Adán siempre pensó que, después de la muerte de su padre omega, su mundo no podía romperse más. Pero al iniciar su último año de universidad, descubre que su papá—un beta inestable, adicto al alcohol y a los casinos—no solo tenía una segunda familia, sino que también había cobrado el seguro por la muerte del hombre que lo crió. Cuando las deudas de su padre se vuelven impagables y los acreedores empiezan a presionar, Adán se ve obligado a enfrentar a uno de los dueños del casino: Víctor Salvatierra, un alfa de treinta años con fama de frío, calculador y peligroso. Un hombre que dirige negocios legales… y otros de los que nadie quiere hablar. Víctor está cansado de escuchar a su madre criticarlo por no tener pareja, convencida de que nunca podrá lograr un vínculo estable. Pero cuando Adán aparece en su oficina exigiendo que liberen a su padre, Víctor encuentra la oportunidad perfecta:
Una deuda enorme. Un omega desesperado. Y una propuesta que podría solucionarles la vida a ambos.
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YERNO O NUERA
...POV VÍCTOR....
Al salir del casino, noté cómo el nuevo mesero —Adán, si recordaba bien— tenía las manos entrelazadas como si estuviera rezando a alguna divinidad. Abrí la boca para burlarme, pero la cerré enseguida. Mi madre era de esas personas que creían en el destino y los designios de Dios, y aunque yo no creía en nada de eso, tampoco quería sonar igual de desagradable que algunos de mis socios.
La verdad es que, si existía un destino, el mío estaba escrito en fuego. No había salvación para alguien como yo.
Subí a mi auto con un suspiro cansado y tomé camino hacia el único lugar donde creía poder descansar: mi hogar.
Mi nombre era de los más reconocidos en la ciudad. Desde la muerte de mi padre había levantado el cuádruple del valor de la empresa que me heredó. Mis negocios eran un rotundo éxito… por lo menos los que eran legales. El resto, los que se movían en las sombras, eran igual o más lucrativos.
También era reconocido en el bajo mundo. Controlaba movimientos, decisiones, rutas, apuestas… era el mejor en lo que hacía, y si alguien se atrevía a ir en mi contra, desaparecía de la faz de la tierra. Así de simple. Así de cruel.
Al llegar a mi casa, el portón se abrió justo antes de que chocara contra él. No me molesté. Yo mismo había dado esa orden a los guardias.
Bajé del auto, entregando las llaves a uno de ellos para que lo guardara. Por cosas del destino —o más bien mala suerte— mi asistente me estaba esperando en la entrada principal.
—Señor —saludó Danilo, acomodándose las gafas—, le informo que el hotel ya está listo para la inauguración. ¿Desea que convoque a algún acompañante para ese día?
—No es necesario, iré…
La voz de mi madre me interrumpió.
—No busques más, Danilo. Ya tengo a la persona perfecta para ese día y para el resto de su vida —dijo, entrando a la sala con ese aire dramático que la caracterizaba cada que intentaba casarme con alguien.
Danilo me miró como si pidiera permiso para correr.
—Vete —le ordené—. Te aviso mañana.
Esperé a que saliera antes de girarme hacia mi madre.
—Mamá, otra vez con la misma cantaleta.
—Oh, vamos, Víctor —respondió ella, cruzándose de brazos—. Llevo un año entero intentando que me des un yerno o una nuera, ¡un año! Y sigues negándote. Hijo, no me estoy haciendo más joven. Quiero ver a tus hijos, aunque sea uno.
—Buscaré un candidato o candidata a mi gusto. Pero dame tiempo. Quiero que descanses y… no espero un “no” por respuesta.
Ella suspiró profundamente, como si llevara un peso enorme sobre los hombros.
—Está bien… solo espero que sea pronto, por favor.
Me quedé callado. Mi madre no era joven, pero era fuerte. Fue la única que se quedó al lado de mi padre cuando no tenían ni para comer. Había visto cosas que la mayoría ni imaginaba.
—Así será —prometí.
Lo dije porque quería tranquilizarla, no porque fuera verdad. No tenía tiempo para omegas, ni para mujeres, ni para parejas. Lo único que me importaba era que todo saliera conforme a mis planes. Si lograba entrar en la lista de los empresarios más importantes del país, el trabajo fluiría como agua.
Los hijos podían esperar.
Justo cuando iba a subir las escaleras, mi celular sonó.
—Señor —era Danilo—, acabo de enviarle los datos del hombre que pidió investigar. Lo de la deuda del casino Sur.
—Excelente. Lo leeré y te aviso qué haremos. No lo pierdas de vista.
—Como ordene.
Colgué y abrí el archivo. Comencé a leer los datos de Mateo Wilson.
Lo normal: viudo, casado recientemente con Cristal Jensen, una mujer, que sabía era de dinero. Tenían un hijo de diez años. Eso serviría para presionarlo a pagar su deuda. Al voltear la hoja vi algo que me heló los dedos.
Y encima de eso múltiples deudas con casinos y prestamistas del bajo mundo, ese hombre estaba hasta el cuello, me reí de sus estrategias para conseguir dinero. Segui leyendo la siguiente hoja hasta que un nombre y una imagen me hicieron helar la sangre.
James Wilson.
Sabía quién era. Todos lo conocían en los suburbios: un hombre honesto, trabajador. Había sido rico, pero al huir de su casa por amor, sus padres lo desheredaron. No sabía que había muerto.
—Pobre… y terminó muerto —susurré.
La gente buena es la que más pronto se va, eso lo sabía, antes de que mi padre muriera el también había intentado buscarlo para devolverle los favores del pasado, se revolcaria en su tumba si viera que le he encontrado sin vida.
Seguí leyendo. Mateo había intentado cobrar el seguro de vida, pero al parecer James había cambiado al beneficiario poco antes de morir.
Beneficiario: Adán Wilson. Hijo adoptivo.
Mis dedos se detuvieron en ese nombre y en su fotografía, era él.
Adán.
El chico del casino.
El mismo que parecía rezar mientras yo me iba.
Esto se ponía interesante.
Si él era el beneficiario, ¿por qué estaba trabajando en una zona de casinos? ¿Por qué vivía allí? ¿Qué estaba ocultando Mateo? Mi cabeza comenzó a unir piezas… y un recuerdo atravesó mis pensamientos.
Cuando era niño y no tenía dinero ni para el almuerzo, fue Adán quien me invitó del suyo. Varias veces. Igual que su padre adoptivo había hecho con los míos.
Apreté el documento con fuerza.
—No puedo dejar que le pase algo —murmuré.
Si salía ahora, quizá podría encontrarlo. Pero… ¿y si ya se lo habían llevado los otros dueños de los casinos?
Marqué a Danilo.
—Necesito que busques a alguien. Su nombre es Adán Wilson. Averigua dónde vive. Ahora.
Hubo un silencio breve antes de que respondiera.
—Inmediatamente, señor.— escuché unos tecleos y por las malas palabras que soltaba mi asistente me di cuenta de la hora, era tarde. Pero no podía esperar hasta mañana, si lo hacía lo más seguro es que no lo encontraría nunca —Señor, vive en la calle del centro, enfrente del restaurante Dolce Vida.
—Prepárense todos —ordené mientras tomaba mi abrigo—. Vamos a traer a alguien.
Porque, aunque no creía en el destino…
algo me decía que esta vez no debía ignorarlo.