En este imperio de sombras, ella es la única que puede calmarlo… o el motivo por el que su mundo arderá.
¿El amor puede sobrevivir cuando tu vida es propiedad del enemigo?
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4°
...Isabella Conti...
—Quita esa cara, Isabella —me recriminó Elena por enésima vez, mientras colgaba su bolso de diseñador sobre el hombro.
—¿Cuál cara, Ele? Estoy bien, en serio —le respondi, manteniendo la vista fija en las líneas de código que parpadeaban en mi monitor, intentando que mi voz sonara lo más neutral posible. Ella negó con la cabeza, soltando un suspiro de frustración.
—Parate de ahí y vamos a comer de una vez. Ya es tardisimo y llevas horas pegada a esa pantalla —insistió, cruzándose de brazos.
—Está bien, anda, vamos —cedi, sabiendo que no me dejaría en paz si me negaba. Guarde la laptop en el cajón bajo llave, tomé únicamente mi cartera y el celular, y la segui fuera de nuestro cubículo.
Fuimos a la cafetería ejecutiva de la empresa, un espacio que parecía más un restaurante de alta cocina que un comedor para empleados. Al pasar por la barra de pago, descubrimos con sorpresa que nuestros gafetes de pasantes presidenciales eran de una categoría exclusiva; toda la comida era completamente gratuita para nosotras. Sentí un pequeño alivio en el pecho. Aquello me agradaba de una manera que Elena jamás entendería; cada rublo que me ahorrara en comida era dinero que iba directo a mi fondo de emergencias para los medicamentos de mi madre.
Elena se deslizó por la barra eligiendo una ensalada gourmet, un jugo natural y un postre elaborado. Yo, por otro lado, sentía el estómago completamente cerrado. La combinación del estrés laboral, el recuerdo del mensaje de la noche anterior y la preocupación constante por la salud en casa me habían quitado el apetito. Opté únicamente por un cóctel de frutas picadas y un latte caliente.
Nos sentamos en una mesa apartada cerca del ventanal. Apenas le había dado el primer sorbo a mi café cuando el celular vibró sobre la mesa. En la pantalla apareció el nombre de mi jefe del bar, el empleo de fin de semana que me permitía respirar económicamente.
—¿Sí? —respondí de inmediato, pegando el teléfono a mi oreja.
—Isabella, necesito de ti con urgencia —la voz de mi jefe sonó apresurada, filtrando el ruido de fondo de proveedores y cajas de cristal moviéndose.
—¿Qué pasa, señor? —pregúnté, enderezando la espalda.
—Mi bartender principal tuvo una crisis médica y está internado en el hospital. Es viernes por la noche y el club va a estar a reventar. Necesito un reemplazo para la barra principal ahora mismo y no tengo a nadie disponible.
—Lo siento, señor, pero yo estoy en la barra de servicio general, no conozco a nadie más que pueda cubrir ese puesto —le dije sin más, intentando zafarme de una responsabilidad mayor.
—Dimitry me dijo antes de que se lo llevara la ambulancia que él mismo te enseñó a preparar la coctelería de autor y que eres la más rápida del lugar —insistió él, usando su última carta—. Por favor, Isa. Te pagaré el triple por el turno de hoy.
El triple de la tarifa de un viernes por la noche. Eso pagaría la mitad de las inyecciones de la próxima semana. Suspiré profundamente, rindiéndome ante la cifra.
—¿A qué hora me necesita allá?
—A las nueve en punto para abrir la barra. ¿Podrás llegar? —el tono de su voz cambió a uno de absoluto alivio.
—Sí, ahí estaré —le aseguré. Salía de Morózov a las siete de la tarde, si tomaba un transporte directo hacia el bar, tendría el tiempo justo para cambiarme, maquillarme y alistar la estación.
—Gracias, de verdad. Nos vemos en un rato —dijo antes de colgar.
Dejé el celular sobre la mesa de madera y le di un trago largo a mi latte, tratando de asimilar el maratón que me esperaba.
—¿Vas a ir a trabajar hoy también? —me preguntó Elena en un susurro. Asentí con la cabeza, asegurándome de mirar a los lados para verificar que nadie en la cafetería estuviera prestando atención a nuestra mesa.
—Sí, pero baja la voz, por favor. Voy a apoyar a Dimitry, tuvo un problema médico y está indispuesto, así que cubriré la barra principal.
—Sigo pensando que no deberías seguir trabajando en ese lugar, Isa. Es peligroso, sales tardísimo y no tienes necesidad de...
—Basta, Elena. Ya basta —la interrumpi, sintiendo cómo una chispa de rabia acumulada rompía mi compostura. La miré fijamente a los ojos—. Para ti es muy fácil decirlo. Si esto de la pasantía no te funciona, tu papá tiene un despacho enorme esperándote o simplemente te pone un negocio propio para que juegues a ser jefa. Yo no tengo esa red de seguridad. Yo tengo que trabajar tres veces más de lo que cualquiera de nuestra edad debería hacerlo. Porque si dejo de moverme, si dejo de facturar un solo día, pierdo lo único que me mantiene fuerte en esta vida.
Elena se quedó de piedra, con la boca ligeramente abierta por la sorpresa. Mis palabras habían sonado cortantes, cargadas de una verdad dolorosa que llevábamos tiempo esquivando. Sin darle tiempo a responder, tomé mis cosas y el vaso de café, me puse de pie de golpe y salí de la cafetería, dejándola sola con su ensalada.
Regresé a la oficina con el corazón acelerándome por la adrenalina de la discusión. Me senté frente al ordenador y me sumergí de lleno en las líneas de código del Proyecto Zero. Me enfoqué de una manera tan obsesiva, utilizando los algoritmos y las variables como un escudo para apagar mi cerebro, que perdí la noción del tiempo. No me di cuenta de los ruidos del pasillo hasta que escuché unos golpes suaves en la madera y la puerta se abrió despacio.
Era Nikolai.
—Dicen por ahí que se trabaja mucho mejor con el estómago lleno —me dijo, mostrando una sonrisa divertida mientras cruzaba el umbral.
Él me caía bien. Tenía esa dualidad extraña de ser extremadamente serio y eficiente en los momentos de negocios, pero poseía un sentido del humor ligero que disipaba el estrés y la carga del ambiente laboral de inmediato. Era todo lo contrario a Alexei Morózov, a quien afortunadamente no había visto en todo el día, algo que mi salud mental agradecía profundamente.
—Hola, Niko. Eso dicen —le respondí, apartando las manos del teclado.
Él se acerco y extendio una charola de plástico transparente que contenía una ensalada fresca.
—No lleva aderezo —me especificó, dejando el contenedor sobre mi escritorio—. Mis fuentes me dijeron que siempre las pides así, por lo que me aseguré de que la prepararan a tu gusto.
Sonreí de verdad por primera vez en el día, conmovida por el gesto.
—Gracias, Niko. ¿Pero cómo supiste que no habia bajado a comer de verdad? —pregunté con genuina curiosidad.
—En esta corporación los rumores corren más rápido que el internet de fibra óptica —comentó, sentándose en la silla frente a mí con total confianza—. Y cuando las dos pasantes estrella que desarrollan el proyecto más confidencial de Techno Tecnológik Morózov discuten en voz baja en la cafetería, Sondra se entera, analiza la situación y viene a contármelo de inmediato.
Hablaba como si la política interna de la oficina fuera su entretenimiento diario.
—Debi suponerlo —respondí sin darle mucha importancia. Retiré la tapa de la ensalada y tomé el tenedor para dar el primer bocado. Tenía que admitir que el hambre empezaba a pasar factura.
—Ahora, hablando en serio... ¿Qué te pasa, Isa? —me preguntó Nikolai, utilizando ese tono de confianza que yo misma le había permitido adoptar. Me miró con fijeza, escaneando mi rostro.
—Nada, de verdad. Solo es cansancio acumulado. Ya sabes cómo es pasar demasiadas horas pegada a las pantallas de alta densidad —mentí, sosteniendole la mirada con una sonrisa ensayada para evitar más interrogatorios.
Aunque percibí en el brillo de sus ojos que no se creía mi respuesta del todo, Nikolai tuvo la caballerosidad de no presionar más. Era un hombre inteligente, sabía cuándo retirarse.
—Te compraré la mentira por hoy —dijo, poniéndose de pie y acomodándose el saco—. Y bueno, ya que estás peleada con Elena y no se van a ir juntas, ¿me dejas llevarte a casa cuando termine el turno?
Negué con la cabeza de inmediato.
—No, Niko, muchas gracias, estoy bien. Además, saliendo de aquí tengo que ir a resolver un asunto personal al otro lado de la ciudad —le dije, omitiendo deliberadamente cualquier mención al club nocturno. No me preocupaba que supiera que tenía necesidades económicas, pero no necesitaba que mi supervisor corporativo supiera que pasaría la noche sirviendo tragos en un bar de lujo.
—Está bien. Pero si cambias de opinión, recuerda que siempre soy el último en irse de este piso —me recordó, caminando hacia la puerta—. Y que conste que no te estoy coqueteando como andaba diciendo tu amiga Elena en los pasillos, solo soy un jefe notablemente amable. Me caes bien como compañera y como proyecto de ingeniera, no arruinaria eso.
—Lo sé, Niko. Gracias —le aseguré con una sonrisa sincera.
Lo vi salir y cerrar la puerta tras de sí. Comí un poco más de la mitad de la ensalada antes de dejar el tenedor de lado y volver al trabajo. El resto de la tarde transcurrió en un silencio sepulcral. Elena regresó a la oficina un par de horas después, pero ninguna de las dos rompió la tregua de hielo; nos limitamos a hablar estrictamente lo necesario para avanzar en los módulos del Proyecto Zero. Me dolía estar así con ella, era mi hermana de elección, pero necesitaba que entendiera que nuestras vidas no corrían por las mismas vías paralelas. Yo tenía una guerra que librar en casa. Mis padres eran todo lo que tenía en el mundo, y mientras veía a mi madre apagarse lentamente, el miedo a ver a mi padre derrumbarse en el proceso me obligaba a ponerme la armadura cada mañana.
A las siete en punto, guardé mis pertenencias sin despedirme de nadie y salí del edificio. Había solicitado un servicio de transporte privado a través de una aplicación segura para que me llevara directo al club. Me deslicé en el asiento trasero del auto, recargando la frente contra el cristal frío de la ventanilla mientras contemplaba cómo las luces de San Petersburgo empezaban a encenderse bajo la noche que caía.
«Aguanta un poco más, Isabella. Solo un poco más. Tú puedes con esto», me repetí mentalmente en un eco silencioso, luchando por contener las lágrimas y no desmoronarme frente al conductor desconocido que me conducía directo a mi segundo trabajo de la jornada.
su madre enferma es su mayor dolor
😁😁😁que tal encuentro