El juzgado de guardia huele a café frío y a desinfectante, son las diez y cuarenta de la noche. Hay un juez con la corbata torcida, dos custodios, una abogada de oficio con tres claveles muertos en sus manos, y un novio culpable.
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La última mentira.
En la azotea de una pensión, Lola. Cádiz.
Tres cuerpos en la habitación 3. Sirenas subiendo por Calle Ancha. Sábanas blancas tendidas como mortajas.
Marco arrastra a Elena por la ropa tendida. Saltamos.
¿Estás loco? Son tres pisos.
Dos y medio. Al toldo de la frutería.
No esperan su opinión. Saltan. El toldo verde de Frutas Remedios los frena y los escupe al suelo entre cajas de melocotones. Un viejo grita. No paran.
Corren por el Mercado Central. La gente, huele a pescado, están los turistas. Marco con el disco duro en la cintura. Elena con el pasaporte y la carta de su padre en el pecho. La Glock vacía en la mochila.
¿A dónde?, jadea ella.
A donde nadie nos busque, dice Marco. Puerto. Un barco. Mar.
En el puerto de Cádiz. Muelle Reina Victoria.
Huele a gasolina y a sal. Estan las gaviotas y contenedores. Eligen un pesquero viejo: La Niña II. Patrón solo, borracho, remendando redes.
Marco le enseña 200 euros y la placa. “Asuntos Internos. Necesito salir ya. Sin preguntas”.
El patrón mira a Elena. Camiseta I love Sevilla, sangre seca en el brazo. ¿Ella?
Testigo protegida, miente Marco. La última mentira. O la primera verdad.
El patrón escupe al mar. “Mil euros. O nadan”.
Elena saca el anillo de acero. Se lo quita. Lo tira sobre las redes. Vale más que tu barco. Y que tu silencio.
El patrón lo muerde. Asiente. “Zarpamos en diez. A Tánger. Desde allí los pierden ”.
Casi las siete de la noche, ambos estan en la bodega de La Niña II.
Motor ruge. Cádiz se hace pequeña por la borda. Solo hay cajas de boquerones, olor a muerte y una bombilla que parpadea.
Elena conecta el disco duro al portátil viejo del patrón. Robado, seguro. Tarda en encender.
Contraseña, dice ella.
Marco teclea: ElenaDuarteRuiz.
Error.
Teclea: 14-08-2014.
Abre.
Video. Cámara oculta. Despacho de Varela. Fecha y hora en la esquina: 14-08-2014. 23:17. La noche del crimen.
Se ven tres personas. Varela contando dinero. El padre de Elena, nervioso, con una pistola. Y al fondo, Marco, 27 años, descargando cajas. Sin pistola. Sin mirar.
Discuten. El padre de Elena grita: ¡Me jodiste con los intereses, Arturo!
Varela se ríe. “Tú firmaste, Duarte.
El padre saca la pistola. Tiembla. Dispara. Una vez. Dos. Varela cae.
Marco se gira. Ve el cuerpo. Ve al padre de Elena vomitando. Ve la cámara. La arranca de la pared.
El padre llora. Mi hija… mi hija no puede saber.
Marco mira a cámara, antes de arrancarla. Dice: Yo me encargo.
Video corta.
Elena pausa. No respira. No parpadea. Diez años sin aire, tomados de golpe.
Lo sabía, susurra. Todo este tiempo… lo sabías.
Tu padre me pidió que te sacara, dice Marco. Voz rota. “Que si él caía, tú caías con él. Por el pagaré. Por encubrimiento. Me dio el video. Me dijo: cásate con ella. Cállala. Sálvala”.
¿Y por eso te enterraste?, grita ella. Empuja el portátil. Casi cae. ¡Pudiste darme el video! ¡Pudiste decirme que mi padre era un asesino!
¿Y qué? ¿Para que fueras a verlo a la cárcel? ¿Para que los Marín te mataran por saber? Muerta estabas mejor. Viuda estabas limpia.
Se miran. Diez años de mentira entre los dos, brillando en la pantalla.
Suena el móvil del patrón arriba. Grita: ¡Tenemos compañía! ¡Guardacostas!
Un patrullero de la Guardia Civil se pega a babor. Altavoz: “La Niña II, detengan motores. Inspección rutinaria”.
No es rutinaria. En la proa va Gómez. Con chaleco. Con una orden. Y con dos tíos de los Marín esposados pero sonriendo.
Marco maldice. Nos vendió.
Elena ya lo sabía. Gómez trabaja para quien pague. Y los Marín pagaron tu tumba.
Gómez grita con megáfono: ¡Ledesma! ¡Entrega el disco y a la chica! ¡La orden dice viva o muerta, y prefiero viva!
Marco mira a Elena. Mira el disco. Mira el mar.
Plan, dice ella.
Solo hay uno, dice él. La última mentira.
Le quita el pasaporte venezolano. Daniel Ríos. Le quita la carta de su padre. Se lo guarda todo. Le pone su placa en la mano.
¿Qué haces?
Salvarte. De verdad esta vez.
La besa. Fuerte. Sin permiso. Sin rabia. Con diez años de retraso. Sabe a sal y a despedida.
Le susurra: “Tira el disco al mar. Nadie más lo ve. Tú subes con Gómez. Dices que te secuestré. Que me mataste en defensa propia. Eres la abogada heroína. Heredas mi placa. Limpias tu nombre”.
¿Y tú?
Yo me tiro. Con el pasaporte. Con la carta. Daniel Ríos desaparece en Tánger. Marco Ledesma muere dos veces. Y tú vives una.
Elena le clava las uñas en la nuca. No.
Sí, dice él. Porque te quiero. Y esa es la única verdad que te dije. Te quiero Elena, desde mucho antes.
Gómez vuelve a gritar. Cuentan hasta tres.
A la una, Marco le arranca el disco duro de las manos.
A las dos, lo tira por la borda. Se hunde sin gloria.
A las tres, se tira él.
Sin chaleco. Sin despedirse.
El mar se lo traga.
Patrullero de la Guardia Civil.
Elena sube empapada, temblando, con la placa de Marco en la mano.
Gómez sonríe. ¿Dónde está Ledesma?
Elena apunta con la Glock vacía que recogió del suelo. Nadie sabe que está vacía. En el fondo. Intentó huir. Le disparé.
Gómez mira al mar. No hay cuerpo. Solo manchas de gasolina.
¿Y el disco?
Hundido. Como él. Como mi padre. Como esta puta mentira.
Los Marín esposados maldicen. Sin disco no hay pruebas. Sin Marco no hay trato.
Gómez la esposa por protocolo. Pero le guiña un ojo. “Buen trabajo, viuda”.
Elena no dice nada. Mira al mar. Cádiz ya no se ve.
En el bolsillo, aprieta el anillo de acero. El que vale más que un barco.
Y en el pecho, bajo la camiseta mojada de I love Sevilla, guarda la carta de su padre.
No la quemó.
Porque la última mentira de Marco fue decir que se tiró para morir.
La verdad: Daniel Ríos sabe nadar.
Y Tánger está a 14 kilómetros.
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Tres meses después. Tánger. Zoco
Una mujer compra dátiles. Pelo corto. Gafas de sol. Cicatriz en el pie.
Un hombre vende alfombras. Barba nueva. Cicatriz en la ceja. Pasaporte venezolano en el bolsillo.
Se cruzan. No se hablan.
Él le mete un papel en la bolsa de los dátiles.
Ella lo lee en el hotel. Solo dice: Cena. 21:00. Muelle. Sin mentiras.
Firma: M.
Y Elena, por primera vez en diez años, sonríe sin sangre en la boca.
Porque algunas mentiras merecen consumirse.
Y algunos matrimonios merecen una segunda boda.
Sin juzgado. Sin pistolas.
Solo se visualiza el basto bar.