Hace mil años, el sol se extinguió. Hoy, la humanidad se aferra a la vida en Aethelgard, una colosal metrópolis flotante que sobrevive drenando la energía del Abismo. En este mundo, tu valor se mide por tu Núcleo de Esencia, y el de Kaelen era basura.
Como un simple Recolector, Kaelen arriesgaba su vida en las profundidades para que la élite viviera en el lujo. Pero la lealtad no existe en el Abismo. Traicionado por su capitán y apuñalado por la espalda por sus propios compañeros, Kaelen es arrojado a las fauces de la oscuridad eterna.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. En el fondo del abismo, donde el tiempo no existe, Kaelen tropieza con los restos de una deidad olvidada. Al borde de la muerte, toma una decisión que cambiará el orden del universo: devorar el corazón de un dios.
Ahora, con un sistema de poder oscuro despertando en sus venas y una sed de venganza que podría incinerar los cielos
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Fuga de Aethelgard
Las sirenas del Gremio aullaban en una frecuencia que hacía sangrar los oídos. En los cielos del Sector Medio, los focos de los drones de vigilancia barrían las calles con una luz blanca y cegadora. Kaelen aterrizó sobre el pavimento de la avenida principal, su capa de sombras ondeando tras él como humo denso.
—[Zancada de Relámpago] —susurró.
Sus pies apenas tocaban el suelo mientras se movía entre los puestos de control. Pero las salidas peatonales estaban selladas con campos de fuerza. Solo había una forma de salir antes de que el Sector Medio fuera bloqueado por completo: el Gran Puente Transversal.
Kaelen fijó su vista en una Moto de Persecución "Valkiria" estacionada frente a un puesto de avanzada del Gremio. Era una pieza de ingeniería militar de Clase B, capaz de alcanzar velocidades que rompían la barrera del sonido en segundos.
Con un movimiento fluido, Kaelen lanzó su cadena. La hoja de la Segadora se clavó en el chasis de la moto, y él se impulsó hacia ella como un resorte. Antes de que el guardia pudiera desenfundar su arma, Kaelen le propinó una patada impregnada de energía oscura que lo lanzó diez metros hacia atrás.
—Mía —dijo, activando el motor.
El vehículo rugió, liberando un rastro de plasma azul. Kaelen aceleró a fondo, dejando una estela de neumáticos quemados y sombras.
[Habilidad activada: Sincronía Mecánica (Temporal)]
[El sistema está asimilando los circuitos de la Valkiria...]
[Velocidad aumentada en un 40%]
Detrás de él, tres interceptores aéreos del Gremio descendieron de las nubes de smog. Eran naves ligeras armadas con cañones de pulso.
—¡Objetivo identificado! —resonó por los megáfonos de la ciudad—. ¡Abran fuego!
Rayos de energía roja llovieron a su alrededor, vaporizando el asfalto y destruyendo los vehículos civiles que se cruzaban en su camino. Kaelen inclinó la moto al límite, rozando el suelo en las curvas, usando la Percepción de Puntos Débiles para prever dónde caería el próximo disparo.
—¿Quieren jugar a las carreras? —Kaelen soltó una mano del manubrio y la extendió hacia atrás—. ¡Coman esto!
No disparó un arma de fuego. Manifestó su Armadura de Sombras y la moldeó en forma de lanzas de oscuridad sólida. Con un gesto, las lanzó hacia las turbinas de los interceptores. Una de las naves estalló en una bola de fuego, perdiendo el control y chocando contra un rascacielos.
Sin embargo, el verdadero problema apareció al frente.
El Gran Puente Transversal, la única conexión con las tierras exteriores, estaba bloqueado. Pero no por una barricada común. En el centro del puente, rodeado de una estática azul que deformaba el aire, estaba el Ejecutor de Clase A, Vahn "El Rompecielos".
Vahn no llevaba una armadura pesada; vestía un traje de combate ceñido y sostenía una lanza de tres metros que brillaba con electricidad pura. Los ejecutores de Clase A eran la élite de Aethelgard, hombres que habían devorado miles de núcleos de alta calidad.
—Detente, recolector —la voz de Vahn retumbó en todo el puente—. No hay lugar en este mundo para los muertos vivientes.
Kaelen no frenó. Al contrario, activó el postquemador de plasma de la moto.
—¡Entonces hazme espacio en el otro mundo! —rugió Kaelen.
A doscientos kilómetros por hora, Kaelen se dirigió directamente hacia el Clase A. Vahn levantó su lanza, cargando una esfera de rayos en la punta. El aire crujía con tal intensidad que los cristales de los edificios cercanos empezaron a estallar.
[ADVERTENCIA: Nivel de amenaza incalculable]
[Probabilidad de supervivencia en choque directo: 12%]
[¿Deseas activar: "Sobrecarga de Esencia"?]
—¡Hazlo! —gritó Kaelen.
Un aura de color carmesí y negro envolvió la moto y al jinete. En el último segundo, antes del impacto, Kaelen no atacó a Vahn. Usó la hoz de su cadena para engancharse a uno de los cables de suspensión del puente y tiró con toda su fuerza de nivel 21.
La moto saltó por los aires, realizando una parábola perfecta por encima de la cabeza del Ejecutor.
Vahn, sorprendido por la maniobra, disparó su rayo hacia arriba, pero Kaelen usó su Armadura de Sombras para envolver la moto, desviando la mayor parte del impacto. La explosión lo impulsó aún más lejos, lanzándolo más allá de las barricadas finales.
Kaelen aterrizó pesadamente al otro lado del puente, los neumáticos de la moto chirriando mientras recuperaba el equilibrio. Sin mirar atrás, se adentró en el túnel que conducía a las Tierras de Nadie, el páramo tóxico fuera de la jurisdicción de la ciudad.
Vahn se quedó de pie en el puente, observando cómo el rastro de sombras desaparecía en la oscuridad exterior. Bajó su lanza, con una chispa de curiosidad en sus ojos.
—Interesante —susurró el Clase A—. Aethelgard acaba de crear a su peor enemigo.
[Has escapado de la Ciudad de Aethelgard]
[Recompensa de misión: Mapa de las Ruinas Antiguas]
[Tu cuerpo ha alcanzado el límite de evolución humana. Iniciando: "Primer Despertar de Divinidad".]
Kaelen detuvo la moto cuando las luces de la ciudad no eran más que un resplandor lejano. Se bajó, sintiendo cómo su piel ardía bajo el proceso de evolución. Frente a él se extendía el desierto de ceniza, un lugar donde solo los monstruos sobrevivían.
—Pronto —dijo Kaelen, mirando sus manos que ahora desprendían pequeñas chispas de oscuridad—. Volveré para apagar esas luces para siempre.