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Bajo La Máscara De La Venganza.

Bajo La Máscara De La Venganza.

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mafia / CEO / Completas
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En un mundo donde la traición y el deseo son moneda corriente, una mujer se alza entre las sombras para reclamar su lugar en el trono del poder, desatando una tormenta de venganza y seducción.

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Capítulo 12

El mediodía cayó sobre la ciudad con una claridad hiriente, de esas que no dejan lugar para esconderse. Lorenzo Beltrán se ajustó el nudo de su corbata de seda italiana mientras salía de su Mercedes blindado frente a la imponente fachada de granito del Banco Nacional. Se sentía joven, revitalizado por el aroma de la victoria inminente. A su lado, su jefe de seguridad, un hombre tosco llamado Rivas, escaneaba la calle con ojos paranoicos.

—Todo está despejado, don Lorenzo —murmuró Rivas—. No hay rastro del mercenario ni de la mujer.

Lorenzo soltó una risa condescendiente.

—Clara Mendoza está escondida en algún agujero, llorando por su imperio perdido. La mujer es inteligente, no te lo niego, pero carece del estómago para la guerra total. Al final, todas buscan lo mismo: protección y una salida elegante.

Entraron al banco, donde el gerente, un hombre que Lorenzo tenía en nómina desde hacía una década, los condujo directamente a las bóvedas subterráneas. El aire allí abajo era frío y reciclado, oliendo a metal y a secretos bien guardados.

—Caja 404 —dijo Lorenzo, extendiendo la mano.

El gerente insertó la llave maestra y luego Lorenzo introdujo la suya. El mecanismo crujió, un sonido celestial para los oídos del viejo capo. Pero al abrir la pesada puerta de acero, la sonrisa de Lorenzo se congeló.

Dentro de la caja no había servidores, ni discos duros, ni códigos de cuentas suizas. Solo había un pequeño sobre negro con el sello de cera de una calavera envuelta en sombras —el emblema personal que Clara solo usaba para las sentencias de muerte— y un teléfono móvil que comenzó a vibrar en ese preciso instante.

Con la mano temblando de una rabia que empezaba a transformarse en un pavor gélido, Lorenzo contestó.

—¿Te gusta la decoración, Lorenzo? —la voz de Clara sonó cristalina, carente de cualquier rastro de la debilidad que había fingido la noche anterior.

—¿Dónde están los servidores, maldita zorra? —rugió Lorenzo, mirando frenéticamente a su alrededor.

—Los servidores están a salvo, muy lejos de tus manos manchadas de sangre. Lo que tienes frente a ti es tu final. ¿Sabes cuál es tu mayor pecado, Lorenzo? No fue matarme, ni intentar robarme. Fue subestimarme por el simple hecho de ser mujer. Creíste que podías leerme como a un libro abierto, pero nunca te diste cuenta de que yo soy la que escribe las reglas.

—¡Te encontraré y te desollaré viva!

—No tendrás tiempo —sentenció Clara—. Mira hacia la cámara de seguridad de la esquina superior izquierda.

Lorenzo levantó la vista. La pequeña luz roja parpadeó tres veces. En ese momento, las puertas de la bóveda se bloquearon con un estruendo metálico. Por los altavoces de la sala, una voz autoritaria y desconocida resonó.

—Lorenzo Beltrán, queda usted detenido por cargos de lavado de activos, narcotráfico y conspiración para el asesinato. Salga con las manos en alto. La Interpol tiene el edificio rodeado.

Lorenzo dejó caer el teléfono. Rivas intentó sacar su arma, pero sabía que era inútil. Estaban atrapados en una tumba de acero que Clara Mendoza había diseñado específicamente para ellos. En ese momento, Lorenzo Beltrán comprendió la magnitud de su error: Clara no era la heredera de un imperio, ella *era* el imperio. La red se había cerrado, y él era solo una mosca atrapada en la seda.

***

A kilómetros de allí, en una furgoneta de vigilancia estacionada cerca de un complejo de almacenes industriales, Clara Mendoza observaba la detención de Lorenzo a través de una tableta. A su lado, Gabriel revisaba su equipo táctico, ajustando los cargadores de su rifle con una calma que contrastaba con la tormenta emocional que Clara estaba conteniendo.

—Uno menos —dijo Gabriel, mirándola de reojo—. Pero el pez más grande sigue nadando.

Clara cerró la aplicación de video y suspiró. Sentía una satisfacción amarga. Ver a Lorenzo caer era un paso necesario, pero su corazón no encontraría paz mientras Viktor Volkov estuviera libre.

—Volkov está en el almacén 12 —informó Esteban desde la base, su voz sonando por el comunicador—. Ha mordido el anzuelo. Cree que estás allí, herida y sola. Ha llevado a su unidad de élite.

—¿Cuántos? —preguntó Clara, poniéndose un chaleco de kevlar oculto bajo su chaqueta oscura.

—Doce hombres. Todos ex-Spetsnaz. Es una misión de exterminio, Sombra. No van a hacer preguntas.

Gabriel tomó la mano de Clara antes de que ella pudiera bajar de la furgoneta. Sus ojos se encontraron en la penumbra del vehículo.

—Esta es la parte donde me dices que me quede aquí —dijo él con una sonrisa torcida.

—Sabes que no lo haré —respondió Clara, apretando sus dedos contra los de él—. Volkov me pertenece. Pero necesito que tú cubras mi espalda. No confío en nadie más.

—Hasta el final —prometió Gabriel.

Bajaron del vehículo y se movieron con la sombras como sus únicas aliadas. El complejo industrial era un laberinto de contenedores oxidados y maquinaria vieja. El olor a aceite y abandono era penetrante. A medida que se acercaban al almacén 12, el sonido de botas militares sobre el cemento se hizo audible.

Clara se posicionó en una pasarela elevada, mientras Gabriel desaparecía entre unos barriles de combustible. Desde su posición, Clara pudo ver a Viktor Volkov. El ruso caminaba con una confianza aterradora, su rostro deformado por la cicatriz que ella le había dejado años atrás. Sostenía una granada cegadora en una mano y una pistola con silenciador en la otra.

—¡Clara! —gritó Volkov, su voz retumbando en el espacio vacío del almacén—. Sé que estás aquí. Puedo oler tu miedo. Es el mismo olor que había en Marsella antes de que me cortaras la cara. Sal y terminemos con esto como profesionales. Prometo que será rápido para ti. Pero al mercenario... a él lo haré suplicar por la muerte.

Clara no respondió. En lugar de eso, activó un interruptor en su cinturón. De repente, una serie de focos industriales se encendieron, cegando momentáneamente a Volkov y sus hombres.

—¡Fuego! —ordenó Volkov, cubriéndose los ojos.

Sus hombres empezaron a disparar indiscriminadamente hacia las pasarelas, pero Clara ya se había movido. Gabriel comenzó su trabajo desde las sombras. Un disparo seco, un hombre caído. Otro disparo, otro cuerpo en el suelo. Era una danza macabra de precisión y silencio.

Sin embargo, Volkov era un superviviente nato. En lugar de entrar en pánico, se lanzó hacia la oficina del supervisor, un cubículo de vidrio reforzado. Desde allí, vio un movimiento en la pasarela norte.

—¡Allí! —rugió, abriendo fuego con su fusil.

Las balas impactaron cerca de los pies de Clara, obligándola a saltar hacia una rampa de carga. Rodó por el suelo, sintiendo el golpe en sus costillas, pero se puso de pie de inmediato, desenfundando su Sig Sauer.

—¿Me buscabas, Viktor? —gritó ella, moviéndose entre las columnas de acero.

—¡Eres una sombra, pero incluso las sombras mueren cuando sale el sol! —respondió Volkov, flanqueándola con sus dos últimos hombres vivos.

La tensión era insoportable. Clara sabía que Gabriel estaba ocupado neutralizando a los refuerzos que intentaban entrar por la parte trasera. Estaba sola frente al fantasma de su pasado. Pero ya no era la chica asustada de Marsella. Era la mujer que había sacrificado su alma para construir un trono.

De repente, su teléfono personal, el que solo Julián conocía, vibró en su bolsillo. Fue una distracción de un segundo, pero en el mundo de Volkov, un segundo era una eternidad. El ruso salió de detrás de una columna, apuntándole directamente al pecho.

—Se acabó el juego, Sombra —dijo Volkov, con una sonrisa de victoria—. Dile adiós a tu reino.

Un disparo retumbó en el almacén, pero no provino de la pistola de Volkov. Un proyectil de largo alcance atravesó el hombro del ruso, haciéndolo girar y soltar su arma. Gabriel apareció en la entrada, con el rifle humeante.

Clara se acercó a Volkov, quien estaba en el suelo, gruñendo de dolor y tratando de alcanzar un cuchillo en su bota. Ella le puso el tacón de su zapato sobre la mano herida, presionando con toda su fuerza.

—No eres más que un matón con suerte, Viktor —dijo ella, mirándolo con un desprecio infinito—. Tu tiempo terminó hace mucho.

Pero antes de que pudiera apretar el gatillo para terminar con la pesadilla, el teléfono de Clara volvió a vibrar. Esta vez, vio la pantalla. Era un mensaje de video de un número oculto. Lo abrió por instinto, pensando que podría ser otra trampa.

Lo que vio la dejó paralizada. Era Julián, su amante traidor, pero no estaba en la mansión de los Beltrán. Estaba en una habitación oscura, golpeado y ensangrentado, sosteniendo un documento frente a la cámara.

—Clara... —decía Julián en el video, con voz quebrada—. Perdóname. No fue por dinero. Fue por... por ella. Tienes que ver el archivo 734 del computador de tu padre. No todo es lo que parece. Gabriel... Gabriel no es quien tú crees.

El video se cortó abruptamente. Clara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Miró a Gabriel, quien se acercaba a ella con una expresión de preocupación, su arma todavía en la mano.

—Clara, ¿estás bien? —preguntó él, extendiendo una mano hacia ella.

Ella retrocedió un paso, su mente trabajando a mil por hora. La red se estaba cerrando, sí, pero por primera vez, Clara Mendoza no estaba segura de qué lado de la red se encontraba. Los enemigos de fuera habían caído, pero el secreto que acababa de vislumbrar amenazaba con destruir lo único que le quedaba: su capacidad de confiar.

—No te acerques —susurró ella, apuntando su arma hacia el hombre que, apenas unas horas antes, le había hecho sentir que la vida valía la pena.

El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier tiroteo. El imperio de Clara Mendoza estaba en pie, pero su mundo interior acababa de estallar en mil pedazos. La traición tenía un nuevo rostro, y esta vez, el dolor era mucho más profundo que una simple bala.

1
Mar Sol
Clara está confiada en que está vez va a resultar su plan, ella es astuta, espera no haya errores.
Equipo Motorola
excelente felicitaciones escritora, muy diferente a todo lo recurrente, solo me quedo la duda de Julian, osea, no murió jajaja
Mar Sol
Al igual que Julián, hay otra persona que no sabe de lealtad, la ambición es tan fuerte que no le importó vender información a los enemigos de Clara.
Mar Sol
¡¡Que interesante!! ¡¡esto apenas va a empezar!!
Mónica Aulet
Que fuerte!!
Mónica Aulet
Y que se queme todo!!!!
Mónica Aulet
Impresionante ,la verdad que me tiene atrapada la historia.
Irma Ruelas
❤️😍😍😍😍😍😍
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