplimos con lo que piden, nos arruinarán.
—Tienes razón, pero no podemos simplemente entregar a nuestra hija —respondió Elena, fingiendo una angustia maternal—. Ella es mi mayor tesoro, Guillermo. Además, su corazón ya le pertenece a alguien más.
—Ellos fueron claros: exigen que nuestra hija se case con su heredero. No entiendo qué ocurre en esa familia, pero deben estar desesperados para forzar un matrimonio por contrato con tanta urgencia.
Erika, que hasta entonces había permanecido en silencio, intervino con la voz temblorosa:
—Sabes bien la reputación de Arturo. Dicen que es un hombre despiadado, que arremeterá contra cualquiera que lo obligue a encadenarse. Además... —hizo una pausa, bajando la voz— dicen que es un monstruo, que está deforme y que por eso es tan agresivo. Yo no pienso casarme con una bestia. Amo a mi novio y no lo dejaré por nada ni por nadie.
—Tranquila, mi vida —la consoló Elena, rodeándola con sus brazos—. Yo no permitiré que eso pase. Jamás.
Justo en ese instante, crucé la puerta principal cargando el peso de mi mochila y la fatiga de un día largo, completamente ajena a la red que estaban tejiendo a mi alrededor. El silencio cayó de golpe sobre la sala.
Vi cómo Erika y Elena intercambiaban una mirada. En sus rostros floreció una complicidad fría y calculadora que me heló la sangre. Ya no había rastro de lágrimas en Erika, solo una chispa de alivio perverso.
—Bueno —murmuró Elena, sin apartar sus ojos de los míos—, después de todo, el contrato solo especifica que debe ser "una hija de los Stevens", ¿no es así?
No quise prestarles atención. Evité sus miradas y subí las escaleras hacia mi habitación con la firme idea de que aquella complicidad que creí ver era solo producto de mi imaginación cansada. Quería creer que, a pesar de todo, había límites que mi propia sangre no se atrevería a cruzar.
Me equivoqué.
Abajo, en la sala, el destino de mi libertad se decidía entre susurros cargados de veneno.
—Tienes razón, madre —dijo Erika, con una sonrisa que ya no ocultaba su alivio—. Daniela también es una Stevens. Ella puede ser quien se case con la bestia de Arturo. De esa manera, matamos dos pájaros de un tiro: cumplimos el contrato y nos libramos de ella para siempre.
Por un breve instante, el rastro de la duda cruzó los ojos de Guillermo. Un vestigio de conciencia que, sin embargo, fue borrado por la ambición y el desprecio.
—Tienen razón —asintió él, endureciendo el gesto—. Es la solución perfecta. Daniela saldrá de esta casa y de nuestras vidas, y al mismo tiempo, nuestro apellido quedará consolidado ante los socios.
El plan se había puesto en marcha. El siguiente paso era el más difícil: doblegar mi voluntad.
—Mañana por la mañana le informaré mi decisión —concluyó Guillermo con frialdad—. Ahora, vayan a descansar y dejen todo en mis manos.
Se dio la vuelta y se encerró en su despacho, sellando bajo llave el destino de la hija que acababa de vender.
En mi habitación, la soledad era mi única compañía. Le envié varios mensajes a Alan, pero el silencio fue su única respuesta. Suspiré, dejando el teléfono a un lado con una amargura que ya conocía bien: parecía ser mi destino ser ignorada por aquellos a quienes amaba.
Cerré los ojos y caí en un sueño profundo y turbio. En él, vi el rostro de mi madre; lloraba desesperadamente mientras intentaba alcanzarme, como si tratara de protegerme de una oscuridad densa que se cernía sobre mí. No podía escuchar sus palabras, pero su angustia era tan real que me asfixiaba.
Desperté de golpe, bañada en un sudor frío. Afuera, el cielo se mostraba de un gris plomizo a través de la ventana, como si el mundo se vistiera de luto por lo que estaba por venir.
Bajo el chorro de agua fría de la ducha, intenté borrar el rastro del miedo. Al verme en el espejo, pálida y con ojeras marcadas, me hice una promesa silenciosa: esta pesadilla acabaría pronto. Nadie volvería a humillarme. Jamás.
Bajé las escaleras con la intención de escapar hacia la universidad, pero el comité de bienvenida ya me esperaba al pie de los escalones.
—Qué hermoso recibimiento —solté con sarcasmo, aunque por dentro mi pulso se aceleraba.
—Al estudio. Tu padre te espera —ordenó Elena. Su voz me hizo estremecer.
Miré a Erika. Ella lucía una sonrisa de satisfacción pura, una expresión de triunfo que me erizó la piel. Supe entonces que lo que había escuchado la noche anterior no era mi imaginación. Intenté esquivarlas, necesitando desesperadamente el aire de la calle.
—Llegaré tarde a clase. Hablaré con él después —dije, tratando de avanzar, pero Erika se interpuso en mi camino.
—Mi padre dio una orden. Irás a ese despacho aunque tenga que llevarte a rastras.
—¡Daniela Stevens! —El rugido de mi padre retumbó desde el pasillo. Salió del estudio con el rostro encendido de furia—. Entra ahora mismo, a menos que quieras que sea yo quien te arrastre al interior.
Sin más opción, y con el miedo a un nuevo golpe atenazándome el pecho, caminé hacia el despacho. Ese lugar era su santuario, un sitio al que solo se nos permitía entrar para asuntos de extrema gravedad.
—Siéntate —ordenó, cerrando la puerta tras de él con un clic definitivo.
—¿Qué está pasando? ¿A qué viene tanto protocolo? —pregunté. Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.
Guillermo me miró con una frialdad que me caló los huesos. No había amor en sus ojos, solo negocios.
—Esta noche vendrán a pedir tu mano. Espero que te comportes a la altura de la familia que te ha solicitado y que no me hagas pasar vergüenza.
El terror me golpeó con la fuerza de un rayo. Me estaba entregando en matrimonio sin mi consentimiento, como si los siglos no hubieran pasado, como si yo no fuera una persona, sino un mueble viejo del que podía deshacerse vendiéndolo al mejor postor.
quienes son ellos para hacer tanti daño excelente historia nos llevaste ala imaginación de cada capítulo escritora muchas felicidades