Valentina Ruiz tiene veintiocho años, un diagnóstico de infertilidad que carga en silencio y un empleo en la Fundación Horizontes que lo es todo para ella. Hasta que su jefa, la influyente Doña Mercedes, le hace una propuesta que cambiará su vida: casarse con su hijo, Sebastián Herrera, un joven viudo que no ha logrado soltar a su esposa muerta y padre de cinco hijos que ya hicieron renunciar a treinta y dos candidatas antes que ella.
Valentina acepta. No por amor, sino por una mezcla de presión, miedo a perder lo poco que tiene y una esperanza que ni ella misma se atreve a nombrar. Lo que encuentra al cruzar esa puerta es un hogar en guerra silenciosa: un marido que la trata con cortesía gélida, una niña de dos años que no para de llorar, un adolescente que lidera la resistencia contra ella y tres hermanos que la observan con desconfianza. Treinta y dos mujeres ya se rindieron. Valentina decide no ser la número treinta y tres.
Día tras día, con paciencia y sin pedir nada a cambio, Valentina se abre paso entre el rechazo, las trampas de los niños y el muro emocional de Sebastián. Pero cuando por fin la familia empieza a sanar, un secreto médico enterrado durante años amenaza con destruir todo lo que construyó. Alguien en quien confió toda la vida le mintió. Y la verdad, cuando salga a la luz, pondrá a prueba cada promesa, cada vínculo y cada "mamá" que tanto le costó ganarse.
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30
—No te imaginas, Valen, cómo se desmoronó esa casa después de que la madre de los niños falleciera. Sebastián estuvo a punto de perder su empresa. Treinta y dos veces intentó encontrar a alguien que la reemplazara, pero ninguna funcionó. La última fuiste tú, y al final él se lo dejó en manos a esta vieja, y gracias a Dios resultó. Gracias, Valen. Salvaste a mis hijos y a mis nietos.
Doña Mercedes abrazó a Valentina. Sus ojos, que ya estaban vidriosos, se desbordaron en llanto.
Esa noche Doña Mercedes regresó a su casa. Después de que todos los niños se quedaron dormidos, alineados como sardinas en la sala de la villa, Valentina salió al balcón junto a Sebastián. El aire frío les rozó el rostro. Desde adentro se oía el ronquido suave de Nicolás.
—¿Lo oyes? —preguntó Sebastián—. Nico ronca.
Valentina se rio.
—Nuestro hijo.
La frase se le escapó sin pensarlo. Sin querer. Pero hizo que ambos se quedaran en silencio. Porque era la primera vez que ella se refería a los niños como nuestros hijos. Y por alguna razón, en medio de una villa ruidosa, unas vacaciones agotadoras y cinco niños que jamás se estaban quietos, ese se convirtió en uno de los momentos más felices que Valentina había sentido en su vida.
La noche avanzó. El aire de montaña se sentía cada vez más frío. Dentro de la villa, los cinco niños que desde temprano habían correteado sin parar cayeron rendidos uno por uno. Diego fue el que más aguantó despierto, leyendo un libro. Mateo se quedó dormido con los lentes todavía puestos. Nicolás dormía en una posición tan rara que Sebastián estaba seguro de que al día siguiente el niño se quejaría de dolor. Camila abrazaba su muñeca. Y Sofía dormía atravesada, a punto de patear a todos.
Valentina acababa de asegurarse de que todos estuvieran bien tapados. Cuando volvió al balcón, Sebastián seguía ahí de pie.
—¿Ya se durmieron todos? —preguntó Sebastián—. Te tardaste mucho.
Valentina frunció el ceño.
—¿Que me tardé? Estaba atendiendo a los niños.
—Yo también soy de los niños.
Valentina volteó a verlo.
—¿Qué?
Sebastián se recargó en el barandal del balcón.
—Desde hace rato toda tu atención es solo para ellos. Yo también quiero que me prestes atención. Estoy celoso de los niños, ¿sabes?
Valentina soltó una carcajada.
—Sebastián... ¿Te das cuenta de que lo que acabas de decir suena igualito a Camila cuando se pone celosa porque cargan a Sofi?
Sebastián no mostró ni una pizca de arrepentimiento.
—Puede ser. O exactamente así es.
Respondió sin más. Hablaba en serio: quería que Valentina le prestara atención.
Valentina ya no pudo contener la risa.
—Dios mío. Acabo de darme cuenta de algo.
Cruzó los brazos sobre el pecho y miró a su esposo con expresión seria.
—Eres más infantil que Camila.
—Calumnia. Soy el jefe de esta familia.
—Igual. Pero se pone a hacer berrinche porque su esposa está ocupada cuidando a los niños.
Sebastián abrió la boca. Luego la cerró. Porque no encontró ninguna defensa razonable.
Valentina sonrió con picardía.
—¿Y si resulta que...?
—¿Que qué?
—¿Que eres mi sexto bebé?
Entonces se oyó la risa de Sebastián. Una risa tan fuerte que tuvo que contenerse para no despertar a los niños. Valentina empezó a contar con los dedos.
—Mi primer bebé: Diego. El segundo: Mateo. El tercero: Nico. La cuarta: Camila. La quinta: Sofi. El sexto: Sebastián. Sebastián, que es más mimado que Sofi y que cuando se pone celoso es peor que Camila.
Valentina se rio satisfecha.
Sebastián negó con la cabeza.
—¿O sea que así es como me ves?
—A veces. Cuando te pones mimoso.
Era absolutamente irrebatible, porque Sebastián lo estaba haciendo en ese preciso momento.
Ahora Sebastián de verdad no podía defenderse. Porque en efecto, últimamente se había acostumbrado a llegar a casa y encontrar a Valentina ahí. Se había acostumbrado a que alguien le preguntara si ya había comido. A que alguien le recordara que descansara. A compartir la carga. Cosas que durante años no había tenido. Sebastián la observó unos instantes.
—Si de verdad soy tu sexto bebé... entonces soy el más afortunado. Porque me tocó la madre más paciente. Ni siquiera Doña Mercedes podría ser como tú.
Valentina le dio un golpecito suave en el brazo.
—Soy tu esposa. No tu mamá.
—Menos mal que te das cuenta. Porque si fueras mi mamá, no podría haberme casado contigo.
Sebastián le pellizcó la mejilla a Valentina hasta dejársela roja. Se rio satisfecho al ver la reacción de su esposa. Y esa noche, en el balcón frío de la villa, por primera vez disfrutaron de unos minutos que fueron solo de ellos dos. Sin Diego, que era demasiado maduro. Sin Mateo, que era demasiado listo. Sin Nicolás, que era demasiado inquieto. Sin Camila, que lloraba por todo. Sin Sofía, que siempre quería que la cargaran. Solo ellos. Dos personas que al principio fueron unidas por las circunstancias. Pero que poco a poco encontraron la felicidad en un lugar que jamás habrían imaginado.
El aire nocturno se puso aún más frío. El canto de los grillos se oía tenue desde fuera de la villa. Adentro, sus cinco hijos dormían profundamente después de un día entero de gastar toda su energía.
Sebastián contempló a Valentina, que se veía agotada. Desde la mañana la mujer prácticamente no había dejado de moverse. Vigilar a los niños. Preparar la comida. Mediar en las peleas. Asegurarse de que todos estuvieran bien. Pero aun así, había algo que él quería decirle.
—Valen, esta noche... —Sebastián esbozó una leve sonrisa—. ¿Puedo tenerte toda para mí otra vez?
Valentina, que estaba reclinada en la silla del balcón, lo miró unos segundos. Luego respondió con honestidad:
—Tengo sueño.
Sebastián parpadeó.
—¿Esa es tu respuesta?
—Sí.
Valentina bostezó.
—De verdad tengo mucho sueño.
Sebastián soltó un largo suspiro.
—Le perdí al sueño. Y a cinco niños que quisieron nadar tres veces. No es justo. Nada justo.
Valentina se levantó y se acomodó el cardigan que traía puesto.
—Además, mañana temprano Sofi seguro va a ser la primera en despertar. Nico seguro ya va a estar corriendo afuera de la villa antes del desayuno. Y Mateo seguro va a traer un libro aunque estemos de vacaciones.
Valentina sonrió.
—Así que lo que más quiero en este momento es mi almohada.
Sebastián se rio en voz baja. Luego tomó la mano de su esposa.
—Está bien.
—¿Decepcionado?
—Un poco.
—Perdón.
—No hace falta.
Sebastián le besó brevemente el dorso de la mano. Un gesto sencillo que hizo que Valentina sonriera.
—Duerme —dijo con suavidad—. Mañana volvemos a ser padres.
Valentina soltó una risita.
Después entraron de nuevo a la villa. Vieron a los cinco niños desparramados por la sala. Una escena que hizo que ambos negaran con la cabeza. Y esa noche terminó de manera simple. Sin lujos. Sin momentos dramáticos. Solo dos personas que entendían que a veces la forma más real de amor es dejar que la pareja que está agotada descanse en paz.
Finalmente entraron a la habitación. Valentina se dejó caer sobre la cama de inmediato. Mientras tanto, Sebastián revisó su teléfono un momento antes de apagar la luz.
—Buenas noches —dijo Sebastián.
—Buenas noches —respondió Valentina.
Poco después la habitación quedó a oscuras. Solo quedaba la tenue luz de las lámparas del jardín que se colaba por las cortinas. Sebastián pareció dormirse rápido. Quizás porque de verdad estaba exhausto. Todo un día cuidando a niños cuya energía parecía no tener fin. Pero Valentina todavía no podía cerrar los ojos. Se quedó acostada mirando al techo. Escuchando la respiración de su esposo que empezaba a volverse acompasada. Y sin darse cuenta, sus pensamientos regresaron a la conversación en el balcón. Esta noche... ¿puedo tenerte toda para mí otra vez?. Esa frase seguía resonando.
Antes, al inicio de su matrimonio, Sebastián casi nunca iniciaba una conversación personal. Su vida de casados se parecía más a la cooperación entre dos adultos que simplemente cumplían con sus obligaciones. Cuidar a los niños. Encargarse de la casa. Atender la fundación. Nada más.