Joana había aprendido a vivir sin esperar nada. Cerró puertas, apagó deseos y se acostumbró a la calma de un silencio elegido… o impuesto.Hasta que alguien irrumpió en su vida.Un hombre más jóven, con miradas que encendieron lo que ella creía, con un deseo tan puro como peligroso. Lo que empezó como un juego imposible pronto se volvió una verdad innegable: el amor no entiende de edades, ni de juicios, ni de prohibiciones. Esta antología es un viaje hacia lo inesperado, un homenaje a los amores que llegan tarde… o demasiado pronto. Porque a veces lo prohibido no es un error. Es el único acierto capaz de cambiarlo todo.
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Innegable
El reloj marcaba casi las diez de la noche cuando Joana apagó la lámpara de su despacho. El edificio del bufete estaba sumido en un silencio denso, roto únicamente por el zumbido lejano del sistema de climatización y el eco rítmico de sus propios pasos sobre el mármol del pasillo vacío. Había sido un día extenuante, cargado de revisiones de contratos; lo único que Joana deseaba era cruzar el umbral de su casa y dejar atrás el cansancio que le oprimía los hombros. Sin embargo, lo que realmente intentaba dejar atrás era el fantasma de lo ocurrido el viernes anterior.
Se ajustó el abrigo de lana sobre los hombros y se dirigió al ascensor, con las llaves del coche apretadas en la mano. Al presionar el botón de llamada, un ruido metálico a sus espaldas interrumpió la quietud.
—¿Te retiras tan tarde? —dijo una voz conocida, impregnada de esa seguridad que rozaba la insolencia.
Joana giró sobre sus tacones y lo vio: Marco avanzaba por el pasillo con un expediente bajo el brazo. Su sonrisa confiada y esa mirada avellana, capaz de desarmar la lógica más estricta, la impactaron de frente. A pesar de las horas, él lucía impecable; la luz tenue del pasillo resaltaba la estructura de su mandíbula y la intensidad de su presencia.
—No sabía que aún estaba aquí, Marco —respondió ella, intentando que su voz sonara casual.
—Estaba terminando de pulir los anexos del contrato —contestó él suavemente, acortando la distancia—. Pensé que era el único alma en el edificio… hasta que vi la luz de su despacho. Una luz que parece estar huyendo de algo.
Las puertas del ascensor se abrieron y ambos entraron. El espacio reducido, revestido de espejos y acero, multiplicó la tensión de inmediato. Joana se colocó en una esquina, abrazando su maletín. Marco, en cambio, se situó frente a ella, llenando la cabina con una energía que Joana sentía vibrar en el aire.
—Deberías descansar más, Joana —murmuró él, inclinando apenas la cabeza—. No es bueno quedarse hasta tarde… aunque entiendo por qué lo haces. Es más fácil trabajar que pensar, ¿verdad?
Ella apretó los labios, luchando contra el estremecimiento
—Coincidencia y nada más —susurró, sintiendo un calor traicionero.
Marco apoyó una mano en la pared metálica, muy cerca del rostro de ella. No invadió su espacio de manera agresiva, pero su proximidad era un alegato que Joana no sabía cómo impugnar. Percibía el aroma de su loción, una mezcla de madera y cítricos.
—¿Coincidencia? —susurró él—. Yo creo que es una evasión. Llevas dos días evitándome, Joana. Entras a las reuniones y no me miras. Delegas correos que antes enviabas tú misma. Estás huyendo del hecho probado.
—No sé de qué habla —mintió ella, aunque su respiración se agitó.
—Hablo de la otra noche. Hablo de esta misma hora, pero en la sala de juntas —dijo él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro ronco—. Hablo de cómo se sintió tu cuerpo cuando te subí a esa mesa de caoba. De cómo olvidaste los códigos y las leyes cuando mis manos estaban en tu cintura.
Joana tragó saliva, sintiendo que el ascensor se volvía demasiado pequeño. El recuerdo la golpeó: el frío de la madera en sus muslos, el calor de Marco entre sus piernas, el desorden de los papeles cayendo al suelo.
—Eso… fue un error —susurró ella, apenas en un hilo de voz—. Un error que no se repetirá.
—Díme que fue un error mientras me miras a los ojos —desafió él, acercándose un centímetro más—. Díme que no recuerdas el sabor de mi boca y que no has pasado el fin de semana imaginando volver a esa mesa. Porque yo no he dejado de pensar en cómo se arqueó tu espalda cuando te besé.
El ascensor se detuvo en la planta baja con un “ding” que resonó como un veredicto. Marco se enderezó y retrocedió, permitiéndole salir, pero no sin antes dejar caer una última frase.
—Puedes seguir huyendo de la sala de juntas, Joana, pero no puedes huir de lo que tu cuerpo ya decidió.
Dos días después, la rutina intentaba retomar su curso. Joana se esforzaba por concentrarse en su despacho, pero el fantasma de Marco y el recuerdo de la sala de juntas saboteaban cada párrafo. No tardó en sentir la interrupción. Marco apareció en el umbral de su puerta. Llevaba la camisa azul oscuro con las mangas arremangadas, revelando unos antebrazos fuertes que Joana no pudo evitar observar.
—Buenos días, Joana —dijo él con esa sonrisa—. Pensé que sería útil repasar los puntos de la fusión.
—Claro —respondió ella, forzando una neutralidad que no sentía—. Solo lo necesario.
Él entró y se acercó a la mesa lateral. Sin que ella pudiera evitarlo, Marco se situó a su lado.
—¿Sabes algo? —dijo Marco con voz grave, dejando a un lado los documentos—. Cada vez que entro en la sala de juntas, veo esa mesa y solo puedo verte a tí. Veo tu cabello suelto, oigo tu respiración entrecortada... Es una imagen muy persistente, ¿no crees?
El corazón de Joana dio un vuelco. Él estaba usando su recuerdo más vulnerable como un arma de seducción.
—Esto es inapropiado, Marco —respondió ella, intentando invocar su escudo de racionalidad—. Usted es demasiado joven, y lo que pasó... fue un desliz. Nada más.
Marco soltó una risa suave, cargada de una confianza magnética. Se acercó un centímetro más, lo justo para que su aliento rozara el lóbulo de la oreja de ella.
—¿Joven? —murmuró—. Lo suficiente para tener la energía que necesitas para volver a sentirse viva. Lo bastante para recordar cada detalle de esa noche y querer repetirlo, pero esta vez sin prisas, sin el miedo a que alguien nos vea.
Joana sintió un nudo eléctrico en el abdomen. La sensación era tan intensa que tuvo que apoyarse en la mesa para no flaquear. El deseo era una marea que amenazaba con cubrirla por completo.
—No debería recordarme esas cosas —susurró, con una voz que traicionaba su supuesta firmeza.
—¿Por qué no? —replicó él, bajando el tono—. ¿Acaso no sientes cómo se te acelera el pulso solo de mencionarlo? Tu cuerpo recuerda perfectamente lo que pasó sobre esa mesa. Recuerda cómo me buscabas.
Joana cerró los ojos un instante. Marco sonrió, interpretando cada uno de sus estremecimientos como una victoria.
—Quiero verte fuera de estas paredes —dijo él, directo—. Una cena, solo nosotros. Dos copas de vino y todo el tiempo del mundo para explorar lo que empezamos el viernes. Sin expedientes, sin jerarquías. Solo nosotros dos.
—No puedo —respondió ella casi en un susurro, mientras su mente gritaba "no debo".
Marco ladeó la cabeza, observándola con una mezcla de ternura y desafío.
—Sé que lo deseas. Llevas huyendo de ese beso desde el viernes porque sabes que, si te detienes, vas a querer más. Y yo estoy aquí para darle exactamente eso.
Él se retiró del despacho con la misma naturalidad con la que había entrado, dejándola en un estado de agitación absoluta. Joana se quedó mirando los informes, pero las letras ya no tenían sentido. Marco no solo había cruzado las barreras profesionales; se había instalado en sus pensamientos como un inquino persistente. La certeza de que lo deseaba la aterraba tanto como la excitaba. El recuerdo de la sala de juntas, evocado por él con tanta maestría, la perseguía como una prueba irrefutable de su propia traición a la lógica.
La invitación a la cena flotaba en el aire como una oferta que, tarde o temprano, su corazón terminaría por aceptar. Joana sabía que la sentencia ya estaba escrita, y que Marco D'Lorenzo era el único capaz de ejecutarla.