Esta es una intensa novela psicológica y dramática para adultos que explora la compleja y prohibida transición emocional entre dos hermanastros que, tras años de convivencia, deben enfrentarse a sus crecientes deseos en medio de una tensión familiar ineludible
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Entre pasillos y secretos
El instituto era un laberinto de murmullos, casilleros metálicos y jerarquías invisibles que Hana aún no lograba descifrar. El primer día de secundaria se sentía como una emboscada. Caminar por los pasillos flanqueada por la sombra de Ji-hoon —quien avanzaba con la naturalidad de un rey regresando a su reino— era una experiencia desconcertante. A cada paso, chicas de cursos superiores se giraban para verlo, susurrando y riendo. Ji-hoon ni siquiera parpadeaba; parecía tener un radar interno para ignorar la adoración ajena.
—Deja de caminar tan cerca de mí, Hana —masculló él, sin mirarla, mientras avanzaba hacia su ala del edificio—. Atraes miradas innecesarias.
—¡Es el pasillo principal, Ji-hoon! —protestó ella, ajustándose la mochila—. No es mi culpa que seas tan... notablemente molesto.
Antes de que pudiera responder, dos figuras irrumpieron en el espacio personal de Hana. Min-seo y Ji-soo aparecieron como un torbellino, arrastrándola lejos del alcance de su hermanastro.
—¡Hana! ¡Por fin! —chilló Min-seo, examinándola de arriba abajo con ojos de detective—. ¡Dios mío, estás radiante! ¿Quién es ese chico alto que venía contigo? ¿Es el hermanastro del que hablabas? ¡Es una locura, es mucho más guapo que en las fotos!
Ji-soo, más reservada pero igual de interesada, lanzó una mirada rápida hacia donde Ji-hoon se alejaba, rodeado ahora por Tae-oh y otros chicos del equipo.
—Es muy popular, Hana. ¿Cómo sobrevives viviendo bajo el mismo techo? —preguntó Ji-soo, sonriendo.
Hana trató de mantener la compostura, pero el corazón le seguía martilleando. La entrada a clases fue una sucesión de clases aburridas, profesores con voces monótonas y la constante conciencia de que Ji-hoon estaba a apenas tres edificios de distancia.
El accidente ocurrió justo antes del almuerzo. Hana intentaba navegar por la cafetería abarrotada con su bandeja. En un giro del destino, un chico de tercero, probablemente intentando impresionar a alguien, chocó contra ella. La bandeja voló por los aires, y Hana terminó en el suelo, con la falda manchada de puré y la mitad de la clase riéndose a carcajadas por lo cómico de la caída.
Hana sintió que las lágrimas de vergüenza le quemaban los ojos. El silencio de la humillación se hizo eterno hasta que una sombra se proyectó sobre ella.
Ji-hoon.
No sabía cuándo había aparecido, pero ahí estaba, arrodillado a su lado. Se quitó la chaqueta del uniforme y la rodeó con ella, ocultando la mancha en la falda con una eficiencia fría. Se levantó, mirando al chico que la había empujado con unos ojos azules que, por primera vez, lucían peligrosos.
—¿Te divierte ver a mi hermana en el suelo, Kang-min? —la voz de Ji-hoon era baja, gélida, cargada de una autoridad que hizo que el agresor se encogiera—. Si la vuelves a tocar, no habrá siguiente día de clase.
El silencio fue absoluto. Ji-hoon la tomó de la mano y, sin decir una palabra más, la sacó de la cafetería, ignorando los susurros y las miradas de envidia que ahora apuntaban a Hana.
La tarde en casa se sintió como una tregua tensa. Hana estaba exhausta, pero su mente no podía dejar de repasar la calidez de la mano de Ji-hoon. Al llegar la noche, la casa estaba inusualmente silenciosa. Sus padres habían salido a una cena de negocios, dejándolos solos.
Hana subió a la habitación de Ji-hoon bajo el pretexto de buscar un lápiz rojo que le había pedido prestado para una tarea de arte. Sabía que él estaba en la ducha, por lo que tendría unos minutos. La habitación de él olía a su colonia, a madera y a algo más, un aroma que le hacía perder la cabeza. Buscó en el escritorio, pero no estaba. Desesperada, comenzó a mover cajas y papeles hasta que, por un descuido, el lápiz rodó y se metió debajo de la cama.
Hana se arrodilló, metiendo el brazo debajo de la estructura de madera. Sus dedos rozaron algo que no era el lápiz. Era un borde de cartón brillante. Curiosa, y con una punzada de adrenalina, sacó el objeto. Eran revistas. Revistas de hombres y mujeres, de esas que ella, con sus catorce años, sabía que existían pero que nunca había tenido frente a sí.
Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe.
—¿Qué diablos haces en mi cuarto, Hana? —la voz de Ji-hoon, profunda y cargada de una ira confusa, resonó en la habitación. Él estaba de pie en la puerta, con una toalla alrededor de la cintura y el cabello mojado, congelado al ver a su hermanastra arrodillada en el suelo, sosteniendo la revista abierta frente a sus ojos.
El aire en la habitación se volvió irrespirable. Los ojos azules de Ji-hoon se encontraron con los verdes de ella, y por un segundo, el tiempo se detuvo. Ella no podía moverse, no podía soltar la revista, y él... él simplemente se quedó ahí, con una expresión que oscilaba entre la furia, la vergüenza y algo mucho más oscuro que Hana no pudo descifrar.