Me obligaron a casarme con el duque más frío del Imperio.
Lo juré odiar… hasta que empezó a protegerme.
Un omega orgulloso, un alfa distante y un matrimonio que podría convertirse en amor.
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17 El omega que no se inclina
La niebla no era natural.
En Ravenshire, la bruma del río solía subir lenta, perezosa, como un animal viejo que se arrastra entre las piedras. Aquella noche, en cambio, la neblina se levantó de golpe, cerrando el camino bajo que bordeaba los almacenes del muelle con una cortina espesa que devoraba las antorchas. El aire se volvió húmedo, cargado, y el silencio empezó a sentirse como una presión en los oídos.
Caelan lo percibió antes que nadie. No fue un presentimiento místico; fue la experiencia de quien ha aprendido a leer los huecos en el ruido. Demasiado quieto. Demasiado perfecto.
—Esto no es niebla del río —murmuró.
Blaise iba unos pasos adelante, con dos capitanes de barrio. Los guardias del turno nocturno se tensaron, cerrando filas de manera casi instintiva.
—¿Retirada? —preguntó uno.
—No —respondió Caelan—. La retirada es lo que buscan.
La primera flecha no silbó. Las flechas que quieren asustar silban; las que quieren separar golpean piedra en silencio. La punta rozó el muro y arrancó una chispa mínima. En el mismo segundo, una sombra se desprendió de la niebla.
—¡Emboscada! —gritó un guardia.
El mundo se rompió en fragmentos. Cuchillas cortas brillaron entre la bruma, diseñadas para entrar entre placas, para cortar tendones, para silenciar gargantas. No eran rateros del muelle. Eran hombres entrenados para matar rápido y desaparecer más rápido aún.
Blaise dio órdenes, su voz cortando el aire:
—¡Formación cerrada! ¡Cubran el flanco izquierdo! ¡Protejan las rutas!
Caelan no esperó órdenes. El acero salió de su abrigo con un sonido seco, íntimo. No había ceremonia en el gesto: había memoria muscular. Avanzó hacia el primer atacante que dudó al verlo de frente. El error fue mínimo. El corte, no.
El filo entró bajo las costillas, subió con una torsión corta. La sangre no brotó en cascada; cayó en una línea oscura que la niebla intentó esconder. El hombre se desplomó con un ruido que no fue un grito, sino un aire que se escapa.
El segundo atacante fue más rápido. Caelan giró el cuerpo, dejó pasar la cuchilla que buscaba su cuello y rompió el ritmo del enemigo con un paso lateral. El filo cruzó la garganta con precisión quirúrgica. No hubo súplica. Solo el sonido húmedo de un final.
Un tercero se lanzó desde la derecha. Caelan bajó el centro de gravedad, absorbió el impacto con el hombro y clavó la espada en el cuello, justo donde la armadura no protege. El cuerpo cayó pesado, torpe, como si la muerte tuviera peso propio.
Blaise vio la escena con una claridad brutal. No era solo que Caelan luchara bien. Era la ausencia de duda. No había temblor, no había miedo que pidiera permiso. Había decisión. Y esa decisión no pedía aprobación.
Un guardia cayó herido. La sangre manó de la pierna, oscura bajo la luz de la antorcha. Caelan se movió como una sombra contra la sombra, interceptando al hombre que iba a rematarlo. Un giro corto, un corte al tendón, la caída del atacante, el filo subiendo otra vez. Fin.
—¡Por detrás! —gritó alguien.
La niebla se movió como si respirara. Dos figuras intentaron rodear a Blaise. Caelan lo vio y cambió de objetivo sin dudar. Corrió dos pasos, se deslizó bajo el arco de una cuchilla y cortó la muñeca del primero. El segundo retrocedió, sorprendido por la sangre que le salpicó el rostro. Caelan no le dio tiempo a recomponerse. El filo encontró la garganta. La niebla no pudo esconder ese rojo.
Los atacantes se replegaron. No fue huida caótica. Fue retirada calculada. Habían perdido el factor sorpresa. La emboscada había fracasado.
El silencio que quedó fue espeso, cargado de respiraciones rotas y olor a hierro. La niebla empezó a disiparse, lenta, avergonzada de no haber podido ocultarlo todo.
—¿Estás herido? —preguntó Blaise, acercándose.
Caelan miró sus manos. La sangre no era suya. Limpió el filo en la manga del abrigo con un gesto práctico.
—No.
Un guardia, pálido, murmuró:
—Pensé que los omegas…
—Pensaste mal —dijo Caelan, sin alzar la voz.
Se recogieron armas. Se cerró el perímetro. Los capitanes de barrio llegaron con refuerzos. No hubo vítores. El norte no celebraba la muerte; registraba la amenaza.
Más tarde, en los aposentos, el silencio era distinto. No había niebla, pero el aire estaba cargado.
—No sabía que eras así —dijo Blaise al fin.
Caelan alzó una ceja.
—No sabía que me necesitabas distinto para respetarme.
—No hablo de respeto —respondió Blaise—. Hablo de… romper el esquema.
—Creía entender el poder. Hoy entendí otra cosa.
—No romantices el filo —dijo Caelan—. No me vuelve mejor persona. Me mantiene vivo.
Blaise sostuvo su mirada. Algo se había movido dentro de él, incómodo, eléctrico. No era deseo todavía. Era atracción hacia una voluntad que no se inclina, hacia un omega que no encajaba en ninguna casilla segura.
—No te pediré que cambies —dijo.
—No lo hagas —respondió Caelan—. Me aburre decepcionar expectativas ajenas.
Afuera, el muelle seguía iluminado. La ciudad no durmió del todo esa noche. El Imperio había probado el papel, el fuego y ahora el filo.
El norte respondió con agua, con organización…
y con un omega que no bajaba la cabeza.