Valeria lo dio todo por su matrimonio. Durante siete años fue la esposa perfecta: cocinaba antes del amanecer, criaba sola a Luna, su pequeña hija, y trabajaba en las sombras para convertir el negocio de Andrés en un imperio. A cambio, recibió indiferencia, mentiras y la traición definitiva: descubrir que su esposo compartía cama con otra mujer mientras Luna lloraba esperando una promesa de cumpleaños que jamás se cumplió.
Lo que Andrés nunca supo es que Valeria no era una simple ama de casa. Detrás de su apariencia sumisa se escondía la presidenta y accionista mayoritaria de Grupo Valcárcel, uno de los conglomerados empresariales más poderosos de la ciudad. Una mujer capaz de destruir carreras, hundir fortunas y reescribir destinos con una sola llamada telefónica.
El divorcio fue solo el primer movimiento en un tablero que Andrés nunca vio venir.
Mientras él se hunde cada vez más —de empresario arrogante a chofer, de chofer a paralítico, de paralítico a indigente vendiendo globos en la calle—, Valeria asciende imparable. Y cuando Santiago, un misterioso CEO en silla de ruedas que esconde secretos tan profundos como los suyos, irrumpe en su vida con una determinación inquebrantable y un amor que viene desde la adolescencia, Valeria descubre que la venganza más dulce no es destruir al hombre que la traicionó, sino construir la vida que siempre mereció.
Pero en esta familia, las traiciones no terminan con el divorcio. Madrastras que envenenan, hermanastras que conspiran, amantes que ordenan asesinatos y secretos que pueden cambiarlo todo se interponen entre Valeria y la felicidad que está decidida a reclamar.
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Cap. 30
Los documentos importantes que solían estar perfectamente ordenados ahora yacían abandonados. Valeria caminaba de un lado a otro frente a su escritorio con pasos agitados, apretando el celular con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
La escuela acababa de informarle que Luna ya se había ido, pero no con el chofer particular que Valeria había enviado a recogerla.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
La puerta fue golpeada con urgencia y don Rodrigo entró con la respiración entrecortada, el rostro cubierto de sudor frío.
—Discúlpeme, señora Valeria. Ya revisé todas las cámaras de seguridad en los alrededores de la escuela de Luna, y también envié al equipo de seguridad a buscar por la ruta habitual. Pero todavía no encontramos a la señorita Luna.
—¿Cómo es posible, Rodrigo? —la voz de Valeria se elevó, incapaz ya de ocultar el pánico que le quemaba el pecho—. ¡Esa escuela tiene un sistema de seguridad estricto! ¿Quién se atrevió a llevarse a mi hija?
Justo después de soltar esas palabras, el celular en la mano de Valeria vibró con violencia. Un número desconocido llamaba. Sin perder un segundo, Valeria deslizó la pantalla hacia arriba.
—¡Hola! ¿Quién es? —disparó Valeria sin contemplaciones.
Del otro lado de la línea se escuchó una risita relajada terriblemente familiar, una voz que al instante le hizo hervir la sangre a Valeria.
—Tranquila, Valeria, tranquila. No grites como si estuvieras poseída. Nuestra hija está a salvo conmigo.
—¿Andrés? —Valeria irguió el cuerpo, los ojos le relampagueaban de furia—. ¿Dónde estás? ¿Qué le hiciste a Luna?
—Luna está disfrutando un helado de chocolate, su favorito, en el café que está frente al centro comercial del centro. Si quieres venir a recogerla, ven sola ahora mismo. Te espero —dijo Andrés antes de cortar la llamada de forma unilateral.
Valeria miró a don Rodrigo con dureza.
—¿Qué pasó, señora?
—Voy a encontrarme con mi exesposo a solas. Tú espera a Luna en el carro.
*
*
Treinta minutos después, Valeria entró al café que Andrés le había indicado. Nada más cruzar la puerta, encontró a Luna sentada en un rincón del local, disfrutando un enorme vaso de helado con cara de inocencia absoluta.
Frente a ella, Andrés estaba sentado con los brazos cruzados sobre el pecho, vistiendo su camisa ajustada de uniforme de chofer, exhibiendo a propósito una apariencia fornida e imponente.
—¡Mami! —exclamó Luna con alegría al ver llegar a su madre.
Valeria se obligó a sonreír con dulzura a su hija.
—Luna, cariño, ve con don Rodrigo al carro que está afuera, ¿sí? Mami tiene un asunto breve con papi.
—¡Está bien, mami! —Luna, con su agudeza habitual, captó la tensión de inmediato, obedeció sin protestar y salió a encontrarse con don Rodrigo, que ya estaba esperando afuera.
En cuanto Luna desapareció de su vista, Valeria golpeó la mesa frente a Andrés con un puñetazo.
—¿Cómo te atreviste a llevarte a Luna sin mi permiso, Andrés? ¿Acaso perdiste la razón?
Andrés no se inmutó. Al contrario, se puso de pie con lentitud, luciendo su sonrisa arrogante rebosante de seguridad en sí mismo.
—¿Por qué tendría que pedir permiso, Valeria? ¡Sigue siendo mi hija biológica! En este mundo no existe eso de un "expadre", ¿verdad? Tengo todo el derecho de verla cuando quiera.
—¡Eso ya lo sé! —espetó Valeria, conteniendo el volumen de su voz para no convertirse en el centro de atención del resto de los clientes—. ¡Pero al menos no me hagas sufrir una angustia de muerte! ¡Te la llevaste de la escuela sin avisar!
Al ver la furia de Valeria, Andrés la interpretó de la manera equivocada. Su confianza, que rozaba las nubes tras haber sido pedido en matrimonio por la hija de un magnate el día anterior, lo hacía sentirse invencible.
Según su teoría, Valeria estaba furiosa porque todavía sentía algo profundo por él.
Andrés avanzó un paso, acortando la distancia entre ambos. Antes de que Valeria pudiera esquivarlo, la mano firme de Andrés se movió con rapidez para tomarla por la cintura, obligándola a pegarse contra su cuerpo fornido.
—¡Suéltame, Andrés! —siseó Valeria, el cuerpo tenso de repulsión.
Andrés, en cambio, acercó el rostro y le susurró con un tono deliberadamente pretencioso.
—¿Preocupada? ¿Estabas preocupada por Luna... o preocupada por mí, Valeria? Admítelo de una vez: te comportas tan fría a propósito porque tienes miedo... miedo de volver a enamorarte de mí, ¿verdad? No puedes olvidar el encanto de tu exesposo.
Valeria puso los ojos en blanco con hastío, expresando un asco descomunal. Con un tirón brusco y contundente, apartó la mano de Andrés de su cintura y retrocedió dos pasos.
—¡Guarda tu distancia, Andrés! ¡Quita tus sucias manos de encima! —le soltó Valeria con frialdad mientras se alisaba el blazer arrugado—. ¡Ya no somos marido y mujer! ¡Nuestros límites quedaron claros desde que se firmó el acta de divorcio!
Andrés soltó una risita arrogante y se metió las manos en los bolsillos del pantalón.
—Los límites se pueden cambiar, Valeria. Todavía podemos reconciliarnos. Sé que estás sola dirigiendo esa gran empresa. Necesitas a un hombre como yo para protegerte a ti y a Luna de nuevo.
Valeria dejó escapar una risa amarga, una carcajada despectiva que atravesó directamente el orgullo de Andrés.
—¿Reconciliarnos? ¡Ni en tu sueño más descabellado eso sucederá jamás, Andrés! ¡Nunca me rebajaría a volver con un hombre traidor, fanfarrón, que ahora anda por ahí a la deriva después de que lo echaron de mi empresa!
—¡No seas tan soberbia, Valeria! ¡La rueda siempre gira! —replicó Andrés, el rostro endureciéndose por la ofensa—. ¡Muy pronto mi suerte va a cambiar por completo, e incluso podría superar al Grupo Valcárcel!
—¿Ah, sí? Qué bueno, entonces. Ocúpate de tu vida llena de fantasías y no te atrevas nunca más a tocar a Luna sin mi autorización. Si este día se repite, no dudaré en meterte tras las rejas por el delito de secuestro de menores —respondió Valeria con una sonrisa gélida y letal.
Sin esperar respuesta de Andrés, Valeria dio media vuelta con elegancia. Salió del café con la barbilla en alto, dejando atrás a Andrés de pie con los puños apretados, maldiciendo la firmeza inquebrantable de su exesposa, que resultó ser dura como un diamante e imposible de ablandar con pura confianza en sí mismo.
—¡Maldición! —masculló Andrés entre dientes, golpeando la mesa del café con el puño después de que la espalda de Valeria desapareciera tras la puerta de vidrio.
Su respiración se agitó, no solo por la rabia, sino por otra agitación que de pronto le incendió el pecho. Andrés se miró la palma de la mano que hacía un momento había tocado la cintura de Valeria. Su piel aún conservaba la calidez del cuerpo de su exesposa.
—¿Por qué se volvió mucho más hermosa y tentadora después de divorciarse de mí? —murmuró Andrés con la mirada oscurecida de deseo.
Antes, cuando todavía era la esposa obediente en casa, Valeria le parecía del montón. Pero ahora, con ese traje de oficina ajustado que envolvía su cuerpo voluptuoso, el aura altiva que irradiaba Valeria provocaba en Andrés unas ganas irrefrenables de encerrar a esa mujer en su cama y doblegar su soberbia hasta dejarla sin fuerzas.
Andrés se restregó el rostro con frustración.
—¿Acaso antes Romina me tenía completamente cegado? ¿Tanto que desperdicié semejante mujer como Valeria?
Los pensamientos siniestros de Andrés empezaron a girar descontrolados. Su confianza en sí mismo resurgió de nuevo.
"Ya lo verás, Valeria. En cuanto logre exprimir la fortuna de Natalia y vuelva a ser rico, te arrastraré de vuelta a mis brazos. No podrás escapar de mí."