Ella ha dedicado su vida a entrenar y aunque ahora reencarna en otra época no dejará sus sueños.
* Esta Novela es parte de un mundo mágico*
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Cena
El patio volvió a llenarse de ruido cuando se anunció oficialmente la lista de seleccionados.
Algunos jóvenes gritaron de alegría.
Otros se abrazaron.
Hubo incluso quien lloró sin disimulo.
Ser aceptado en el ejército de Bernicia no era poca cosa. Cambiaba destinos. Elevaba nombres. Abría puertas que, para muchos, parecían imposibles.
Constance observó la escena desde cierta distancia.
No celebró.
No sonrió ampliamente.
Solo sintió una calma profunda.
Había firmado.
Ya era cadete en período de prueba.
Buscó entre los rostros conocidos, casi sin darse cuenta.
Damian no estaba.
Alguien comentó cerca de ella que el joven Devlin se encontraba en la residencia familiar, pendiente de su sobrina recién nacida. Constance frunció apenas el ceño.
No sabía si había rendido la evaluación.
No sabía si había sido aceptado.
Y, para su sorpresa… no estaba segura de que le importara tanto como meses atrás.
Ajustó su bolso y se dirigió a clases de comercio.
El contraste fue extraño.
Esa mañana había combatido contra un capitán.
Había firmado su ingreso al ejército.
Había decidido el rumbo de su vida.
Y ahora estaba sentada escuchando sobre rutas mercantiles y balances de exportación.
Pero no se sentía fuera de lugar.
Aprender comercio seguía siendo útil. La guerra también necesitaba logística, provisiones, estrategia económica. Nada era inútil.
Cuando terminó la clase y salió al patio lateral, lo vio.
El capitán estaba junto a su caballo oscuro, ajustando las riendas. Vestía ropa de viaje más ligera que el uniforme de entrenamiento. La luz de la tarde acentuaba el tono moreno de su piel y hacía que sus ojos claros parecieran aún más brillantes.
Al verla, sonrió de medio lado.
—Cadete.
Ella se acercó con paso firme.
—Capitán.
—Me marcho esta noche hacia el cuartel principal.. Pero antes… pensaba cenar en el pueblo. ¿Me acompañas?
La pregunta fue directa.
Sin rodeos.
Sin tono insinuante.
Sin presión.
Constance dudó.
No era apropiado.
No era prudente.
No era… habitual.
Pero también era cierto que quería saber más.
Sobre el ejército.
Sobre el entrenamiento.
Sobre la vida que acababa de elegir.
Y sobre él.
—Está bien —respondió finalmente.
La sonrisa de Asaf no se amplió, pero sus ojos sí se iluminaron apenas.
—Entonces cabalguemos antes de que anochezca.
Montaron y salieron por el camino de tierra que descendía hacia el pueblo. El viento movía ligeramente el cabello de Constance, ya sin máscara, recogido con sencillez.
Cabalgaban uno al lado del otro, sin prisa.
—Asaf.. Puedes llamarme así fuera del campo de entrenamiento.
Ella lo miró de reojo.
—Constance.
—Lo sé.
Ella arqueó una ceja.
—Leí tu firma —aclaró con una leve risa.
La conversación fluyó con naturalidad.
Asaf le habló de su trabajo en el ejército. De cómo no solo entrenaba soldados, sino también unidades especiales. Mencionó que durante un tiempo estuvo asignado al entrenamiento de una maga que quería fortalecer su maná.
—La mayoría cree que la magia lo resuelve todo.. Pero sin disciplina física, una maga cae igual que cualquier otro.
Constance escuchaba con atención.
—¿Y cree que yo…? ¿Que tengo potencial?
Asaf no respondió de inmediato. La miró con calma, evaluándola no como rival, sino como persona.
—Creo que tienes hambre.. Y eso no se enseña.
El comentario la tomó por sorpresa.
No dijo “talento”.
No dijo “habilidad”.
Dijo hambre.
—¿Hambre de qué?
—De no depender de nadie.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue preciso.
Constance apartó la mirada hacia el horizonte, donde el cielo comenzaba a teñirse de naranja.
Hablaron durante la cena sobre el cuartel central, sobre las madrugadas heladas en las fronteras del norte, sobre soldados que habían comenzado como hijos menores sin herencia y ahora lideraban compañías enteras.
Asaf hablaba con confianza.
Pero no presumía.
Era amable sin ser condescendiente.
Seguro sin ser arrogante.
Y, sobre todo, la escuchaba.
Cuando Constance hablaba de comercio, él hacía preguntas.
Cuando mencionaba las limitaciones que enfrentaban las mujeres en ciertos ámbitos, no se burlaba ni lo minimizaba.
Cuando describía su entrenamiento secreto, no parecía sorprendido, sino interesado.
No intentaba conquistarla.
No intentaba impresionarla.
Solo quería conocerla.
Y eso, para Constance, era más desarmante que cualquier espada.
Hubo un momento en que sus manos casi se rozaron al tomar la misma jarra de agua. Fue breve. Imperceptible para otros.
Pero ella sintió el pulso acelerarse.
Desde que lo vio por primera vez en el patio, algo en él le había gustado.
Su forma de mirar.
Su risa contenida.
La manera en que la enfrentó como igual.
Pero no iba a admitirlo.
No ahora.
No cuando recién comenzaba a construir su independencia.
Al terminar, regresaron cabalgando bajo un cielo ya oscuro, cubierto de estrellas.
Antes de despedirse, frente a la entrada de la academia, Asaf habló con tono más serio.
—El entrenamiento oficial comienza en dos semanas. Será más duro que todo lo que has hecho hasta ahora.
—Lo sé.
—Y no recibirás trato especial.
Ella sostuvo su mirada.
—No lo quiero.
Una leve aprobación cruzó sus ojos.
—Bien.
Hubo un segundo de silencio.
—Buenas noches, Constance.
—Buenas noches… Asaf.
Cuando él se alejó, ella permaneció quieta un momento, observando cómo su silueta se perdía en la oscuridad del camino.
Su corazón latía más rápido de lo habitual.
Había elegido un nuevo destino.
Y, sin planearlo, quizás también había encontrado algo más.
Pero eso… lo mantendría en secreto.
Al menos por ahora.