Ella reencarna en el segundo libro de una saga, es la protagonista que perdona al infiel de su esposo, pero ella no esta dispuesta ni a casarse, así que hará todo lo que pueda por cambiar su historia.
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Capitulo 4
Los días pasaban, y con ellos el encierro se convirtió en una forja. Iris no perdía el tiempo: entre libros, frascos y hierbas, creaba cremas, tónicos, pociones curativas y hasta cosméticos de belleza. La magia le facilitaba algunas transformaciones, pero ella sabía que no podía confiar en lo ilusorio: debía preparar, hervir y mezclar cada ingrediente de manera adecuada. La magia era un apoyo, no un atajo.
Esa tarde, con las manos aún impregnadas del aroma de lavanda y resina, tomó una decisión. No bastaba con crear: debía empezar a expandirse. Si quería independencia, necesitaba dinero, y si quería dinero, debía convertir sus productos en algo deseado. Su plan era sencillo pero astuto: regalar muestras pequeñas, lo suficiente para que funcionaran de manera inmediata. Una vez probadas, nadie podría resistirse a querer más.
—¿Está segura, milady? —preguntó Mery, sujetando un pequeño saco con los frascos preparados.
—Iris, Mery. Iris —corrigió con una sonrisa leve bajo la sombra de la capucha—. Y sí, estoy segura. ¿De qué sirve tanto conocimiento si lo escondemos tras estas paredes?
Con la capucha puesta, Iris se deslizó hasta la ventana y saltó con la agilidad que había ganado en sus entrenamientos diarios. El aire fresco le golpeó el rostro como un recordatorio de que ya no era la niña dócil de los Blandmon. Caminó a escondidas entre los setos del jardín, cuidando de no hacer crujir la grava. El corazón le latía fuerte, pero no de miedo: era emoción pura, la promesa de libertad.
Mery la esperaba en la parte trasera de la mansión, junto al caballo que había preparado en secreto. La criada sujetaba las riendas con firmeza, los ojos brillando de complicidad.
—El pueblo está a media hora —murmuró, ayudándola a montar.
Iris asintió, acomodándose con gracia. Mientras el animal resoplaba impaciente, ella acarició el pequeño saco de frascos que colgaba de su cintura. Aquella noche, la hija olvidada de los Blandmon se convertiría en algo más: la creadora de un futuro propio.
—Vamos, Mery —dijo con determinación—. Es hora de que el mundo empiece a probar lo que puedo hacer.
Y con un suave tirón de las riendas, ambas se internaron en la oscuridad del camino, lejos de la mansión, hacia el inicio de una nueva vida.
El plan estaba claro en su mente: antes de dar a conocer sus productos, necesitaba un lugar. Un puesto, una tienda, algo que la hiciera visible sin revelar quién era. No podía darse el lujo de mostrar su rostro; debía convertirse en una mujer envuelta en misterio, alguien que intrigara y llamara la atención. Por eso, aquella noche, bajo la capucha oscura, Iris llevaba consigo no solo los frascos preparados, sino también un pequeño cofre de terciopelo con joyas. Piezas antiguas, parte de su dote, que ahora no significaban lujo sino la llave para abrir su propio futuro.
—Milady… ¿de verdad va a venderlas? —susurró Mery mientras ajustaba la montura del caballo.
—Iris —corrigió ella con suavidad, pero firme. Su nombre. Su vida nueva—. Y sí, Mery. ¿De qué me sirven estas joyas en un cofre, cuando pueden darme un lugar en la capital? No quiero depender de nadie.
El viaje hasta la ciudad fue silencioso, solo el sonido de los cascos en el camino y el crujir del viento nocturno. El corazón de Iris latía fuerte, pero no por miedo, sino por anticipación: iba a empezar desde cero, construyendo algo que sería suyo y de nadie más. Cuando llegaron, el bullicio del mercado nocturno la envolvió. Carros cargados de especias, vendedores voceando precios, risas, discusiones, el tintinear de monedas. Iris mantuvo la cabeza baja, la capucha cubriéndole hasta la nariz. A ojos de cualquiera, solo era una dama misteriosa, acompañada por su criada. Caminó con paso seguro hasta una discreta joyería en la calle principal. El comerciante, un hombre de barba bien cuidada y ojos astutos, la miró con curiosidad mientras ella colocaba sobre el mostrador las piezas de oro y piedras preciosas.
—Quiero venderlas —dijo con voz calmada, pero firme, modulando cada palabra para sonar mayor de lo que aparentaba.
El joyero arqueó una ceja, sorprendido por la calidad de las piezas. Se inclinó para observarlas mejor, y por un momento olvidó siquiera mirarla a ella. Iris sonrió bajo la sombra de la capucha. Justo lo que quería. Aquella noche no regresaría a la mansión como la hija sumisa de los Blandmon, sino como la misteriosa mujer que acababa de conseguir el capital para fundar su propio negocio.
El bullicio de la capital era abrumador, pero Iris lo tomó como música de fondo. Había conseguido alquilar un pequeño puesto en la calle de los mercaderes, discreto pero visible. La madera aún olía a nuevo, y sobre la mesa, alineados con precisión, estaban los frascos con sus cremas, bálsamos y aceites. No tenía cartel ni nombre aún, solo su presencia bajo aquella capucha negra que ocultaba su rostro.
—Recuerda, Mery, no hables demasiado —le murmuró—. Aquí lo importante no soy yo, sino el producto.
La criada asintió, nerviosa.
No tardó mucho en llegar la primera sombra imponente. Una carroza adornada con emblemas dorados se detuvo frente al mercado, y de ella descendió una dama de porte arrogante: Lady Vivianne Renlor, conocida por todos como la mujer más vanidosa de la corte. Alta, con un vestido carmesí ajustado y perlas en el cuello, caminaba como si todo el suelo le perteneciera. Iris la recordaba bien en la memoria de la antigua Iris Blandmon: una mujer que despreciaba a cualquiera que no tuviera título ni fortuna.
—¿Y qué tenemos aquí? —preguntó con tono burlón, deteniéndose frente al puesto de Iris—. Otra campesina jugando a ser alquimista…
La joven no respondió de inmediato. Solo tomó un frasco pequeño y lo colocó sobre la mesa, dejándolo brillar bajo la luz del sol. La sustancia en su interior, una crema perlada, despedía un aroma fresco, natural, distinto a los perfumes empalagosos que usaban las damas de la corte.
—No vine a jugar, mi lady —dijo Iris finalmente, su voz modulada, firme y segura—. Vine a ofrecer resultados.
Vivianne arqueó una ceja, divertida.
—¿Resultados? ¿Y qué podrías tú darme que no pueda comprar con el oro de mi familia?
Iris inclinó levemente la cabeza, como si evaluara su rostro. Su mirada de médico del siglo XXI se encendió: la piel reseca por el maquillaje pesado, pequeñas líneas cerca de los labios, y la tensión en la mandíbula de alguien que no soporta perder.
—Un cutis libre de imperfecciones en tres días —respondió con calma—. Algo que, por más oro que tenga, nadie más puede prometerle.
El orgullo de Vivianne la obligó a tomar el frasco, aunque lo hizo con desdén.
—Iré a comprobarlo —replicó con un dejo de soberbia, entregando unas monedas de oro que bastaban para cubrir más de lo que valía esa muestra.
Iris inclinó la cabeza en señal de respeto, aunque en su interior sonrió. Sabía que esa mujer no podría resistirse a presumir en la corte si el producto funcionaba, y cuando lo hiciera, toda la nobleza acudiría a su puesto. La primera pieza de su imperio acababa de caer en su lugar.
me tienes con los ojos llorosos luego de leer este extra 😭😭😭
Al menos en otro plano, pudieron ser felices 😭😭.