Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
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Capítulo 29
Capítulo 29
San Lorenzo
Santiago la besó antes de salir.
Fue un beso corto, en la puerta del departamento, con el sol de la mañana entrando por la ventana del pasillo y el ruido del tráfico como banda sonora. Valentina le ajustó el cuello de la camisa. Él le puso un mechón de pelo detrás de la oreja. Se miraron con esa sonrisa que era nueva — la sonrisa de las parejas que llevan una semana y todavía no se acostumbran a poder besarse cuando quieren.
—¿Lista? —preguntó Santiago.
—Lista.
El viaje a San Lorenzo duró tres horas en autobús. Santiago se quedó dormido en el hombro de Valentina a los cuarenta minutos — algo que ella registró con asombro silencioso, porque Santiago no dormía fácil, no bajaba la guardia fácil, no se permitía la vulnerabilidad del sueño en presencia de nadie. Que se quedara dormido contra su hombro en un autobús público era un acto de confianza más elocuente que cualquier declaración.
San Lorenzo era un pueblo de piedra y río al pie de una montaña que no tenía nombre oficial pero que los habitantes llamaban La Vieja. Las casas eran de adobe y techo de teja. La plaza tenía una iglesia blanca, tres bancas de hierro forjado y un árbol de pirul que daba sombra a medio pueblo. El río pasaba por detrás de la iglesia — delgado, transparente, con piedras lisas que brillaban bajo el agua como monedas.
Don Ernesto los esperaba en la puerta de la casa.
Era un hombre de sesenta años, espalda recta, pelo canoso cortado a máquina, manos enormes con callos de una vida entera de trabajo manual. Vestía una camisa a cuadros con las mangas enrolladas y unos pantalones de trabajo manchados de cal. Se parecía a Santiago en la mandíbula y en los ojos — los mismos ojos oscuros, la misma mirada directa, la misma economía de gestos.
—Papá, ella es Valentina.
Don Ernesto la miró de arriba abajo. Valentina sintió el examen — la evaluación rápida y completa de un hombre que no necesita muchas palabras para formarse una opinión.
—¿Valentina Mora?
—Sí, señor.
—¿De Ciudad de México?
—Sí, señor.
—¿Calle Revolución, número 14, tercer piso?
Valentina lo miró. Santiago se estaba riendo — con los ojos, no con la boca.
—¿Cómo sabe mi dirección?
—Le impermeabilicé el techo hace tres años. Llovía como el diablo y usted me llamó un domingo a las seis de la mañana. Le cobré doscientos pesos y me invitó a café con galletas. Las galletas estaban buenas.
Valentina se quedó con la boca abierta. Don Ernesto. El obrero que había impermeabilizado su casa. El hombre que había subido al techo bajo la lluvia y había sellado las goteras en cuatro horas mientras ella le subía café por la escalera. Santiago se reía abiertamente ahora — una risa completa que le arrugaba los ojos.
—¿Tú lo sabías? —preguntó Valentina.
—Desde que me dijiste tu dirección. Mi papá trabaja en toda la zona norte. Me enseñó una foto tuya cuando volvió — dijo que la clienta del tercer piso era muy amable y que tenía un gato gordo.
—Era de la vecina.
—Eso dice ella.
Don Ernesto los invitó a pasar. La casa era pequeña y limpia — tres cuartos, una cocina con estufa de leña, un patio donde crecían limones y hierba buena. Las paredes tenían fotos enmarcadas: Santiago de niño con uniforme de escuela, Santiago adolescente con un trofeo de tiro, Santiago con uniforme militar el día de su graduación. En cada foto, Don Ernesto estaba al lado — más joven, más moreno, con la misma espalda recta y las mismas manos enormes.
—Tu casa es hermosa, Don Ernesto —dijo Valentina.
—Es pequeña. Pero es nuestra. La construimos mi padre y yo.
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Pasearon junto al río por la tarde. Santiago le mostró el lugar donde aprendió a nadar — una poza honda debajo de un sauce viejo cuyas raíces salían de la tierra como dedos. Le mostró la piedra donde se sentaba a leer de niño. Le mostró el puente de madera que él y sus primos habían construido cuando tenía catorce años y que seguía de pie.
—Era más ingeniero que soldado de chico —dijo Valentina.
—Era más todo que soldado. El ejército fue un accidente. La beca cubrió los estudios y mi papá no podía pagar la universidad.
—¿Te arrepientes?
Santiago miró el río. Los peces pequeños se movían entre las piedras como sombras líquidas.
—No me arrepiento de lo que aprendí. A veces me arrepiento de lo que vi.
Caminaron hasta la escuela. Un edificio de una planta con un patio de tierra y una cancha de basquetbol con el aro torcido. Santiago se detuvo en la entrada del instituto — un portón de fierro con el nombre "Instituto Técnico de San Lorenzo" pintado en letras azules que se estaban descascarando.
La abrazó por la espalda. Los brazos alrededor de su cintura, la barbilla apoyada en su hombro, el cuerpo de él pegado al de ella como si fueran dos piezas de un rompecabezas que por fin encajan. Valentina se recargó contra su pecho. Podía sentir el latido del corazón de Santiago en la espalda — constante, firme, como un tambor que marca el ritmo de algo que va a durar.
—Este es mi lugar favorito del mundo —dijo Santiago.
—¿La escuela?
—San Lorenzo. Pero sobre todo, este portón. Aquí esperaba el autobús todas las mañanas durante seis años. Miraba las montañas y pensaba en lo que había del otro lado.
—¿Y qué había del otro lado?
—Tú. Aunque todavía no lo sabía.
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El dormitorio de Santiago era un cuarto de tres por tres con una cama individual, un escritorio de madera y una ventana que daba al patio de los limones. Las paredes tenían un póster de un avión de combate, una repisa con libros de física y matemáticas, y una caja de cartón llena de cuadernos viejos.
Valentina hojeó las fotos que Don Ernesto le trajo — Santiago a los cinco años montado en un burro, Santiago a los diez con un rifle de juguete, Santiago a los dieciséis con el pelo más largo de lo que ella hubiera imaginado. En cada foto se iba convirtiendo más en el hombre que ella conocía — los rasgos se iban definiendo, la mirada se iba afilando, la postura se iba enderezando.
—Primer amor —dijo Valentina, mirando una foto de Santiago a los diecisiete con una expresión que era pura posibilidad.
—No tuve.
—¿Nunca?
—No. Tú eres mi primer amor. —Lo dijo como quien dice la hora—. Y el primer beso fue en la escalera del edificio de tu padre.
Valentina lo miró. La simplicidad de la confesión era devastadora. No "eres el amor de mi vida", no "nunca he sentido algo así" — nada grandilocuente, nada dramático. "Tú eres mi primer amor." Hecho. Dato. Verdad.
—Tú también eres el mío —dijo Valentina.
Se acostaron en la cama individual con la ventana abierta y el olor de los limones entrando por el aire. Santiago se quitó los audífonos y los puso en la mesita de noche. Valentina se acurrucó contra su pecho.
—¿Puedes oírme? —susurró.
—Un poco. Del lado derecho.
—Entonces te hablo al oído derecho.
Se quedaron en silencio. Don Ernesto se había ido a dormir. El pueblo estaba callado — solo el río, los grillos, un perro que ladraba en la distancia. Valentina esperó hasta que la respiración de Santiago se hizo lenta y profunda. Hasta que el brazo alrededor de su cintura se relajó. Hasta que estuvo segura de que dormía.
—Me gustas mucho —susurró al aire. No al oído derecho. Al aire. Para nadie. Para ella misma.
Santiago no se movió. Pero la comisura izquierda se levantó — apenas, como el fantasma de una sonrisa.
Se había quitado los audífonos. No debería haber escuchado.
Pero escuchó.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.