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Aunque Me Odies, Te Amo

Aunque Me Odies, Te Amo

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Amor de la infancia / Amor-odio
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Sherin VR

Un árbol fue testigo de su promesa.
El destino fue testigo de su ruptura.
Emma juró que nunca lo abandonaría.
Gael juró que jamás la dejaría sola.
Pero la muerte llegó primero.
Y el silencio hizo el resto.
Ella se fue obligada.
Él se quedó creyendo que lo eligió dejar.
Entre raíces quedó escondida una carta.
Entre el orgullo quedó enterrado el amor.
Años después, el destino los volverá a cruzar.
Ya no como niños.
Ya no inocentes.
Y cuando sus miradas se encuentren…
descubrirán que lo que más duele no es perder a alguien.
Es pensar que eligió perderte.

NovelToon tiene autorización de Sherin VR para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14 — El día que todo comenzó a cambiar

El automóvil negro se detuvo frente a la casa poco antes del mediodía.

La calle polvorienta parecía aún más estrecha comparada con la elegancia del vehículo. La puerta trasera se abrió primero. Un zapato de tacón fino tocó el suelo con seguridad. Luego, una pierna cubierta por una media impecable. Finalmente, descendió ella.

Celeste.

Había regresado.

Su cabello brillaba bajo el sol, perfectamente alisado. Llevaba gafas oscuras aunque el cielo estaba ligeramente nublado, como si incluso la luz tuviera que pedirle permiso para tocarla. Observó la fachada de la casa con una mezcla de nostalgia fingida y desprecio apenas disimulado.

La puerta se abrió con brusquedad antes de que ella tocara el timbre.

—¡Mi hija! —exclamó su madre, corriendo hacia ella con los brazos abiertos.

La tía Mar casi lloraba de emoción. La abrazó con fuerza, como si estuviera abrazando su mayor orgullo, su obra perfecta.

—Mamá, cuidado con mi vestido —dijo Celeste con suavidad, pero sin devolver realmente el abrazo.

Mar retrocedió apenas, sonriendo con adoración.

—Estás más hermosa que nunca… Mi amada y hermosa hija… todo ese sacrificio valió la pena.

Desde el interior de la casa, alguien observaba en silencio.

Emma.

No llevaba ropa elegante. Tenía las mangas ligeramente arremangadas y polvo de harina en las manos. Había estado limpiando la cocina.

Celeste la vio.

Y sonrió.

No fue una sonrisa cálida.

Fue una sonrisa de evaluación.

—Vaya… sigues aquí —dijo con un tono ligero, pero cargado de veneno.

Emma sostuvo su mirada sin bajar los ojos.

—Sí. Sigo aquí.

Celeste caminó alrededor de ella, inspeccionándola como si fuera un mueble viejo.

—Pensé que al menos habrías aprendido algo en mi ausencia. ¿O sigues perdiendo el tiempo? Porque estudiar, claramente, no es lo tuyo.

Mar rió levemente, intentando suavizar el comentario.

—Celeste…

Pero no la corrigió.

Emma sintió la punzada. Sin embargo, su rostro permaneció sereno.

—Cada quien aprende a su manera —respondió con calma.

Celeste soltó una pequeña risa.

—Claro. Algunos nacen para destacar… y otros para mirar cómo los demás lo hacen.

Ese fue el primer golpe del día.

Y no sería el último.

Esa misma tarde, mientras el sol comenzaba a bajar, apareció Ismael en la sala. Traía unos documentos bajo el brazo y una expresión seria.

—Ya anunciaron la fecha oficial —dijo.

Mar levantó la vista de inmediato.

—¿La Universidad Polines?

Ismael asintió.

—En una semana comienzan los exámenes de admisión para la universidad más prestigiosa del país.

Celeste sonrió con seguridad.

—Lo sé. Por eso he venido.

Emma levantó apenas la mirada desde el rincón donde fingía ordenar unos libros viejos.

—¿Ya lo sabías? —preguntó Mar con orgullo.

—Por supuesto. No pienso perder mi oportunidad.

Mar se acercó a ella y tomó sus manos.

—Espero que todo haya valido la pena, mi amada y hermosa hija.

Celeste inclinó la cabeza, segura.

—Valdrá la pena.

Sus ojos se deslizaron hacia Emma.

—Algunos nacimos para esa universidad.

El silencio se volvió denso.

Emma no dijo nada.

Pero por dentro, su corazón latía con fuerza.

Una semana.

Solo una semana.

Los días siguientes fueron tensos.

Celeste estudiaba en la sala principal, con libros nuevos, resaltadores de colores y una laptop elegante.

Emma estudiaba de madrugada, con libros prestados, hojas recicladas y una lámpara que parpadeaba cada tanto.

Celeste hacía preguntas en voz alta para demostrar que sabía las respuestas.

Emma resolvía ejercicios en silencio.

Celeste hablaba de profesores extranjeros.

Emma repasaba conceptos una y otra vez hasta memorizarlos.

Nadie notaba las ojeras de Emma.

Nadie veía cómo sus manos temblaban por el cansancio.

Pero alguien sí.

Thiago.

La observaba desde la esquina cuando ella salía a tirar la basura. Desde la ventana del segundo piso cuando la veía leer bajo la luz amarilla.

No decía nada.

Pero estaba ahí.

El día del examen llegó.

Celeste se levantó a las 6:00 en punto.

A las 7:00 ya estaba vestida, impecable. A las 7:10 tomó su bolso.

—Me voy —anunció.

—Es temprano —dijo Mar.

—Prefiero llegar antes. No quiero que se cierren las puertas. El examen empieza a las 8.

Mar asintió orgullosa.

—Esa es mi hija.

Celeste salió sin mirar atrás.

A las 7:30, Emma se levantó.

Entró a la cocina.

—No hay pan —dijo con voz neutra.

Mar frunció el ceño.

—¿Cómo que no hay?

Emma bajó la mirada.

—Se terminó.

La verdad era otra.

Había visto el pan.

Pero lo había tomado.

Y lo había arrojado por la ventana del patio trasero, donde el perro de la vecina ya lo devoraba feliz.

Necesitaba salir.

Mar suspiró.

—Entonces ve a comprar.

Emma asintió.

Tomó una pequeña bolsa y salió.

Al doblar la esquina…

Él estaba ahí.

Thiago.

Apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos.

—¿Estás nerviosa? —preguntó apenas la vio.

Emma respiró hondo.

—Sí. Muy, muy nerviosa.

Thiago sonrió.

—Yo también.

Caminaron juntos.

—Sé que podemos hacerlo —dijo Emma de pronto—. Creo que podemos entrar a esa universidad.

Thiago la miró de reojo.

No dijo “yo”.

Dijo “podemos”.

Algo cálido cruzó su expresión.

—Sí. Podemos.

Y por un segundo, el mundo pareció menos pesado.

Llegaron justo a las 8.

Las puertas comenzaban a abrirse.

Celeste ya estaba dentro del campus.

Emma la vio de lejos. Erguida. Segura.

Thiago y Emma tuvieron que esperar en la fila. Había mucha gente.

Cuando finalmente entraron, el reloj marcaba las 8:17.

El examen comenzó.

El salón era enorme.

El silencio era absoluto.

Emma miró la hoja.

Parpadeó.

Y casi no pudo creerlo.

Era fácil.

No porque fuera sencillo para cualquiera.

Sino porque ella lo sabía.

Lo había estudiado.

Cada tema. Cada fórmula. Cada concepto.

Sus manos dejaron de temblar.

Comenzó a escribir.

Respuesta tras respuesta.

Su mente estaba clara.

Cuando terminó, miró el reloj.

Había pasado menos tiempo del que esperaba.

Revisó todo dos veces.

Entregó el examen.

Y salió.

Esperó afuera.

El viento movía suavemente los árboles del campus.

Thiago salió después.

Su expresión era tranquila.

—¿Qué tal? —preguntó.

Emma sonrió apenas.

—Bien.

—¿Bien o bien?

—Bien.

Thiago rió.

—Entonces creo que estamos dentro.

Caminaron juntos hasta la salida.

Pero antes de irse…

Emma miró la panadería de la esquina.

—Tenemos que comprar pan —dijo.

Thiago entendió al instante.

Entraron.

El aroma era cálido. Hogareño.

Compraron lo más barato.

Y regresaron.

Cuando llegaron a la casa, Mar estaba esperándolos.

—¿Tanto te demoraste? —preguntó con sospecha.

Emma levantó la bolsa.

—No había en la tienda de la esquina.

—¿Cómo que no había?

—El señor se fue al extranjero. Dicen que tenía una enfermedad. Tuve que ir hasta la otra cuadra.

Mintió con naturalidad.

Mar la observó unos segundos.

No parecía convencida.

Pero finalmente suspiró.

—Está bien.

Celeste bajó las escaleras en ese momento.

—El examen estuvo súper fácil —anunció con seguridad—. Estoy segura que entro, mamá.

Mar sonrió orgullosa.

—Sabía que lo lograrías.

Celeste miró a Emma.

—Algunos simplemente nacemos para esto.

Emma sostuvo su mirada.

Y por primera vez…

No sintió miedo.

Porque ella también sabía algo.

Sabía que ese examen no había sido difícil.

Sabía que lo había hecho bien.

Y sabía que, tal vez…

Tal vez esta vez, el destino no estaría solo del lado de Celeste.

Esa noche, mientras todos dormían, Emma se sentó en su cama.

Miró sus manos.

Habían trabajado.

Habían limpiado.

Habían cocinado.

Habían estudiado en silencio.

Y ese día, habían escrito su futuro.

Cerró los ojos.

Y por primera vez en mucho tiempo…

Sonrió sin miedo.

El examen había terminado.

Pero la verdadera batalla…

Apenas comenzaba.

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Milagros Guadalupe Selvan
muy buen libro espero con ansias lo demás
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